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21 febrero 2012 2 21 /02 /febrero /2012 10:46

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  Clint Eastwood ya comienza a  mostrar las luces y sombras de su genio como los grandes, ya sea John Houston, Orson Welles o Igmar Bergman que, incluso cuando dirigían una película por debajo de sus obras maestras, lograban imprimir un sello de distinción: eso ocurre con "J. Edgar" un biopic o película más o menos biográfica de una figura más o menos histórica.

Manteniendo la osadía rebelde y descarada que le caracteriza, Eastwood, hace que Leonardo di Carpio vuelva a demostrar que es uno de los mejores actores de su generación y no sólo un joven o maduro hombre bello y le convierte en un hombre joven que va envejeciendo y va adquiriendo los estigmas del poder que, como todo el mundo sabe, cuando es poco menos que absoluto, corrompe y deteriora absolutamente.

La película huye de la agiografía al uso, no hay complacencia alguna en el retrato hosco, malhumorado, casi psicopatológico, de un hombre de ideas firmes y cerradas, intolerante y excesivo, al que las circunstancias y su propio fanatismo unido a unas dotes de organizador y líder poco comunes, se convierte en uno de los hombres con más poder, principalmente oculto, casi a la altura del presidente del país que vigila, Estados Unidos.

Casi como por contagio la película es arrítmica, desequilibrada, extrañamente simple en ocasiones y aguda la mayoría de las veces, entre el sarcasmo y el ataque malévolo o la sátira, digamos que logra poner en evidencia la falta de sensatez de todo un país y un régimen político que crea y se subordina a hombres como Hoover, creador del FBI.

La historia, que todos conocemos, va punteando los diversos momentos del proceso vital del taimado y mezquino superfuncionario que puso bajo la lupa de sus detectives a las primeras figuras financieras, socio-políticas, intelectuales o artisticas de los Estados Unidos, empezando por sus líderes políticos. Y Eastwood nos ofrece una visión sin duda lúcida, pero desencantada y a veces grotesca, cercana  a la caricatura. Me temo que el vitriólico mensaje de esta película no está al alcance de cualquiera. Seguramente no será una película ovacionada en los festivales--ya la critica de su país se muestra hostil-- pero a mi entender, por encima de sus errores y excesos, "J.Edgard"  lleva camino de convertirse como "Banderas de nuestros padres" es una de esas películas que forman parte del patrimonio político e historico de esa nación, a la altura de las de Griffith, Ford o Welles.

Aunque a diferencia de los anteriores, Eastwood, nos presenta una visión del contexto historico de Hoover en el que cuenta poco la historiografía de manual, es más bien una reflexión hegeliana, una filosofía de la historia contada por Jonathan Swift, es decir, una ágil muestra de cómo los acontecimientos históricos son vividos y manipulados por sus propios actores y testigos, ¿cuál es pues la veracidad de estos testigos o actores? Esa vision "blanda" de la cronología de un personaje como Hoover, con el relato transcurriendo con absoluta agilidad entre el presente de la película, los ultimos años de Hoover, y las décadas de poder casi absoluto reflejándose en los acontecimientos de toda una era, desde el asesinato de Kennedy, a la crisis de los misiles o el Watergate.

La película se resiente al final sobre todo en los excesos emocionales entre Hoover y su ayudante Clyde Tolson (el actor que lo encarna, Arnie Hammer, se convierte en una insipida caricatura de un anciano acartonado), laguna narrativa  que trata de salvar el gran Leonardo (di Caprio) con una actuación superior, que oscila entre la paranoia y el histrionismo. La grandeza dramática de Hoover, realmente un personaje que haría las delicias de Shakespeare, una mezcla de Ricardo III, Romeo, Falstaff y Shilock, da para mucho y Eastwood ha jugado una baza fuerte, a pesar de sus errores. Quizá echamos de menos que el señor Di Caprio logre alguna vez dejar de fruncir el ceño y mostrar tan dura amargura y desconfianza hacia todo lo que se mueve en torno a él, incluso su imagen en el espejo. Ese exceso de tensión interior quita complejidad intima a un personaje que , sin duda, la tenía a raudales.

En el reparto, una excelente y contenida Naomi Watts en el papel de la provindencial secretaria de Hoover durante toda su vida y depositaria de la confianza y el archivo personal secreto del jefe del FBI, fiel y compasiva hasta el fin. Y no olvidemos a la cada vez más sabia Judi Dench, que abandona a James Bond para dar vida al personaje duro, complejo y dominador de la madre de Edgard, la mentora de su hijo (recordemos para la historia del cine la secuencia en la que decide enseñar a bailar a su hijo como una indirecta para que éste no entre en las sutilezas sexuales --y sociales-- de una relación homosexual con su ayudante.

En resumen, una gran película que será valorada dentro de unos años, mucho más que ahora.

 

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