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11 octubre 2013 5 11 /10 /octubre /2013 07:41

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A James Salter, un octogenario nacido en 1925 en Nueva York y que ha tenido tiempo de vivir varias vidas apasionantes y escribir algunos libros de los que todavía nos falta la perspectiva necesaria (que solo la da el tiempo) para concluir que son obras maestras, lo lee uno con la pasmada certeza de que todavía, a pesar de la claridad del estilo, se nos escapan muchas cosas y de que, dentro de unos años, cuando uno vuelva a leerle -- a éste, como a todos los clásicos, uno siempre vuelve a leerlos, si la vida te da tiempo-- óbtendrá dos placeres: el de recordar el que tuvo cuando se sumergió en la narración la primera vez y el otro, el nuevo, muy distinto y más enriquecedor quizá, cuando vuelva a encontrarlo con la asombrada perspectiva de la suma de los años, las vivencias personales y la experiencia agridulce de la edad.

"Uno debe tener héroes, lo que equivale a  decir que debe crearlos. Y nuestra envidia, nuestra devoción los convierten en reales. Somos nosotros los que les prestamos la majestad, el poder que nunca poseeremos. Y ellos, a su vez, nos devuelven una parte. Pero esos héroes son también mortales. Se desvanecen..." (pág.219). Y esta es la historia que nos brinda Salter en "Juego y distracción", una novela publicada en 1967 que ahora Salamandra nos ofrece en la espléndida traducción de Jaime Zulaika.

El narrador nos narra la historia de un amor físicamente intenso entre dos jóvenes dioses, Philipp Dean, un universitario norteamericano  que recuerda a los héroes apasionados y futiles de Scott Fitzgerald y Anne, una francesa sensual, felina y desdichada que parece reflejar la desazón de las heroínas de Hemingway. Pues la novela trata de algo que esos dos ilustres apátridas han narrado alguna vez en sus libros de la diáspora de los jóvenes yanquis descubridores de la vieja y encantadora Europa, del Paris de mediados del pasado siglo, un tiempo en el que el dólar regía las voluntades y los corazones de jóvenes arrojados e impíos que bebían la vida a largos tragos con el vino rojo y la despreocupación salvaje de la juventud.

Salter escribe diálogos tan cortos y vitales como los del viejo maestro de la virilidad algo misógina, Ernest,que ya por esas fechas acariciaba el rifle con el que calmaría el fin de su aventura vital y desenvuelve la amarga pócima de la sensibilidad como Henry James o Lawrence Durrell. Pero no me interpreten mal: no es copista de estilo. Hace falta leer "Años luz", "En solitario" o "Quemar los días" para comprender que Salter tiene luz propia. No se sube sobre los hombros de esos gigantes, es otro más del reducido rebaño de inmortales.

Salter nos narra una historia de amor y sexo con la difícil amenidad de un Stendhal y va desgajando en frases plenas de sentidos y ecos, la implícita tragedia que tiene esos amores volcánicos, su insobornable y efímera hoguera de sensualidad, ternura, pasión e inteligencia. "Después descansan largo tiempo en silencio. No queda nada. El poema de su amor está desperdigado a su alrededor. Los días se han desplomado por doquier, se han desmoronado como naipes. El aire es frío. Dean se sube las mantas. Ella está tan inmóvil que parece dormida. El le toca la cara. Está bañada en lágrimas". (pag. 208).¿Hay alguna manera de describir tan aguda y bellamente el fin, inevitable, de uno de esos amores que sólo los muy audaces y afortunados son capaces de crear para consumirse en ellos?

El narrador se oculta tras una presencia vaga, algo envidiosa, celosa de ese amor del que es testigo, jugando incesantemente con el lector, "No ocurre tal cosa, por supuesto. Me los he inventado todo..."(pag.133) y dándole a todo un sentido y una finalidad que se nos escapa.  "Alteramos el pasado para formar el futuro. Pero hay una sustancia real en el dibujo que finalmente aparece y que resiste a los demás cambios...El pasado infinito nos penetra y se desvanece". (pag.58).  De eso trata la novela y en ella se refleja esa "sustancia real". Solo queda un espacio donde ha estallado la vida haciendo añicos a sus protagonistas, pero antes ha tenido el fulgor de mil soles espléndidos. Como decían los clásicos griegos, "los dioses dan el doble de esplendor a los astros que han de existir durante muy poco tiempo".

Lectura, pues, imprescindible. Y no les digo más.

 

FICHA

JUEGO Y DISTRACCIÓN.-James Salter. Ediciones Salamandra. 219 págs. Traducción de Jaime Zulaika.-.

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Published by nullediesinelinea.over-blog.es //charlus03 - en comentario literario
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