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11 diciembre 2011 7 11 /12 /diciembre /2011 08:53

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Robert Redford, además de ser un actor-icono del cine norteamericano del siglo XX y comienzos del XXI, es un director sensible y de clásica factura que se atreve a tratar temas tan delicados como el papel ridículo de cierto senador en las guerras de Oriente Medio comprometiendo la política exterior norteamericana ("Leones por corderos"), en clave de humor, o de la actual "La conspiración", un drama judicial en el que se dilucida, ahí es nada, la múltiple autoría del asesinato de Abraham Lincoln en 1865, recién acabada la guerra Norte-Sur, un crimen que traumatizó a toda una nación.  

Asistimos brevemente al asesinato del presidente Lincoln por el actor John Wilkes Booth (Toby Kebbell) durante la representación de una comedia en un teatro de Washington y a esos primeros momentos de sorpresa, conmoción, dolor y rabia (que a muchos nos recordó el de J.F. Kennedy) y la búsqueda intensa de los que ayudaron al actor a cometer el crimen. Entre esas personas una mujer, Mary Surrat, (Robin Wrigth, sencillamente una revelación) cuyo evadido hijo es uno de los conspiradores  y cuya defensa se encomienda a un abogado, ex capitán herido en la muy cercana guerra civil, James McAvoy (también una actuación brillante).

No importan los motivos, ya se sabe que el asesinato fue planeado y ejecutado por personas del vencido sur, exmilitares y ciudadanos, aquí Redford nos plantea un filme del género judicial, tan cuidado por los norteamericanos. Sin embargo, aunque la mayoría de las secuencias se desarrollan en la sala del tribunal, entre interrogatorios a testigos e intervenciones de jueces --todos militares-- fiscal y abogado, Redford logra con el montaje de otras secuencias paralelas y el flash back que el ritmo no decaiga en ningún momento.

Las pruebas presentadas contra la viuda, que regenta una casa de huéspedes, donde se reúnen los conspiradores, invitados por el hijo de la mujer, van mostrando no sólo la endeblez de su relación con el crimen, sino el amaño y manipulación de testigos para lograr una culpabilidad que permite, por razones de Estado, terminar con todos los asesinos --excepto el hijo de la viuda-- de un sólo golpe, como escarmiento y aviso de que el recién nacido Gobierno de la nación no tolerará ninguna maniobra más del Sur.

Lo cierto es que el planteamiento es de alto calado: la necesidad de que la justicia sea prioritaria ante el interés de estado o las ansias de venganza. La búsqueda de la verdad como objetivo absoluto y la denuncia de las maniobras orquestadas para evitarla, en defensa de su oportunidad o de la adecuación a las circunstancias --el mismo abogado, un héroe de guerra, deberá abandonar la profesión tras el juicio por la condena en paralelo que socialmente se hace a su persona por defender "a una asesina del presidente", cuando todas las evidencias apuntan a que la señora Surrat es inocente (conclusión a la que llega el jurado militar y que es invalidada por el presidente en funciones, que firma la orden de que sea ahorcada junto a los demás).

¿Defectos? Uno y bastante sólido. La falta de brío narrativo, de emoción gradual, de un ritmo acorde con las emociones del momento, una coherencia que no suele darse en la vida real pero que en un drama cinematográfico es vital: adecúa la emoción de lo que se narra con el tirón que se ejerce sobre el espectador. Resonancia emocional, se llama eso. Y a Redford le falta. Me pregunto qué hubiera hecho otro grande del cine Clint Eastwood. Casi no tengo dudas que nos hubiera llevado gradualmente a un climax final que en esta ocasión pasa inadvertido, a pesar de que el tema, el primer magnicidio que afrontaba la muy joven nación, lo merecía de sobras. Recordemos que se recortaron los derechos civiles y se instauró el estado de excepción para un país que acababa de constituirse y mantenía un respeto sagrado por la Declaración de la Independencia y los derechos humanos que ésta defendía.

Redford sigue siendo fiel al compromiso humano , ético y político que ha marcado casi toda su filmografía y no sólo como actor. Pero a menudo, como ocurrió con la citada "Leones por corderos" (de 2007), ese compromiso es demasiado pedagógico, con cierta ambición documental, y eso  lastra la película lo suficiente para que se resienta el ritmo, siendo como es, que todos los demás elementos del producto, fotografía, ambientación, color, actuaciones y detalles de técnica cinematográfica, rozan la perfección. Eso sin olvidar las semejanzas y paralelismos entre la hecatombe nacional que produjo el 11-S y el magnicidio de "La conspiración". En ambos casos el afán de venganza ha prevalecido sobre los ideales democráticos del país y su legislación. Redford nos propone un examen de conciencia (al conjunto de su país y al Gobierno que amparó las medidas de excepción) sobre la fragilidad del estado democrático de derecho, eso sí disfrazado los recortes a los derechos civiles con las más emocionantes palabras y razonamientos dichas en nombre de los ideales que defiende la Constitución americana. Las intervenciones del secretario de Estado Edwin Stanton (un magnífico y casi irreconocible Kevin Kline. muy alejado de sus papeles humorísticos) que amañó el proceso y las del senador "sospechoso" de simpatía con el Sur--Tom Wilkinson--, en el otro polo de las discusiones sobre justicia y verdad, dan a la película una densidad formidable.

No se la pierdan. Y ni una sola de las secuencias en las que actúa Robin Wright. 

 

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