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21 diciembre 2010 2 21 /12 /diciembre /2010 16:40

El señor Scrooge, el personaje del Cuento de Navidad" de Dickens, podría ser la imagen matriz de muchísimos ciudadanos de nuestra avanzada (sic) sociedad tecnocrática y consumista. Si pasea por las grandes arterias comerciales de nuestras ciudades verá cuantos Scrooge caminan por sus aceras carge41f3949277e2c3a.jpgados de cajas de regalos y muchos con caras de pocos amigos. Si habla con ellos no se sorprenda de recibir un "paparruchas" cuando les hable de la Navidad. Pero en su versión de 2010 Scrooge muchas veces tiene un gesto de aburrimiento. Le cansa la costumbre de los regalos, la de las cenas, la de la amabilidad como corsé. Se aburren.

Según un estudio de la Universidad de Cambridge, el día más aburrido de la historia fue un domingo, el 11 de abril de 1954.  El dato fue logrado gracias a un superordenador capaz de compulsar y comparar millones de millones de datos para encontrar una fecha donde no ocurrieron eventos de ninguno de esos tipos que dan colorismo y alcance a una fecha, casi siempre a base de sangre, catástrofes o batallas y revoluciones.

Quizá los operadores del megacerebro de Cambridge son luteranos o calvinistas y guardan cero respeto a las fiestas navideñas de nuestros lares. Introduciendo en el ordenador la variante: “fiestas navideñas en la península ibérica” el abrumador aporte de datos hubiese hecho cambiar la decisión sobre la fecha. La paz y alegría santificante con que la mayoría de los comentaristas adjetiva estos fastos decembrinos, son tan tópicos e imaginarios como la presunta tradicionalidad de estas fiestas, sus liturgias sociales y sus supuestas conmemoraciones  (con la decreciente excepción de muchos pueblos, alejados de las urbes y de su consumismo implícito, que aún conservan mucho del viejo sabor de estos festejos).

Nos convencemos a nosotros mismos de la gran carga emotiva y sentimental de las Navidades, constituyéndose una “verdad” tan omnipresente que cualquier desvío a su integridad o velada crítica a su pertinencia y naturaleza provoca excomulgaciones inmediatas y demonizaciones sociales a gogó. Recibe seguro el Vade retro, quien se atreve a criticar estos eventos ensalzados por la religión establecida y los poderes públicos más conservadores.

No importa que junto a la carga psico-religiosa que emana de la autoridad eclesial, conviva la explotación comercial más descarada, y los días festivos queden inscritos en las cuentas de las tarjetas de crédito como realmente dignos de encomio y alborozo (económico). Las cosas han cambiado en la vida cotidiana del agobiado ciudadano urbanita del siglo XXI, que ha sustituido las familiares fiestas por viajes a la más chic estación de esquí o a las playas de Canarias y la misa del Gallo por una visita a la discoteca más cool. En realidad constituyen un desafío al aburrimiento que el ciudadano trata de paliar con cualquier actividad lúdica, deportiva o social. Si no lo logra, por falta de recursos o de imaginación, esos días se vuelven rediles de choques o desencuentros familiares, más o menos controlados donde los únicos que parecen disfrutar de comilonas, reuniones o algarabías varias son los niños, que más tarde o más temprano terminan siendo presas de las sutiles bacterias del aburrimiento.

A pesar de eso, uno sigue  creyendo en una cierta magia navideña y no deja de leerse cada 24 de diciembre el relato de Dickens, Cuento de Navidad. El escritor inglés no vivió la desvalorización social de la Navidad, su consumismo absurdo  ni la manipulación de su mensaje. No importa que sean unas fiestas cuya cronología histórica no se sostiene por ningún lado (hasta el rey Herodes es obligado a “resucitar” para esas pretendidas fechas del nacimiento de Jesús y por tanto la matanza de los “Santos inocentes” seguramente no ocurrió jamás (aparte de las masacres habituales en la época y en las posteriores, casi ininterrumpidas).  La Iglesia mantiene la fecha como algo simbólico, ya que no puede negar los daos históricos que demuestran que las navidades cabalgaban otras fiestas en las mismas fechas de tradición romana (el dios Mitra) y que, casualmente, tenían la misma parafernalia religioso-social de las navidades cristianas. Ni siquiera los reyes magos tienen el rancio abolengo de la tradición secular, sino que  pertenecen a una iconografía muy alejada de la época romana,  la tardo medieval , y es una leyenda que procede de los Evangelios apócrifos, mientras que el mito simbólico del nacimiento en Belén proviene del siglo XVIII.

Pero en realidad, qué más da. En muchos hogares y para muchas personas, entre los que me cuento, las fiestas navideñas tienen un algo, un elemento mágico personal, íntimo, que tiene que ver con la psique del sujeto. Tiene que ver con aspectos nostálgicos positivos del propio pasado y la tendencia muy humana a reverdecer lo bueno que pasó, ante el presente inseguro o problemático y el futuro inexpugnable y desconocido. Y sobre todo a compartir  esa positiva percepción con las personas cercanas a uno.

Pero para otros, me temo que una mayoría inconfesa, estos fastos, o son una excusa para la evasión, el consumismo y  la huida del trabajo o la familia, o, --no por citarla en último lugar sea la consecuencia menos importante--, están sujetos a un aburrimiento larvado, descreído y persistente que es “capaz de engullir al mundo en un bostezo” como califica Baudelaire a esa pasión del alma, el aburrimiento,  en “Las flores del mal”. Y a estos ciudadanos  no les debería molestar que uno desvelara las contradicciones de estos fastos infaustos entre los habitantes de la mayoría de las grandes ciudades. Pese a todo,  me quedo yo con los “felices fiestas” deseado a los vecinos de mi pueblo mientras en el silencio y el frío de la Nochebuena uno se dirige a la iluminada iglesia para compartir, si no otra cosa, la buena voluntad y la sonrisa amable, elementos ambos tan necesarios y escasos en estos tiempos críticos.

 

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Published by nullediesinelinea.over-blog.es //charlus03 - en comentario literario
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