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15 noviembre 2010 1 15 /11 /noviembre /2010 17:23

En abril del año 95 del pasado siglo (me divierte jugar con el paso de los siglos, quizá porque vivo en una casa construida sobre cimientos y murallas del siglo XV, junto a una iglesia del XIV, bajo la advocación de un escritor del XVI y en unas tierras tan antiguamente pobladas que hay restos iberos por todos lados) comencé a escribir un ensayo sobre budismo zen bajo la óptica del psicoanálisis junguiano. Lo llamé "La flecha sin blanco" y negociaba con  Pániker su posible publicación en Editorial Kairós, que estaba publicando con éxito las obras de mi maestro "in cuore" Taizé Deshimaru, el enérgico introductor del zen soto en Europa. Ya hacía más de diez años que practicaba zen bajo la mirada compasiva y divertida de una monja católica, Berta Meneses, que había recibido recientemente la maestría zen.

Cuando tenía escritas las dos terceras partes del libro, me retiré silenciosamente del proyecto. Cerré las carpetas y pasé a otras ocupaciones, una novela, la critica literaria y el ejercicio profesional en asuntos de politica internacional. ¿Qué había pasado? Hasta ahora no había "desenterrado" las complejas páginas de aquél ensayo y había tratado (muy explicable desde un punto de vista analítico, el reflejo de aquello de "cuchara de palo en casa del herrero") de enterrarlo en el subconsciente. Justo de ahí he sacado estas líneas. Del inconsciente,  terreno de caza del psicoanalista, pero también del poeta o del novelista, donde residen muchas veces la resolución de las contradicciones o la superación de las paradojas, terreno donde no sólo hacen falta ojos para ver, sino conciencia para mirar y humildad para reconocer.

En el prólogo del libro, encabezándolo, había una cita de Carl Gustav Jung, el controvertido pero brillante discípulo "traidor" de Freud. Decía así: "Mis obras...son expresión de mi evolución interior". Por supuesto cuando la escribí estaba impulsado por el daimon de la escritura, que puede llevarte al exito pero también a un fracaso total (y esos dos estados son intercambiables y están tan unidos. inextricablemente, como en el círculo taoísta lo están el ying y el yang) y, sobre todo, a mis ojos de quince años después, es el dictamen psicológico más exacto, el más exasperante diagnóstico lanzado al futuro y comprensible solo en el futuro, del hombre que escribía el libro y aún no sabía que iba a fracasar én el empeño.

Ya que si mi obra, esta obra, debía ser la expresión de mi evolución interior, no podía, ni debía, terminarse en esa época de mi vida. Ya que para escribir una obra zen (no sobre el zen) uno debe mostrar en ella ese estado evolutivo que, ahora lo he entendido, en mí no estaba a la altura del motivo central, del zen como forma de vida, como paradigma de pensamiento y conducta. Sin duda por esa razón, inconsciente, no elaborada, di carpetazo al proyecto, a pesar de estar muy adelantado y casi comprometido con Kairós.

¿Llegué en algún momento a ser consciente de la auténtica razón que se escondía bajo pretextos de mucho trabajo, exceso de responsabilidad, una cierta "humildad" en definitiva? Creo que no. Releyendo el trabajo me percato de la fria erudición que desprende, de una poco disculpable ligereza y, sobre todo, de una disimulada prepotencia que dejaba entrever unos logros espirituales que eran, quiza no lo sabía pero lo intuía, pura imaginación vicaria, traslación literaria pero impostada de otros logros espirituales, esos auténticos, que florecen en muchos textos del maestro Eckhart, Deshimaru, Krishnamurti, Merton...

Han pasado quince años y releo las páginas amarillentas de mi original, lleno de citas, de filosofía, de hallazgos y metáforas literarias, de una cierta poesía...pero con la clamorosa ausencia del espíritu zen, sea lo que fuere tal cosa, no definible, pero sí reconocible. Pura paradoja existencial que requiere una humildad absoluta y una osadía sin límites. Tratar de comunicar lo inefable. Una tarea condenada al fracaso y sólo en pocas ocasiones al fracaso (en último término toda obra que trata de explicar el zen, es un fracaso) y  a la realización.

Quizá sea el momento de volver a ese texto, reformarlo, pulirlo, librarlo de la hojarasca erudita, de la pretenciosidad...tal como el arquero zen lanza su flecha... sin pensar en obtener el triunfo, el blanco, pendiente tan solo de la tensión justa del arco y apenas del liviano peso de la flecha, absorto en que el cuerpo se ajuste a la postura correcta, en que se sitúa donde debe estar y reciba del corazón la indicación insoslayable en el momento correcto: suélta la flecha  y si lo has hecho todo como es preciso, la flecha dará en el blanco (aunque no acierte al blanco). ¿Obtuso? ¿Un texto surrealista? No, esto es el zen. Hay que leer más allá de las líneas. De mi espíritu a tu espíritu. Directamente.

 

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Comentarios

D.M. 11/15/2010 19:43


Por favor, ponte a escribir, a reescribir. Ya. Yo sí sé que darás en el blanco. El blanco somos nosotros, tus potenciales lectores, y nos interpondremos en el camino de la flecha, si es necesario


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