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29 diciembre 2010 3 29 /12 /diciembre /2010 18:52

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En "Shakespeare, la invención de lo humano", el crítico Harold Bloom, comenta la enorme humanidad del fanfarrón Falstaff, gordinflón caballero, prepotente y algo ridículo,  demasiado viejo para creerse un galán, arruinado, amoral y cínico pero dotado de ingenio, inteligencia y una capacidad encomiable para soportar las adversidades con una cierta dignidad. Falstaff aparece en las dos partes de Enrique IV (1598) y tuvo tal éxito el corpulento vividor que Shakespeare se vio obligado a volverle a dar vida en una comedia trepidante y llena de melancólica alegría "Las alegres casadas de Windsor".

Pues bien, este es el personaje que el libretista Arrigo Boito perfila para la última ópera que escribiría Giuseppe Verdi, a los ochenta años, tras 54 años de componer: "Falstaff". Estrenada el 9 de febrero de 1893 en la Escala de Milán (y un año exacto después en Madrid), es el más teatral de sus trabajos y se la considera una suerte de testamento artístico de Verdi que aun siendo demasiado poco apreciado por los puristas de la ópera, resulta un fascinante trabajo de arquitectura musical,  con una simplicidad y rítmica belleza que entronca a las mil maravillas con el libreto inspiradísimo de Boito.

La versión dirigida por Fabio Luisi que hemos visto en el Gran Teatro del Liceo, es excelente, gracias sobre todo al enorme (en todos los sentidos) Ambrogio Maestri, dando voz y cuerpo al gran Falstaff, aunque en opinión mía los decorados y el movimiento escénico podrían haber sido más elaborados y ajustados a la fuerza dramática de música y textos. Y así se llega a un soberbio final, con el triste y escéptico recordatorio colectivo de que "todo en el mundo es burla", que nos manda a las Ramblas con una sonrisa melancólica pero complacida.

Las burlas y apalizamientos del pobre sir John, tan convencido de que su apostura le servirá para conquistar a dos hermosas damas casadas de Windsor y asi remediar sus lamentables penurias económicas, se ajusta más o menos a la obra shakesperiana. Aunque el Falstaff verdiano es menos agudo y menos rufián que el del inglés, ambos muestran un fondo humano y una comprensión de la vida, cínica pero también generosa que hacen simpático al excesivo personaje y sobre todo lo convierten en uno de los símbolos de lo humano del que habla Bloom.

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El carácter de "teatro musical" de esta obra, obliga a que uno deba sentarse cerca del escenario si pretende gozar totalmente de ella. Los de los últimos pisos, sin prismáticos, gozan la mitad (quizá de ahí venga el poco amor que los "óperamaniacos" sienten por Falstaff).  Tampoco los amantes incondicionales de Shaskespeare y sus personajes se sentirán muy felices con el fanfarrón un poco absurdo de Verdi y echarán de menos al compañero del principe Hal con su poco reverente alegría y su osada presunción, pero también su reducción a ser humano sufriente por el amor a un amigo que será rey. Aunque incluso a estos les sabrá a gloria ver al Falstaff verdiano volverse auténtico cuando canta aquello de que "el honor es una palabra y la palabra sólo es aire que vuela" o, en la conclusión de la obra, cuando espeta al público: "todo en este mundo es burla". A uno le parece estar viendo al gran Giuseppe, ya al final de su vida, sonriendo con escepticismo y sabiduría mientras regala a la música esa frase lapidaria para cerrar con ese coro una de las más ricas trayectorias operísticas de la historia del género.

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