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20 febrero 2011 7 20 /02 /febrero /2011 11:14

Jaime Balmes, filósofo, teólogo, periodista, “príncipe de los apologistas modernos” según Pio XII, escribió en una de sus obras, “El criterio”, que  "lo más preciso de la razón humana es el sentido común" , a lo que habría que añadir (no sé si lo dijo el buen clérigo, pero se suele pensar que sí)  que resulta ser el menos común de los sentidos. Esto no sólo es  observable en la vida cotidiana de las buenas gentes sino sobre todo en los asuntos de Estado y Gobierno donde cabría esperar mayores dosis de ese sentido de la proporción, la eficacia y el equilibrio entre lo que hay que hacer y lo que se puede o no se debe hacer.

Viene esto a cuento con el llamado vicio de fumar al que médicos, intereses y modas han condenado a lo prohibido, lo censurable y lo mal visto. La demonización del pitillo, la pipa y el puro bajo el dictado de la salud y su prevención y defensa ha movido más tinta y papel, chats y discursos, tertulias y muestras de humor, talento, estupidez, procacidad y mala pata que el que más y el que menos comienza a estar hasta el colodrillo de tantas  memeces y exageraciones. Partiendo de la base poco discutible de sus aspectos sanitarios y médicos, confinando el uso a espacios privados o públicos autorizados, bajo una vigilancia éstos que no parezca el abuso de las brigadas de la Inquisición, se podría dejar el asunto reducido a sus justos límites,  sin desembocar en más excesos de los que se pretendía evitar.                                         

Desde la sugerencia de que cualquier ciudadano debe, DEBE, denunciar a la autoridad competente cualquier violación de la ley antitabaco en los lugares públicos (pronto también en casa, bajo la admonición de la comunidad de vecinos: ocurre ya en algunos edificios “modélicos” en Estados Unidos) hasta la idea peregrina de eliminar o manipular secuencias de películas clásicas donde alguien fume (para empezar, todo el cine negro norteamericano a hacer puñetas, así como muchas de las grandes películas clásicas de la historia del cine).

Lo último ha sido la posibilidad de denunciar a la compañía que está reponiendo el musical Hair en Barcelona, porque en escena los jóvenes airados de la revolución de las flores y el amor, se marcan unos supuestos “porros” como era tradicional en aquellos lejanos finales de los sesenta.

Oigan, ¿no les parece un poco salido de madre todo este asunto? ¿Por qué no establecer brigadas de defensores de las costumbres como esa iniciativa municipal de Lleida que ha reciclado a muchos jóvenes parados para formar unas brigadas de agentes especiales que deben denunciar los actos incívicos (de momento solo advierten,  pero no tardarán en aplicar sanciones, sino al tiempo)? tati2.jpg

Sugiero seria y  amablemente a los munícipes de nuestros pueblos y ciudades que armen brigadillas de salvadores del orden cívico y amonesten y sancionen a los que mean por cualquier esquina, pública y notoriamente, a  los que escupen en la calle, los que tiran papeles evitando pudorosamente las papeleras, los canes cagones enardecidos por sus amos, los que destrozan mobiliario urbano porque es divertido, los que gritan desaforadamente en las madrugadas porque están muy contentos y muy bebidos, los que rayan el coche para fastidiar al que lo ha comprado solo porque suponen que quizá tiene más dinero que ellos, los que queman rastrojos sin controlar dónde y cómo lo hacen y provocan incendios… y la lista da para mucho más de lo que sería prudente alargar.

Siguiendo con el absurdo desproporcionado entre lo que se pretende defender –la salud de todos—y lo que se lleva   a cabo –el exceso prohibitivo que se sale de las coordenadas del sentido común—podríamos prohibir también todas las películas y obras de teatro en las que hay crímenes, malos tratos, bebedores, drogadictos, jugadores y locos de furor y maldad (pobre Shakespeare, reducido a las bibliotecas secretas por ser declarado malhechor de la humanidad)…

Hay quien trató de borrarle a las imágenes del cómico francés Tati  (el de “Mi tio”) la pipa que invariablemente llevaba entre los labios, o eliminar el cigarrillo de Sartre o cambiar el pitillo del vaquero de comic Lucky Luke por una ramita, y tuvo que intervenir la Asamblea Nacional Francesa para evitar semejantes dislates. ¿Le  quitamos  la pipa a Sherlock Holmes o a Maigret, el puro a Churchill, el habano a Groucho, la fumata de la paz con los sioux a Gary Cooper, el narguilé al califa de Sherezade o al cienpies azul de Alicia?

Insisto, no estoy en contra de la prohibición de fumar en público y de lanzar ciertos anatemas contra ese vicio (por cierto,  quizá no tan dañino como el alcohol, ¿para cuándo una nueva ley seca, olvidándonos de lo que ocurrió en Estados Unidos?), pero, por favor, apliquemos un poco de sentido común a la prohibición…tati.jpg

Como muestra un botón: el Tribunal Supremo de la India revocó la prohibición de fumar en películas y programas de televisión y argumentó: “Es una realidad de la vida y cualquier tipo de censura en su representación violaría el derecho fundamental de la libertad de expresión”. Pues eso…

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