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11 febrero 2013 1 11 /02 /febrero /2013 09:30

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Magnífica comedia a "la francesa" que recuerda muchísimo a "Un dios salvaje" según la obra de Yasmina Reza, dirigida por Polanski y también otra obra de la misma autora, creo que fue la primera y un éxito enorme, "Arte" que aquí vimos en teatro con un reparto de campanillas, el gran Jose Maria Pou, Flotats y Carlos Hipólito. En las tres obras, es decir, "El nombre", "Arte" y "Un dios salvaje" se hace una crítica empozoñada a la sociedad actual, a las hipocresías al uso, a la prepotencia de los especialistas, al fraude de la moda y a la pátina endeble de la educación que apenas resiste un desafío cara a cara con la vulgaridad o la violencia. En los tres casos una causa nimia, un motivo endeble, rompe una reunión pacifica y divertida de amigos o vecinos o padres de alumnos para provocar que cada uno saque lo peor de si mismo y lo arrojen unos contra otros, con la mayor inquina.

Si en "Arte" era un cuadro blanco con una simple linea negra (poniendo en cuestión toda la simpleza absurda de un tipo de arte o de especialistas en que suena más a fraude y tomadura de pelo) lo que provocaba una lucha inclemente y cruel entre tres amigos, en "Un dios salvaje" era un amistoso encuentro de dos matrimonios para solucionar una pelea infantil en el cole, que acaba como el rosario de la aurora.

"El nombre", como las otras dos, es una obra de teatro (aún se representa en una sala barcelonesa) escrita y dirigida por Matthieu Delaporte y Alexandre de Patellière e interpretada por Patrick Bruel como Vincent, Valerie Benguigui como Elisabeth, Charles Bering como Pierre, Guillaume de Tonquedec como Claude y Judhit El Zein como Anna. En ella, una agradable cena de amigos intimos, dos matrimonios y un supuesto soltero, en la que se comunica que una de las parejas va a tener un hijo, se convierte en un cafarnaum de acusaciones cruzadas, mezquindades y crueldades gratuitas, sólo porque el futuro padre afirma ante sus amigos que piensa ponerle el nombre "Adolf" a su futuro hijo (imaginen las connotaciones históricas y bélicas que el nombrecito provoca en otra de las parejas --la tercera pareja no lo es propiamente cuando comienza la acción y es parte de la sorpresa de una reunión llena de ellas--.

No les cuento nada más. Vale la pena entrar a la sala de cine, sentarse en una butaca y disponerse a disfrutar con hora y pico de sarcasmos, ironía, mala uva y algun retazo de ternura o de amor. Y tambiém a reconocer en ese progre frustrado, en el conservador triunfador y embrutecido, de humor pesado y narcisista, la tristeza y el acomodo de otros, la represión y el miedo del de más allá. Lo terapéutico de estas comedias de salón estriba más bien en el hecho de que podemos reconocer-nos en muchas de las actitudes y palabras de esos maduros adolescentes emocionales de la clase media, que aun no han sabido encontrar un asidero a la propia dignidad.

Algunos excesos histriónicos, cierta desmesura en los diálogos, una pedantería con poca autocrítica, no son defectos suficientemente graves para entorpecer la marcha dinámica y efectista de una comedia que funciona a la velocidad de un tren expreso, mezclando risas con estupor, verguenza ajena con indignación ante la crueldad o la zafiedad y en suma, una simpatía global por esas cinco personas que se convierten en victimas y verdugos de los demás, en una noche de celebración. En algún momento parece que la cinta va a resbalar desde "Un  dios salvaje" a "La cena de los idiotas" (Francis Veber, 1998), es decir desde la inteligencia tensa al histrionismo cruel, pero la propia labor de los cinco intérpretes y el colofón de la obra, deja las cosas en su sitio. 

Película interesante y a ratos divertida y siempre aleccionadora que hace temer un desastre en los primeros minutos del filme (innecesarios) y acaba dejando un grato sabor entre dulce y amargo en el espíritu.  Como detalle final apuntar que de los cinco personajes de la obra los únicos que se salvan por su generosidad y sesatez son los de Elisabeth y Anna, especialmente la primera que resulta un modelo de abnegación. Los varones, el irritante, cargante Pierre, pedante profesor de literatura, el complaciente y en el fondo pusilánime Claude, trombón en una orquesta sinfónica, y el insoportable narcisista y bromista deleznable Vincent, enaltecen por comparación las figuras de las dos mujeres. El toque de maestría consiste en que con tales ejemplares humanos la comedia tontorrona debería terminar en drama y sin embargo la comedia se hace drama para al final --gracias al toque de autocrítica y la facultad de reirse de uno mismo-- convertirse en una comedia inteligente.

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