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23 abril 2014 3 23 /04 /abril /2014 07:14

 

Después del merecido Oscar por "Una separación" el iraní Asghar Farhadi ha rodado una película intimista, tensa, en ocasiones histriónica o un poco excesiva, pero emocional y llena de sentimientos a flor de piel. Las contradicciones, carencias, frustraciones y violencia interior, rabia y pasión de los elementos femeninos de la película las convierte en las auténticas protagonistas, en activo o en potencia --la mujer en coma cerebral del nuevo novio de la joven divorciada-- y deja a los hombres en un segundo plano emocional, pese a la presencia madura y equilibradora de Ahmad. el exmarido que vuelve de Irán a París para el divorcio. Los niños son los otros grandes protagonistas de la cinta, principalmente la pareja formada por el niño de la nueva pareja y la adolescente hija de un anterior matrimonio de la protagonista.

La historia está llena de esos malentendidos, manipulaciones, errores no asumidos y culpabilidades que suelen aflorar en las familias. Más de dos horas de tensión emocional bien llevados con pulso firme y pequeñas sorpesas de guión por el director con la ayuda de unos actores y actrices contenidos o pasionales según van desarrollándose la trama. Nuevamente no se deja títere con cabeza: el director iraní nos pone en el centro del nucleo del drama, la familia desestructurada que va entrando y saliendo de los conflictos con gran desgaste y sin soluciones definitivas.. tal como es la vida. Confusión de los adultos acompañando el sufrimiento, la desesperación y la rebeldía de niños y jóvenes que se ven constantemente implicados en los dramas de sus mayores. Todo ello con las formas de enfrentamiento cultural que suponen unas costumbres y formas de entender de la vida tradicionales por el lado iraní y el contagio rompedor con la cultura occidental francesa. El drama está servido, la falta de comunicación entre Ahmad y Marie (iraní y francesa-- por cierto la actriz es la argentina Berenice Benjo, la protagonista de "The Artist") va contagiando a las dos hijas de Marie (la adolescente Lucie y la pequeña Lea) al nuevo novio de Marie (el iraní Samir) y a su hijo,  el pequeño rebelde Fouad, cuyya madre está en coma por un intento de suicidio.

Pero la habilidad de este director hace que el supuesto motivo principal, el divorcio, quede en muy segundo plano ante la dinámica  feroz que supone la realidad que motivó el intento del sucidio y los papeles que jugaron diversas personas del entorno familiar y de fuera de él para complicar y llenar de desesperación y culpabilidad las relaciones.

 

En Teherán, la figura hegemónica, se llama Abbas Kiarostami, probablemente el último gran cineasta surgido en el ocaso del siglo XX. Su sombra es tan poderosa que durante dos décadas todo el cine iraní parecía estar hecho a su imagen y semejanza; cine de silencios y cadencias, de gestos hondos y significados largos; de realismo engañoso devenido en materia alegórica. Pero la evidencia era (y sigue siendo) que, aunque hay una buena relación de autores iraníes, algunos amordazados y casi todos bajo sospecha a ojos de un gobierno autoritario, Kiarostami ocupa un lugar en el que no admite comparación ni compañía. Pero hace cinco años, tras una serie de películas inéditas entre nosotros, Asghar Farhadi, presentó un filme de trama compleja y formas personales: A propósito de Elly (2009). Su núcleo argumental inspirada por y en La aventura (1960) y sus personajes de clase acomodada en un Irán poco representado, marcaban la diferencia.
Fue una feliz sorpresa refrendada poco después por la más directa y no menos compleja, Nader y Simin, una separación (2011). No había duda, Asghar Farhadi era capaz de practicar un cine adulto, con personajes complejos y en situaciones universales en las que era perceptible identificarnos con eso que denominamos la condición humana.
Conviene recordar que Farhadi veló sus primeras armas en la escena teatral, que es guionista además de director y que, sin duda, sabe del valor de la palabra, de la importancia del gesto y del deber de los autores de no juzgar a sus personajes, de dejar que estos crezcan. El pasado representa su primera incursión fuera de casa. Rodada en francés  -idioma que, según relata Ángel Quintana, no domina- y concebida en Francia, El pasado crece sobre un dilema moral: los indefinibles escalones de la culpa.
Desde el arranque, Farhadi mueve sus peones en torno al misterio, ese espacio de incertidumbre que, en su universo, insiste en dar corporeidad y voz a todos los personajes. En su cine no hay inocencia absoluta. Ni siquiera la de los niños, protagonistas muchas veces de ese cine iraní consagrado por los grandes festivales. En su lugar, Farhadi radiografía una y otra vez a sus criaturas. En cada nueva secuencia, nuevos pliegues salen a la luz. Nuevos datos que hacen reconsiderar la percepción que el observador se va haciendo de lo que, hasta ese momento, le ha ofrecido la película. Así, Farhadi, una y otra vez, descoloca al público, le rompe sus prejuicios y al hacerlo, pone en crisis la evidencia.
Farhadi arranca con una presentación contundente. Un reencuentro condenado a la incomunicación. Paso a paso, minuto a minuto, su película arroja luz sobre ese pasado que le da título, sobre esas sombras que condicionan lo que vemos. Hay una sólida estructura de guión y un abanico de personajes de una riqueza inusual en el cine contemporáneo. A Farhadi se le nota que algo sabe del cine de Bergman y de Antonioni; cine de la modernidad empeñado en asomarse a los dolores del alma. Pero esta vez, la rotundidad de sus anteriores películas, la penúltima le dio el Oscar a la mejor película en lengua no inglesa, se desmorona por dos fisuras leves pero corrosivas. Una se debe a la propia escritura del guión, a una excesiva acumulación de recovecos y anécdotas. La otra cae en el debe actoral. No es que estén mal,  es que no alcanzan la excelencia que sí habitaba sus anteriores ci(n)tas.

Fouad, el niño que es llevado de un lugar a otro sin consideración alguna, que está presente de continuo con su mirada triste, dolorida, rabiosa, es el protagonista en la sombra de esta película magnífica, junto a la adolescente Lucie. Viendo su dolorida indignación infantil y su desconcierto recordaba aquellas palabras de Paul Celan, el poeta francés, cuando afirmaba "que nadie diga que la infancia es siempre un lugar feliz". Por su parte, Lucie, resulta clave en la trama secundaria. moviendo conceptos tales como la verdad, la culpabilidad y el secreto, elementos que dan profundidad  a este filme, que deja un regusto amargo en el espectador pero también la satisfacción ante una obra responsable y valiosa.

 






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