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12 julio 2013 5 12 /07 /julio /2013 07:44
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 Hace tiempo que quería hablarles sobre un escritor atípico, minoritario, salvaje, inteligente y minoritario, Mauro Corona, pero cuya valía literaria y humanaes tan enorme que a uno se le desgastan los adjetivos para recomendarlo: esta coincidencia de valores resulta muy escasa en este mundo de la literatura, donde suele haber buenos escritores que son personas menos buenas y buenas personas que suelen ser escritores mediocres, aunque a veces no se cumple este determinismo, gracias  al dios de la estadistica.
El libro que hoy les aconsejo (vivamente), editado por Altair en 2006, "Fantasmas de piedra" ("Cuando una aldea era el mundo") es una narración ficticia, imaginativa, basada en un hecho luctuoso real, presentada en un suculento envoltorio literario. Concierne a la historia de un pueblecito engastado en el corazón de los Alpes italianos, Erto, situado justo debajo del embalse del Vajont. La noche del 9 de octubre de 1963, el monte Toc se derrumbó sobre las aguas del embalse  --300 millones de metros cubicos de roca-- formando una ola gigantesca, una especie de sunami indonesio, que saltó hacia el valle y arrasó la aldea, matando a casi dos mil personas. Uno de los supervivientes, un niño de trece años, Mauro Corona-- que más tarde se haría montañero experto, escultor en madera y después de 1997, escritor de éxito moderado. Pero este plumífero ha creado un estilo y una categoría literaria propios que lo convierten en uno de esos grandes escritores "subterráneos" que viven de la fidelidad y la admiración de numerosos círculos de "entendidos", como una masonería literaria dedicada a un escritor casi misterioso que vive aislado en una casa remozada de una aldea de los Alpes destruida por una ola gigantesca.
En Italia Mauro Corona no es tan "subterráneo". Ha publicado unos 20 libros de los que ha publicado millones de ejemplares. Pero solo con "Fantasmas de piedra" este escritor ya merece que los buenos lectores corran a una buena librería (Serret de Vallderrobres tiene a este autor en las atestadas baldas de su local) y disfruten con la recreación literaria que hace de los habitantes y las casas y calles, el ambiente de su aldea, antes de aquel ominoso 9 de octubre y, naturalmente, desde el "ahora", cuando la vida vuelve a florecer gracias a la imaginación y llena las calles de la aldea de "fantasmas de piedra".
Corona revive Erto con la habilidad de un Rulfo, la justeza de un Onetti y el misterio de Borges. Un amplio abanico de las gentes de la aldea y sus risas, llantos o impecraciones, los susurros que acompañan la existencia, son descritos de una forma genial (magnífica la traducción de Alida Ares) y estremecedora, con un encanto que va abrazando al lector con la persistencia gratificante de un Tolstoi pero también la caricia de un intimista Chejov. Hay algo de contador de cuentos tradicional en este italiano de pelo y barba largos y encrespadamente blancos, de aspecto enjuto y fibroso, con movimientos de deportista en forma a pesar de su edad. Sus historias sobre las gentes de Erto son magníficas, respiran vida y forman esa amalgama poco habitual de experiencia vivida, imaginación y dotes poco comunes de observación, que unido a una hipnotizante capacidad de relatar, crean un libro de los que dejan huella y uno conserva siempre en el eaaquel de los libros indispensables.
Que nadie suponga que estamos hablando de un autor al estilo de Giovanni Guareschi, el de "Don Camilo y Peppone", de un costumbrismo anacrónico disuelto en el pasado, no. Estamos hablando de un artista, de un tallador de madera valorado en Italia y un escritor valorado en toda Europa por las gentes que entienden de qué va eso de la calidad literaria. Un hombre que se ha recluido en la aldea destruida junto con un grupo de amigos, casi todos ejercitantes de las más diversas disciplinas artísticas y que confiesa que lo hace porque "cuando seamos viejos, desde las calles de la Erto muerta nos observará nuestra infancia, nos sonreirá nuestra adolescencia. Ambas vendrán a recordarnos los tiempos felices, cuando el pueblo estaba vivo y bullía de gente y vivíamos en paz con nuestro trabajo y nuestras fiestas, y nosotros éramos jóvenes, llenos de exuberancia y entusiasmo". Y, atentos, nada de visiones idílicas, de rusticidad poética, olvídense de eso. No hay complacencia en la memoria de Corona, sino humanidad. Pura y dura. La sobriedad y el estoicismo con el que habla de las durezas, sinsabores y crueldades de esa rememorada existencia, la suya y la de otros, ponen los pelos de punta. Estructurado en cuatro partes como las estaciones del año y su efecto en las gentes y las calles de la aldea, revividas en la epoca actual a partir de elementos o lugares concretos que Corona nos describe hoy, en ruinas y el lejano ayer, llenos de vida. La lectura sigue una misteriosa cadencia que tiene ritmo y un endiablado encanto. Es seguir los detalles de un gran fresco a través de la memoria y la imaginación. 
Este hombre, que nació en un carromato, sus padres eran vendedores ambulantes, este escritor tardío, escultor y escalador que confiesa que las tres actividades tienen un punto común: "la destreza de eliminar lo superfluo", es una auténtica sorpresa y provoca un reto en el crítico: hacer que su libro se lea lo más posible, para bien del lector, por supuesto. Y, de ahí este artículo.
 
FICHA
FANTASMAS DE PIEDRA.-Mauro  Corona.- Ed.Altaïr.- Clásicos heterodoxos.- Traducción: Álida Ares.- 292 págs.                    
         
 

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Published by nullediesinelinea.over-blog.es //charlus03 - en comentario literario
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