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8 abril 2014 2 08 /04 /abril /2014 07:46

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Pretenciosa, a veces hueca, reiterativa, vacía aunque ferozmente atractiva película a caballo de Fellini, algo de Antonioni y un toque a lo Ettore Scola, pero siempre rozando una fuerza, una poesía y una inteligencia que no acaban de tomar cuerpo en el discurso banal, frívolo y colorista de un filme sobre la inanidad de la vida, la vejez pretenciosa y patética y la irremisibilidad caprichosa de la muerte. Hollywood quizá no se ha vuelto a equivocar con su Oscar a la mejor película extranjera, como tantas otras veces en el pasado y las que vendrán en el futuro. Es un recordatorio de una Italia bendecida por el descaro guiñolesco de Berlusconi y la prepotencia de un cultura de gigantes que se ha convertido en un circo, pleno de enanos subidos en hombros que no le corresponden.

Pero no nos equivoquemos, están las huellas del cine italiano más llamativo, cierto, pero también la mano bastante experta de Paolo Sorrentino. El cañonazo que abre la película es la señal de salida para una carrera inverosímil por el guiño colorista y fantasioso de una cierta sociedad italiana del glamour. Y para mostrarnos ese carnaval delirante y ruidoso, Sorrentino nos hace pasear por Roma, sus palazzos, sus fuentes, sus monumentos y todo acontece como en un sueño perverso, una fiesta de barroquismo y frivolidad, acompañados por la flemática sonrisa irónica de un "cicerone", Toni Servillo, una especie de Petronio romano que nos muestra la decadencia de una clase que se fagocita a sí misma, entre la dictadura del sexo y la vanidad de la riqueza. Y Roma siempre presente (el protagonista, un escritor que vive de escribir crónicas de sociedad y que se hizo famoso con una primera y unica novela,) y con esas venerables y hermosas piedras y invadida por los humanos de El Satiricon llevados a nuestro tiempo. Uno confía en ver aparecer la carátula libidinosa y mortuoria del mismísimo Berlusconi en una de esas fiestas. Sorrentino sigue fiel a su talante y como en "Il Divo", ese retrato feroz de Andreotti, pero en esta película el actor Servillo --parece rememorar al Marcelo Mastroianni de "Ocho y medio", sin su trágica resolución--se convierte en una especie de Principe socarrón de la Tinieblas, para dejarlo acabar inocente y nostálgico en un final poético y de escasa energía, tras haber destrozado con su palabra ácida la intolerable banalidad de esa vida. Y así, La gran belleza, nos viene a decir Sorrentino, sólo pertenece al pasado. El presente es un fatuo esperpento. Y nos inunda con secuencias tan magníficas y teatrales como la pequeña y deformada santa y las cigueñas, o las fellinianas fiestas al aire libre y sus equívocos prelados o las performances artísticas que bordean el ridículo y que son denigradas por el afilado humor del viejo escritor. Película que atrerá encendidos elogios y también diatribas escandalizadas. Pero hay que verla.

 

     
     
     

 

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Published by nullediesinelinea.over-blog.es //charlus03 - en cine - teatro - opera
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