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2 diciembre 2010 4 02 /12 /diciembre /2010 09:48

EL LIMÓN EN LA VENTANA

 

Kodo-medium;initEra la primera sentada. En el zendo había dos o tres personas. Amanecía y en el jardín cercano cantaban los pájaros saludando al nuevo día. Alguien hacía kin-nin, despaciosa, morosamente, paso tras paso, los brazos en ángulo recto, las manos unidas en un abrazo íntimo y poderoso, los codos como vértices de un triángulo rebosante de concentración. El privilegio de los viejos discípulos consistía en poder meditar por su cuenta en la amanecida, una hora antes de que comenzara la sentada para los que asistían al cursillo de iniciación.

El discípulo había colocado su zafu en posición. Había escogido su lugar, frente a la ventana, porque desde allí tenía una visión privilegiada del limonero que llevaba sus ramas y sus frutos hasta unos centímetros de los cristales. Aunque durante las sentadas comunitarias las contraventanas se cerraban para disminuir distracciones y tentaciones de viaje de la mente, en esa primera hora, con una luz casi submarina, nadie pediría que se cerrara.

El discípulo se colocó un poco laboriosamente. Hacía poco había sido operado de una rodilla y aún sentía el dolor cada vez que buscaba formar con sus piernas el trípode que habría de colocar a su coronilla y su hara en una línea apuntando al cielo y también clavada en la tierra. Durante la tarde anterior, en las últimas sentadas, el sufrimiento había sido persistente y cada vez más agudo, dificultando su concentración flotante. Después de unas horas de sueño se sentía descansado y lleno de energía, casi había olvidado la angustiosa sentada de la noche.

Una vez firme en su postura, la espalda erecta como un huso, colocó las manos en el mudra meditativo, inspiró profundamente y dejó que sus ojos buscaran ese punto radial donde descansa la mente. De pronto enfocó. Tras el cristal, a la altura del punto de focalización borrosa, un limón se mostraba con su impúdico esplendor, como retándole a mantener el contacto visual. El viento, suave, le imprimía una suave danza, como si le estuviera saludando. El discípulo sonrió y envió su espiración hacia el fondo de su vientre, mientras en su mente se formaba la sílaba “mu”.

Como no había que esperar ninguna campana para dar comienzo a la sentada, el discípulo entró en zazen. Su respiración se hizo suave y lenta, y al aire inspirado era lanzado al exterior como acompañando un mental acto de sumergirse en lo profundo del hara, y ese acto que era como el gesto del remero al bogar hacia la meta, era acompañado en sordina por la jaculatoria surrealista del mu, cuya vocal se extendía hacia abajo como una tenue alfombra que llevara al muro sin puertas.

Y en esta ocasión, las arrugas del fruto, del limón, comenzaron a formar un rostro, ojos, nariz, labios finos en una mueca de enérgica resolución, como si fuera el compañero de boga, el director de la trainera que gritaba la seca y vitalizante consigna para animar a los remeros.

El discípulo sabía de la naturaleza traviesa de los makyos, había recibido inoportunas o deslumbrantes visitas en otras ocasiones, durante los largos años de práctica, colores inesperados y calidoscópicos, sonidos de plata, destellos de gemas preciosas, amenazantes rostros, turbadoras curvas, sonrisas burlonas, gemidos y molestias en todos los grados del incordio. Pero ahora era distinto.

El limón en la ventana comenzó a ser un koan en sí mismo. Y el discípulo sonrió. La rodilla habia dejado de molestarle. Los hombros se habían distendido. La respiración fluía autónomamente. El mu era un limón en la ventana. También. El discípulo miraba el limón y el limón miraba al hombre en zazen. Y los “ojos” de uno fueron los ojos del otro. Y no hubo ventana entre el limón y el discípulo. El limón se expandía en el vientre del hombre y el hombre acunaba la fruta en su seno. Por unos instantes sin tiempo, el discípulo comprendió algo que debía ser olvidado y no atesorado y le invadió una inmensa alegría. Pero no movió su postura. Sólo dijo “mu” en un susurro. El viento movió suavemente al limón, como si asintiera. El discípulo sonrió. La mañana sonrió. Por un segundo de plenitud el mundo fue un segundo mejor, más justo y más acogedor. Luego, de inmediato, todo volvió a su naturaleza. Alguien hizo sonar los maderos.

El discípulo miró sorprendido hacia la sala. Todos los cuadrados pardos o negros estaban ocupados por hombres y mujeres. Echó un vistazo rápido al reloj. Ese par de minutos escasos que él creía haber vivido en su cita inesperada con el limón, eran en realidad casi cuarenta y cinco del cómputo normal. Una primera campanada le sacó de su asombro satisfecho. Volvió a acomodarse en el zafu y las rodillas le recordaron dolorosamente que las había olvidado. El limón volvía a ser un limón y el discípulo un hombre maduro con la rodilla lesionada empeñado en hacer zazen.

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