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6 enero 2011 4 06 /01 /enero /2011 17:04

..."con quien tanto quería", decía Miguel Hernández ante la muerte de su amigo Ramón Sijé. La elegía de M.H. reflejaba la sorpresa trágica y el dolor del poeta ante la inesperada muerte del amigo. Quizá la muerte de mi amigo José Casán Herrera no pueda calificarse de inesperada, de trágica sorpressa, llevaba años en un decreciente estado de mala salud férrea, pero sí  puede ser calificada de brutal la noticia porque te acostumbras- por error muy humano-- a pensar que nunca dejarás de "tener" a tu amigo del alma al alcance de una llamada o una visita.

Pero la ley de vida, que es ley de muerte, ha cerrado su ciclo y ha hecho cumplir su ley inexorable: Casán ha muerto, mi viejo amigo Pepe Casán, "con quien tanto quería". No sólo "al que tanto quería", sino "con". Es decir,  el compartir cosas amadas de una forma semejante, común, enraizada en la misma virtud. En este caso lo que con-queríamos Casán y yo  era la literatura, los libros, algunos autores y algunas obras determinadas y por ende una manera de comprender la vida, en suma, un estilo de vida como diría Ortega.

Le conocí a finales de los años sesenta en la redacción de La Vanguardia, en la sección de Internacional que dirigía otro gran amigo recientemente fallecido, Carlos Nadal. Era un época de silencios y penurias, pero uno tenía veinte años y hambre de pluma, de libros, de noches eternas en la redacción, de amigos inteligentes, de historia en movimiento, de esperanzas y sueños. Y todo casi por estrenar.

Fue un "flechazo" intelectual y una simpatía personal casi desde el momento en que Santiago Nadal, el hermano de Carlos, entonces subdirector del diario, presentaba al joven auxiliar de redacción al jefe de sección. Era mi primer día de trabajo y era el primer jefe al que me presentaban, un señor de aspecto quijotesco, alto y desgarbado,con grandes bigotes, gafas de montura de pasta y ojos azules vivísimos e inteligentes que escrutaban al neófito con bondad e ironía.

Cuando lanzó la mano sobre la mesa para estrechar la mía tropezó con el recipiente de cola (entonces pegábamos los recortes de teletipos sobre papel de rotativa para enviar a las linotipias, una vez corregidos y titulados) que desparramó su contenido viscoso sobre la mesa. "Menudo desastre" comentó riéndose y escuchó cómo el novato, con una sonrisa le respondía: "pero más se perdió en Cuba". El resto de los compañeros de sección que luego irían siendo mis amigos con el tiempo, Miriam, María Dolores, Luis Permanyer, Pepe Guerrero, se chancearon a modo del episodio provocando unas comentarios burlescos de Casán proferidos con voz campanuda y con referencia a dichos de don Quijote o Sancho o dicterios de otros clásicos, alguno de los cuales reconocí y terminaron por robarme el corazón de la amistad hacia el histriónico y culto jefe que el destino me deparaba.

Desde entonces y sin solución de continuidad por más de veinte años José Casán fue mi mentor, mi amigo, mi compañero de fascinaciones literarias, lecturas y busca de libros, el corrector y consejero de cuantas aventuras literarias o periodisticas osaba yo acometer. Con él las largas noches de guardia se convertían en inacabables y sugerentes charlas sobre Picwick, Goethe, Maurois, Proust o Galdós. Fue la primera persona que conocí capaz de leer dos veces "La recherche" de Proust completa o todos los Episodios Nacionales de Galdós. Y, para mi mayor encanto y fascinación, el hombre que leía y amaba El Quijote tanto o más que yo mismo.

Cuando se jubiló me quedé sin interlocutor literario (sólo consolado por la presencia de Carlos Nadal, con quien las confluencias eran casi universales: literatura, filosofía, ética, vida personal...) y nuestra relación se volvió más esporádica. Luego las exigencias del diario me separaron de internacional y comenzó un largo exilio personal que me alejaría de él (aunque no de Carlos, mi alter ego personal, lo cual palió la sensación de horfandad que me acometía cuando pensaba en don Pepe).

La noticia de su muerte me ha llegado hoy mismo, hace unas horas, con la tajante brutalidad del hachazo del que habla  Miguel Hernández. Y de pronto todo ese mundo del recuerdo y la nostalgia me han invadido. He repasado mentalmente nuestra maravillosa relación de amistad y el hueco que, sin darme cuenta, se habia hecho tristeza larvada que renacía cada vez que me planteaba el "silencio interior" que provoca la ausencia de "hermanos del alma". La muerte de Carlos, hace un año, ya despertó esa nostalgia polvorienta pero luminosa de los amigos imperecederos, de los encuentros que los dioses del azar te regalan para toda la vida.

Ahora, la noticia de su muerte parece cerrar un capítulo que ya condenó la desaparición de Carlos. Ahora me siento más solo y más triste, sin esas dos figuras paternales en el sentido espiritual del término. Miro a mi alrededor y compruebo que excepto con muy contadas y queridas personas, desde mi mujer al gran D.M. con algun que otro sujeto esporádico, el mundo se ha quedado más desierto y todo se va cerrando en un universo pequeño y concreto que, gracias a Dios, mantiene las grandes ventanas abiertas de par en par hacia el universo, tal y como las tenía cuando yo era un joven periodista con ansia de saber y el gran Casán clamaba en voz tonante ante el regocijo de la sección de internacional: "hay aves que sobrevuelan el lodazal sin manchar sus plumas, y mi vuelo es de esos".

Querido Pepe Casán, descanza en paz...en mí sigues vivo, pero como dijo el poeta, no deberías haberte ido ya que...

 

... TENEMOS QUE HABLAR DE MUCHAS COSAS,
COMPAÑERO DEL ALMA, COMPAÑERO

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