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6 diciembre 2012 4 06 /12 /diciembre /2012 10:26

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Hablando de la apasionada novelística de Arturo Pérez-Reverte --uno de los integrantes de la "Tribu" de mi añorado amigo Manu Leguineche-- con el que me crucé en algún viaje cuando era periodista, sin llegar a conocernos, mi mujer me soltó una frase que me dejó pensativo: "Las novelas de Pérez-Reverte gustan sobre todo a los hombres y preferiblemente a los que no suelen leer mucho". La miré asombrado (es un efecto que muy a menudo ella suele provocar en mí, tiene una surrealista mezcla de sentido del humor socarrón, inocencia y lucidez) y me aclaró: "eso me cuentan mis amigas casadas con hombres entre los 30 y los 50". Vaya por delante que A.P.-R. no es de mis autores predilectos aunque disfruté muchísimo con "El Club Dumas" y "La Tabla de Flandes" sin olvidar sus provocadores artículos. Valoro el empujón a  la lectura que tienen sus novelas de Alatriste y compañía pero no logro engancharme a su estilo. Por eso me propuse leer y opinar, que no valorar, sobre su última novela: "El tango de la Guardia Vieja" que, según parece, se salía de los cánones de su obra habitual (proporcionada por el afán de actualidad literaria del librero Serret).

Lo primero que descubrí es que no se sale del canon pérezrevertista, lo segundo es que es tan divertida y llevadera como casi todas las de este esforzado y pendenciero galeote de la pluma y lo tercero es que, como a Baroja o Blasco Ibáñez, a Arturo no hay que pedirle que produzca peras  en el olmo de su ingenio. Es dinámico, atractivo y honesto: lo que escribe lo hace bien, muy laboriosamente y con ganas de conquistar. El que busque literatura de profundidades y calidades superiores que se vaya a los clásicos (antiguos, modernos o contemporáneos, que haberlos, haylos). Y como coda a esas opiniones, dar la razón a la frase que mi mujer me brindó. Arturo es un autor de colegas, compadres, amigos del alma y el cuerpo, varones encendidos por las hormonas o la tradición, nostágicos de la pública virilidad de otros tiempos --si es armada, mejor-- héroes desfasados y caballeros de la vieja escuela, corteses, valientes y amadores. Vamos, cuando leo a A.P.-R. siempre acabo pensando en uno de los más cálidos y disparatados personajes de don Ramón (Del Valle-Inclán), el marqués de Bradomín, "feo, católico y sentimental" y sobre todo un caballero con las espuelas gastadas y la  capa remendada, pero digno el porte y con la dignidad como escudo.

Las aventuras del "bailarín mundano" Max Costa ya sea a bordo de un buque trasatlantico de pasajeros en los años 20, en Niza o en la Italia de los 60, sus amores con Mecha Inzunza, esposa de un compositor que pretende --por una apuesta con su amigo Ravel-- escribir el tango más puro y perfecto, los dos reencuentros de la pareja a través de todo el convulso siglo XX, en una trama de espionaje, tanguistas, ladrones de guante blanco, campeones de ajedrez, tiradores de navaja, prostitutas, mujeres aristócratas, banqueros que financian a Franco, policías de Mussolini, alcohol, drogas, unas pitilleras con o sin iniciales que aparecen por toda la narración y citas constantes a vestimentas, marcas de objetos de lujo o de objetos comunes, canciones y cantantes de los 20 a los 60 y, en definitiva, un collar del perlas que resiste al paso del tiempo y de algunas manos y que deviene el símbolo de toda la novela y que, para completar la metáfora, lo vamos a engarzar en un reloj de arena que marca el paso de la juventud a la vejez.

Todo eso es "El tango de la Guardia Vieja", literatura de aventuras y amor, de lances violentos, algo de intriga y unos individuos que viven esa trama bajo los códigos inmarchitables de la elegancia, la buena educación, un cierto aire canalla y la pasión amorosa. Max y Mecha son como los figurines tópicos de las novelas galantes de otra época. El con su aire impecable, elegante y desde luego arrebatadoramente guapo, con sus toques de prepotencia y chulería y ella, tan hermosa como audaz y segura de sí misma, pero también apasionada hasta el exceso --don Arturo no ha calibrado bien las descripciones de los encuentros sexuales, que resultan...un poco cursis-- que encontrará en Max la horma de su zapato sensual.

Hay una concienzuda documentación --a veces demsiado evidente. suena a catálogo de los tiempos perdidos-- y un afán por recrear un época ya casi olvidada, excepto por el cine y la literatura. Sin embargo no hay tono de nostalgia o aquello de "cualquier tiempo pasado fue mejor", la dinámica efervescencia de la trama no deja lugar a filosofías ni reflexiones. Y esa inmediatez se hace ritmo y el ritmo narativo acaba por encantar al lector, como esa musiquillas orientales en las que una sola frase va reptiendose en variadas formas, causando un efecto hipnótico. Cuando acaba, queda poco. Ha sido un entretenimiento. Y eso es bastante... aunque no suficiente.

 

 

FICHA: "El tango de la Guardia Vieja".- Arturo Pérez-Reverte.- 497 págs. Ed. Alfaguara. 20 euros. 

 

 

 

 

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