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6 febrero 2011 7 06 /02 /febrero /2011 18:15

Uno de  los últimos fenómenos editoriales del vecino país, Francia, no es una novela con modos de best seller, ni lo último del premio Nobel, ni la osadía de un joven autor que se pone de moda en los elitistas círculos literarios de la heterodoxia, no. El éxito que asombra a propios y extraños es obra de un anciano de 93 años, ex miembro de la resistencia contra la ocupación nazi (de los de verdad, no los fraudulentos), tiene una extensión de 32 páginas y el estilo, modo y maneras de un panfleto político de los que hacían furor en los “felices” setenta. Se titula Indigned vous!, cuesta tres euros y va dirigido a los jóvenes, a los que alecciona con contundencia pidiéndoles que digan 'basta' a la dejadez y la comodidad, a la aceptación de actitudes, comportamientos y modas sociales que preconizan el “¿para qué protestar?”, los “no vale la pena” y el socorrido “mientras llegue a fin de mes, lo demás no me concierne”.  Detrás de esa filosofía a la que se le endosa el epígrafe derrotista de “posibilismo” está la enmascarada pero visible y creciente tendencia social a aceptar la injusticia y la merma de las libertades como un “signo de los tiempos” y “algo inevitable”.

Ese “basta ya” que aconseja el autor del opúsculo, Stéphane Hessel, podría parecer una muestra más del buenismo retórico de la izquierda, que pone bellas palabras para adormecer la conciencia de la acción adecuada, si no estuviera avalado por los hechos revolucionarios y  espontáneos recientes en países tradicionalmente “atrasados” en materias sociales y políticas, como los del Mogreb. Ese “indignaos” de Hessel ha tenido su materialización inesperada y sorprendente en la revolución “del jazmín” que desde Túnez ha prendido como un reguero de pólvora en Egipto, Libia, Yemen, Arabia Saudí, Argelia y Marruecos, desbordando los límites del Magreb. Y así lo que empezó con una revuelta por el pan se ha transformado instantáneamente en una revolución social por la justicia y la libertad.

Decía Quevedo que las revoluciones sociales se hacen “por el huevo,  no por el fuero”. Pero en estos tiempos ya sabemos que empiezan por el “huevo” y terminan por el fuero. Es decir por el rechazo a una situación social insostenible en la que el fuero, la ley y el poder, avalaban y mantenían injustamente (por medio de la corrupción y la represión) a la falta  de “huevo”, es decir el trabajo y la justicia que permiten que el ser humano tenga cubiertas, mínimamente al menos,  la supervivencia y el disfrute de una vida digna. ¿Y qué es lo que hizo posible la gestión y el nacimiento del poder social de indignarse y decir basta? Pues una forma subsidiaria de “cultura”, la de los conocimientos y extensión de uso de los medios de la red social, internet, facebook, twitter, los iphone, los móviles, el youtube, las webs de información más o menos libre.

¿No les parece obvia la imbricación, las relaciones de causa-efecto, entre los elementos básicos cuya defensa apunta Hessel y todos los sujetos que deseen realmente la mejora de la situación social de los más desfavorecidos?

Y ese escenario se repite no sólo en el mal llamado Tercer Mundo, sino en los países industrializados, en los del club de los más ricos y poderosos, en los del círculo del euro. En todos, de manera más o menos evidente y notoria, se dan las circunstancias, muy enmascaradas por un supuesto bienestar económico y social egipto.jpgque, poco a poco, ya no es tal bienestar. Aquí mismo, basta con analizar la situación de los jóvenes, incluso la mayoría de los muy bien preparados, para ver cómo la desidia y corrupción políticas, la incuria de los que mantienen las estructuras financieras y bancarias y un pueblo cada vez menos culturalizado y más adormecido por unos usos sociales que premian la inmediatez de la ganancia, la falta de esfuerzo y una cultura de lo ramplón y lo escandaloso (véanse  muchos  programas de televisión y los personajes que encumbran ) agravan la crisis,  en lugar de proponer y exigir unas medidas que procuren una formación adecuada, unos salarios justos y una filosofía del esfuerzo y el trabajo.

No se trata de pedir a los jóvenes, a la sociedad, que se indigne. La indignación por sí sola no da para mucho. Es flor de un día y de un gesto. Pidamos una educación eficiente, una educación social basada en principios éticos, una educación familiar e individual en la que vuelva a estar de moda el respeto, la urbanidad, la conciencia de que a los derechos exigibles se contraponen los deberes correspondientes. Y eso sería una gran revolución. Y entonces,  si no se dan los pasos adecuados, ¡indígnense y salgan a la calle!

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