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25 octubre 2012 4 25 /10 /octubre /2012 08:54

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Publicar un dietario suele ser un negocio ruinoso. Para la editorial y para el prestigio literario del autor. Realmente resulta difícil lograr que un corresponsal de la vida propia logre dar con el tono, el ritmo y el interés que se requiere para no matar al lector de aburrimiento o despertar su irritación hasta límites destructivos (acabar encendiendo la chimenea con las páginas del dietario, cosa muy popular desde que se publican más libros que los granos de arena del desierto y desde que los lectores del detective Carvallo --del gran Manolo Vázquez Montalbán-- aprendieron esa maniobra liberadora en sus novelas. Todavía recuerdo la cara de consternación de un amigo editor que habia cedido al ruego de Torrente Ballester de que le publicara un tomo de sus "Cuadernos de un vate vago". La edición casi completa (descontados los libros de promoción y critia) pasó a ser malvendida en grandes almacenes a un precio de risa.

Claro, también están los cuadernos de Walter Benjamín, los diarios de la Mansfield, Huxley, Reanudot, Tosltoi y algunos otros gigantes. No contemos con ellos. Lo normal que es que el modelo dietario, o es una vitriólica reseña de los amigos y enemigos del autor (y estos deben ser importantes., no vale el vecino de arriba del autor) o está condenado a una vida corta y lánguida.

Pero bueno, de vez en cuando la vida da sorpresas. Una especial recomendación de mi librero de Valderrobres, Octavi, me ha permitido conocer a un escritor (no es un novel pero para mi era un desconocido), Francisco Sanmartin, cuyo dietario "Hacia la tormenta" (editado por Xordica) me ha encantado.  Como escribe (pag 11):  un breve dietario ajeno a las jactancias, al camorreo, a la trápala y a lo inconfensable, un dietario donde aparece algo de lo que uno ha sido y ha visto". Laus deo...al fin, el tono, el estilo y la temática del dietario de este señor me ha hecho leerlo de un tirón. Facilita (y se agradece) el hecho de que solo tiene 69 páginas. Hasta uno llega a pensar que si tuviera el doble tampoco importaría. Sin embargo en materia de dietarios la experiencia lectora dicta que no deben ser muy largos. Por larga que sea la maestria del autor llega un momento en que la primera persona real en una narración se las ve y las desea para mantener activa la atención evasiva del lector.

Pero, repito, aquí no hay más que sonreir a Fernando Sanmartin y estrecharle la mano. Las vivencias narradas, en cortas entregas, trancurren entre los años 1997 y 2002. No importa, porque lo narrado tiene categoría de algo para lo que el tiempo no es un problema, sino a veces un interés añadido. Excepto por el hecho de que muchas de las personas mas o menos conocidas que comparten momentos con el autor ya han desaparecido. Los nombres, tratados en persona o no, evocados por San Martin van desde Sartre, Villena, Baroja, Jose Agustin Goytisolo, Cela, el pintor Jose Luis Cano, Ana Maria Matute, hasta Quevedo, Semprún, Benet, Bowles, Sanchez Ostiz, Javier Tomeo, Modiano, Anton Castro, Felix Romeo. Además habla de sus amigos poetas o pintores y cuando cita a algun mal bicho de los que abundan en el predio literario pone una anónima y discreta X. Nos habla de su hijo Yorgos, nombre de poeta, y menciona una "ella" con la que viaja y comparte bellezas, Da breves pinceladas de los lugares que visita y se emociona con Lekeitio que mas que el pueblo amado es un ritual una y otra vez repetido.Acaba el libro con una aventura estética y literaria bastante original: a fin de inspirarse para un comentario que debe hacer a una exposición del pintor Ignacio Fortún, ambos deciden que Sanmartín "apadrinará" una de las obras del pintor. Escoge un cuadro (que se reprocuce en el libro) y lo inserta en su vida, lo lleva a su casa y lo mira durante semanas. Va desgajando impresiones y pareceres y aunque no se nos muestra el resultado literario de tal convivencia, lo que hemos leido es suficiente para interesarnos.

El resultado final es una obrita que se lee en un suspiro y deja un buen sabor de boca. Y lo que es mas importante, inyecta el deseo de leer otra obra de este autor. Y de eso se trata, ¿no?

 

 

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