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1 marzo 2011 2 01 /03 /marzo /2011 15:07

Woody Allen definía la comedia como la ecuación entre la tragedia y el tiempo. La comedia del garrotazo, la tarta en la cara y los caídas chistosas, los fantoches ridículos y los malos grotescos ridiculizados, es el resultado del tiempo aplicado a una realidad nada risueña, plagada de sangre, dolor, lágrimas y humillaciones.

El viernes pasado la 2 de TVE emitió un documental histórico de Frank Capra, el célebre director norteamericano de comedias, en el que bajo pedido del Gobierno de los EE.UU. se trataba de convencer a los militares del país de las razones que justificaban la entrada de Washington en la Segunda Guerra Mundial en Europa. En la película se nos mostraban archivos de imágenes de gestos, actitudes públicas y discursos de Mussolini, Hitler y los jerifaltes del Japón imperialista. Me sorprendí tratando de evitar las carcajadas. Pero el contexto era ominoso. Lo cómico nacía de la distancia y de la seguridad de saber que habían sido enviados al muladar de la historia.

A continuación del documental, en un telediario de esos que, por otra parte, te llenan de nostalgia ante los desaparecidos de Canal Plus y la CNN, se dedicaban bastantes minutos (no los suficientes) al apocalíptico y ridículo discurso de Gadafi, el autopretendido sucesor de Nasser y pseudo lider revolucionario del tercer mundo, desde la martirizada Trípoli, asegurando que sería el último mártir de la revolución de la yamahiriya, . Al contemplar su acartonado rostro, los cabellos ensortijados al mejor estilo Michael Jackson, la grosera bastedad de sus rasgos y sobre todo el contenido lamentable de su discurso deshilvanado y matonesco, comprendí el nexo de unión que le convertía en un hermano de clase de Hitler, Mussolini, Ceausescu, Idi Amin, y en primo hermano de Franco, Salazar, Mubarak o Ben Alí y pariente lejano pero íntimo de los dictadores de opereta y novela del castigado cono sur de America Latina.-Gaddafi.jpg

Chaplin en "El gran dictador" nos ofreció la clave del problema: esos fantoches del poder son verdaderos paradigmas de la Sombra, arquetipos del mal enrocados en las mas bajas pasiones y vicios de los seres humanos. Sólo el miedo, la represión y la fuerza bruta mantienen cerrada la opción del ridículo, el humor y la burla que cualquiera de esos payasos sangrientos provocaría en una sociedad más sana y más libre. Lo cierto de este razonamiento histórico nos lo garantiza la historia, el simple paso del tiempo.

Cuando las dictaduras caen, la de Túnez, la de Mubarak en Egipto, la próxima de Gaddafi, las que fueron en España o Portugal, en la Alemania nazi, en la Italia fascista, entre el ruido y la furia, aparecen los primeros vestigios del ridículo: la simple narración de los auténticas razones de tal existencia: el robo, la codicia, el poder absoluto como permiso para todo, el desprecio hacia el individuo, la humillación como síntoma de una enfermnedad del alma y la mente…todo encarnado en personajes de dudosa humanidad que siempre adolecen de histrionismo ridículo (los entorchados, los absurdos uniformes, capas y hopalandas carnavalescas llevadas con ánimo litúrgico) con gestos que nos harían silbar en un patio de butacas y discursos que podrían citarse en clases de psicopatología. Cleptócratas sanguinarios, de escasas luces en su mayoría, llenos de complejos sin resolver y de cuentas pendientes, uno se pregunta en definitiva en qué diablos estamos pensando cuando permitimos que seres así se conviertan en salvadores de la patria y defensores del ciudadano, siendo como es, obvio, que son justamente lo contrario.

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