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20 diciembre 2011 2 20 /12 /diciembre /2011 08:04

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El director rumano Radu Mihaileanu ya nos convenció -con reparos- en "El concierto", con su crítica de la política autista de la URSS para sus ciudadanos y las burocracias y defectos de la Rusia actual, dándole una forma de fábula con final feliz y edificante moraleja. Una historia de músicos clásicos  bienintencionada (al  estilo Willy Wilder pero sin su mala uva, quizá más cercano a Frank Capra). Ahora con  "La fuente de las mujeres" reincide en la "marca de la casa", el final feliz,  aun a costa de forzar un poco la verosimilitud de la historia, sin atreverse a hacer una crítica dura --que lo merece-- a los usos sociales que se dan en la folklórica pero repugnante situación de la mujer en la mayoría de los países islámicos. En esta ocasión, Radu M. sitúa la acción en un lugar remoto de las montañas magrebíes, un sector social depauperado y atrasado que malvive en una "khasba" o aldea, quizá en el Atlas, con su sociedad cerrada y elemental que trata de existir mientras les llegan las imagenes de la televisión, espejo brillante e inaccesible de un progreso en el que el pintoresco uso de los móviles parece una burla. Y a tenor con esa paradoja, en una sociedad al margen del siglo XXI, en la que las mujeres siguen siendo las ciudadanas más explotadas e indefensas.

Vemos un pueblo, agrícola, con la mayoría de los hombres en paro --gastando el día en tomar te en el cafetín-- y mal viviendo a causa de una sequía interminable. Sin duda está rodada en Marruecos, extremo que nunca se aclara.

Todo el retrato de esa sociedad patriarcal no ahorra elementos dramáticos --la sistemática  y "tradicional" violencia y abusos de esposos y padres sobre las mujeres de la aldea-- a los que añade un revulsivo que podría ser trágico en aquellas sociedades: las mujeres deciden hacer una "huelga de amor" hasta que los hombres de la aldea hagan canalizar el agua que mana de un manantial en la montaña hasta una fuente en la aldea, para evitar los durísimos viajes diarios de las mujeres hasta la difícil zona donde surge el agua.

Se trata de una brillante adaptación de la "Lisistrata" de Aristófanes dentro del marco y escenario de la sociedad aldeana magrebí. El discurso de los personajes es obsoleto y violento en los hombres y responsable, audaz e imaginativo en las dos mujeres que lideran la rebelión: Leila, una joven casada con el maestro de la aldea, el único hombre con un discurso actual. Y, Fusil, una  viuda, fuerte, dura y llena de humanidad y humor, con un rostro anciano pero lleno de energía, como cincelado a escoplo.

La cámara nos va mostrando los recelos primero y la violencia y el rechazo después que la rebelión femenina --absolutamente increíble e inaceptable para el estamento masculino de la población-- provoca en los hombres de la aldea, que ven intolerablemente dañados sus supuestos derechos tradicionales. A través de esa anécdota el director nos propone una re-visión inteligente del Corán y recuerda lo que realmente dice el libro santo sobre las mujeres, enalteciendo sus funciones y exigiendo una actitud respetuosa y considerada por parte del hombre, una cierta igualdad, dignidad en el trato y libertad para seguir su propio destino.

Evidentemente estamos ante otro cuento de hadas de Radu M.,  con un improbable final victorioso de las mujeres que logran, gracias a la intervención de un providencial y poco real periodista, que el Gobierno regional de la zona intervenga y haga las conducciones del agua de la montaña hasta una fuente en la plaza del pueblo. Ha costado muchas palizas y malos tratos, pero las mujeres vencen ante la previsible renuencia y el rechazo de sus maridos. Y aquí es donde la película acaba, con la celebración femenina. Como si eso fuera lo más probable en un mundo cerrado, estancado en el machismo tradicional más sólido, obviándose las consecuencias personales y cotidianas que esa "victoria" provocará en las familias del pueblo.

 

Fantasía y realismo aunados, la primera en el mensaje resolutorio de la cinta, el segundo  en los movimientos de la cámara que filma muy bien las calles, las casas, el cafetín, las comidas y los viajes de las mujeres al manantial, las relaciones entre las mujeres -- las secuencias del baño comunal son magnificas--- y las intervenciones de niños y hombres. La denuncia es clara, evidente, y se aplica contundentemente contra el dominio vejatorio masculino sobre las mujeres, esos "diminutos insectos " (como los que busca el periodista de la ciudad llegado al pueblo con secretas intenciones) . Ellas sufren doblemente no sólo la sequía sino la hostilidad persecutoria de los hombres. Pero aquí, la reivindicación femenina usa un lenguaje culto. Leila, su esposo, el maestro del pueblo y la vieja Fusil, mantienen un discurso moderno y bien referenciado con dos parámetros esenciales, el amor y le necesidad de agua (cuya ausencia, la sequía, también seca los corazones de los hombres y afecta al amor).

El erotismo que emana de esas mujeres reprimidas y mal tratadas es resaltado en el filme por el mensaje del Coran y el de "Las mil y una noches", ambos forman parte de la metáfora de la película, que recibe un aporte de sentido poético, de respeto al amor y al sexo como fuerzas positivas de la vida

Sin embargo hay que resaltar que no todo está bien resuelto, lo que sin duda era de esperar dado el esquematismo de la propuesta argumental. Los personajes son estereotipos poco reales y a veces traidos a colación de forma poco menos que impostada, así el personaje del periodista o el del maestro, marido de Leila, mientras que otros como el de la vieja Fusil (una extraordinaria madre coraje) o la joven Esmeralda, la misma Leila o su suegra, Hiam Abbas (una actuación austera y contenida) resultan muy bien perfilados, con fuerza y delicadeza. 

El director nos ofrece una crítica solapada a la confusa aplicación del Coran que se hace habitualmente en algunos sectores de la sociedad musulmana, de sus errores y sus manipulaciones, (aunque el papel del muslim en el filme es digno y bastante verosímil y parece abrir la esperanza en un Islam moderno y progre), pero también nos presenta a dos clérigos jóvenes --integristas-- que traen dinero al pueblo para comprar voluntades y desbancar al anciano muslim -- tradicional pero respetuoso--  a fin de  asegurar el contagio integrista.

Lo cierto es que la película, a pesar de su naturaleza de cuento con moraleja positiva, se ve con agrado, en ocasiones se convierte en un documental antropológico o etnográfico, tiene una música y unas canciones de una belleza vigorosa y sencilla, pero se resiente en una estimación global,  primero por su innecesaria extensión, algunas secuencias reiterativas y superfluas, su mensaje demasiado tosco, sin sutileza, maniqueo y, en fin un tono de ligera anécdota general que no sintoniza bien con la agudeza y sensibilidad en mostrarnos las relaciones solidarias entre las mujeres o la ira y el desconcierto entre los hombres. No bastan una secuencias de violencia (en sonido no en imagenes) para reflejar la complejidad de la situación, que está además lastrada por un tono panfletario directo y sin sutilezas.

Como los "seres diminutos" que busca el periodista, esta bieneintencionada película del rumano Radu se queda en un bello documento del  folklore y la música femenina marroquí acompañando una anécdota interesante, coral y reivindicativa de las mujeres musulmanas, en un producto "diminuto"  que trata superficialmente un problema gigantesco, real y permanente: la lamentable situación de la mujer en la mayoría de los paises islámicos. Un colectivo al que parece no haber mejorado la "primavera árabe", que cambia algunas cosas en el ámbito político y social, pero al parecer carece de calado para cambiar el profundo, enquistado, dominio masculino. 

 

 

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