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1 enero 2012 7 01 /01 /enero /2012 09:47

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  Cualquier tiempo pasado fue mejor. Con la guerra fría espiábamos mejor, todo estaba más claro, los buenos y los malos. Estos tiempos han cargado de comillas las calificaciones morales (aunque olvidemos que siempre ha habido comillas en esas calificaciones). En la versión ajustadísima y respetuosa de la novela de Le Carré que hace Tomas Alfredson, recuperamos el nostálgico sabor de cuando el Circus era el centro neurálgico del espionaje occidental y Karla su maquiavélica réplica rusa.

Película de tibiezas y oscuridades matizadas, el mundo delicadamente cruel del universo de Le Carré, oficiado por un George Smiley (magnífico Gary Oldman) cansado, retirado y estoico, renueva una vez más la dureza del mundo de los espías y de la llamada "inteligencia", de sus miserias y poder obsceno, de sus errores humanos y debilidades miserables, de sus heroicidades ocultas y rutinaria mediocridad, y uno no puede dejar de rememorar las lecturas del maestro Greene y más lejos, del Maugham del "Agente secreto".

Se palpa el respeto literario por el personaje de Le Carré no sólo en la austera interpretación de Oldman sino en la parafernalia del Circus donde el poder camina por la cuerda floja de los intereses nacionales y el interesado ocultismo de las rivalidades entre los dos bloques. Hay un canto nostálgico al pasado que Smiley acota secamente en una secuencia junto a una excompañera de trabajo, sentimental y nostálgica, para recordar que entonces habia una guerra y la verdad es que también existe esa guerra en el momento que se nos narra, aunque larvada, subterránea e hipócrita.

Usando a menudo el flash back, Alfredson nos da pinceladas de aquél Circus de antaño, del juego de pasiones que entrañaba, de sus fiestas, sus traiciones y sus alianzas, sus relaciones amorosas, la homosexualidad de algunos y los heteros totalmente desmadrados, excepto el fiel y lamentable Smiley, enamorado de su mujer Ana, hasta el delirio masoquista. ¿Estaba todo más claro entonces? No parece dar esa impresión la película que acaba con un Smiley vuelto al trono, con una vacua sonrisa en un rostro que nunca sonrie. Hay en Smiley-Oldman una dureza y un dolor agazapado que se resuelven en silencios imperturbables, en una cierta incomodidad que se comunica al espectador, como si el veterano agente ya estuviera más allá del bien y del mal.

Los demás personajes van lidiando con la soledad y los sentimientos traicionados al ritmo de la musica hipnótica de Alberto Iglesias que dan un contrapunto inquietante a las secuencias, desde Budapest o Estambul hasta los pasillos desangelados y los despachos oscuros del Circus y terminando con una canción de Trenet orquestando el final de la nostalgia y el ajuste de cuentas.

La presencia del "topo" que va socavando el Circus en sus niveles más altos se va concretando en la intensa búsqueda de Smiley, trufada de recuerdos y pesares y lo hace como si nos lo contaran en la primera versión de la novela en los cines, que dista de 1979 o de la serie que facturó la BBC hace años que respetó el titulo original de Le Carre, "Tinker, tailor, soldier, spy" (Calderero, sastre, soldado, espía). Ese aire retro es un logro del director, el sueco Alfredson, que hace esperar con interés próximas realizaciones.

La amargura que destila la  victoria de Smiley se refuerza magistralmente en una penúltima secuencia, la del maduro agente entrando en su casa y descubriendo en el salon a su infiel esposa que ha regresado --culpable, y aún así, totalmente desconocida para el espectador-- al hogar y al matrimonio. Y que es aceptada, tras la crispación de la mano del Smiley-Oldman sobre la barandilla de la escalera al verla, con una caricia leve sobre el brazo de ella.

Así pues, nada mas lejos de la glamurosa presencia de Bond o de Bourne, nada de peleas olímpicas o artilugios perfectos: solo el mundo siniestro, mezquino y burocrático de las oficinas y despachos del Circus, sin un "M" poderoso e inmarchitable, sin permisos para matar, sin malos de cuento de niños sádicos, sólo funcionarios grises aunque elegantes que cometen demasiados errores.

Colin Firth, con su elegante y frio desparpajo, John Hurt, Toby Jones, Ciarán Hints, Tom Hardy, entre otros, complementan un reparto magnífico. Una estimable película que estimulará a los cinéfilos que no busquen en el cine la comercialidad y la brillantez aparente. Una película en suma que hay que ver tras leerse la soberbia novela de Le Carré. Una vez más.

 

 

 

Todo visto desde unos metros, sin que este genial director, permitiera que la camara se acercara. Alfredson reinventa el cine de espías por encima de las tramas y las complejidades de los servicios secretos, sus herramientas y sus héroes y sicarios. Nos devuelve el temblor de lo  humano y la profundidad de los sentimientos, de la forma más sobria y austera posible.

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