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26 abril 2011 2 26 /04 /abril /2011 20:17

Cuando el que les escribe estas líneas tenía algo más de ocho años, durante una de esas enfermedades infantiles de corta duración que nos permite crecer y nos regala un tiempo sin escuelas, una amiga de mi madre se presentó a verme y me dejó sobre la cama un volumen rojo de portada pulida y brillante, de Editorial Molino, en la que salía la cara de un arrapiezo más o menos de mi edad, con una gorra curiosa, chaqueta y la corbata colegial a la altura de la oreja, que lucía una sonrisa irresistible y parecía la clase de amigo voluntarioso y audaz que no gusta a las mamás y encanta a los niños. Se trataba de Guillermo Brown, un niño inglés de once años con un imaginario inagotable de aventuras reales o ficticias, pesadilla incomprensible de los adultos, líder de una banda de mocosos como él a los que llamaba "los Proscritos", símbolo de la innata rebelión del espíritu infantil, de zapatos embarrados, escasa elegancia y energía sin límites. guillermo.jpg

 

 

"Las travesuras de Guillermo" fue ese primer acceso al mundo dorado de la campiña inglesa de entreguerras, con sus damas lánguidas, sus prados verdes, granjeros irascibles y cobertizos misteriosos, en el que Guillermo y sus proscritos reinaban a pesar de la presencia de los más ortodoxos y limpios amigos de Huberto Lane, un primero de la clase, sumiso y adicto a los adultos. A partir de ese momento y durante los tres años siguientes logré que todo mi entorno me regalara en las fiestas preceptivas volúmenes de la saga de Guillermo. Desde entonces me acompañó incluso cuando mi edad y mis lecturas lo dejaron confinado al estante de literatura infantil. Ni que decir tiene que aún conservo la colección completa de sus libros, treinta y siete títulos publicados a lo largo de cuarenta y siete años (desde 1922 en que apareció el primero; en España treinta años más tarde).

Ignoro cuál es la suerte que corren los libros de la afable señora Richmal Crompton, que murió en 1969 (nació en 1890), sin poder ver el último que publicó en 1970. Conservo entre mis papeles una foto en blanco y negro donde se ve a una anciana de sonrisa luminosa.RICHMAL-20CROMPTON.jpg Sé que al final de su vida lamentó que sólo se le conociera por sus "Guillermo", cuando había escrito más de cuarenta libros, entre ficción y ensayo. Precisamente hace poco la editorial de Marias, "El reino de Redonda" ha publicado dos de sus novelas "adultas". Pero para mí y para cientos de miles de personas de las generaciones que fueron jóvenes entre los 50 y los 90 del pasado siglo "Guillermo" fue la entrada del niño en el mundo fascinante de la lectura.

El día 30 de abril, precisamente, la Asociación de Amigos de Guillermo ("William") –www.justwilliamsociety.co.uk—celebra su encuentro anual en homenaje a su –nuestro héroe-- en el pueblecito galés de Usk, donde sesudos y divertidos conferenciantes glosarán los múltiples aspectos de ese personaje y su mundo, muy cercano en eficacia literaria al de Sherlock Holmes, otra invención del genio inglés que también provocaba los celos profesionales de su propio autor, sir Arthur Conan Doyle.

Vaya desde aquí mi homenaje personal a Guillermo y a su autora que sembraron en mí el fabuloso virus lector. Ese que, según la más actual teoría de la neurociencia, reflejada en el libro "Les neurones de la lectura" de Stéphane Dehaene, catedrática de Psicología Cognitiva en el Colegio de Francia, "la lectura promueve el desarrollo cognitivo con más ímpetu de lo que se pensaba hasta ahora" y es una actividad que favorece notables cambios en el cerebro creando nuevas conexiones sinápticas y una más ágil interrelación entre las estructuras encefálicas. Unos estudios de seguimiento estadístico realizados sobre una muestra de 470 personas durante un periodo de 20 años, grandes lectores, enfrentados a una muestra no lectora, revela llamativas diferencias entre los índices de demencia senil y un mantenimiento más vigoroso y eficaz de los circuitos mentales relacionados con el comportamiento, el carácter y las actividades de la inteligencia. Vaya que, como apuntaba el filósofo José Antonio Marina, los libros terminarán vendiéndose en las farmacias bajo prescripción facultativo-literaria.

¿Padece usted un estado depresivo? Pues cómprese un volumen de las aventuras de Guillermo, una novela de Salgari o Julio Verne, un Jonathan Swift o unas píldoras de Dickens o de Cervantes.

 

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