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5 diciembre 2013 4 05 /12 /diciembre /2013 08:06

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 Algo totalmente distinto, inesperado, desconcertante y extrañamente atractivo ha salido de la cocina literaria del sudafricano premio Nobel, John Maxwell Coetzee. Lejos de las broncas, escarpadas y fascinantes memorias noveladas de "Infancia", "Juventud" y "Verano", publicadas en 2001,  2002 y 2010 (reunidas y publicadas este año por Mondadori en un sólo volúmen, "Escenas de una vida de provincias"), "La infancia de Jesús" es una metáfora literaria que parece compartir la visión ucrónica de los relatos de Ballard o el ambiente psicológico-social de las novelas de Kafka y ha provocado extrañeza y reacciones encontradas en la crítica de todo el mundo anglosajón.

En contra de lo que opinan muchos de mis ilustres colegas, creo que esta novela no es una  muestra de decadencia literaria del setentón autor, o una frivolidad pseudo intelectual, sino una casi juvenil, enérgica y chispeante prueba de que Coetzee no solo tiene  intacto su vigor creativo sino que se ha atrevido a escribir algo distinto a su trayectoria anterior, aunque aquí y allá se deja ver el oficio, la ironía y el sentido crítico acostumbrados en su obra, con su innegable estilo de corte clásico y sus diálogos secos y directos. Ese ambiente vaga e inexplicablemente post apocalíptico, la ironía de ser un mundo nuevo de respetuosa acogida que pertenece a una tradición y cultura hispanas, unido a los personajes discursivos y analíticos, dan un sorprendente fondo de parábola espiritual, en el que abundan las preguntas, los misterios no dilucidados y una filosofía de lo esencial que desconciertan al lector, pero le impulsan a la lectura, atraídos por el misterio de una trama que, como en las novelas de McCarthy (sobre todo en "La carretera") va empujando un estado de cosas y unas situaciones que podrían poblar nuestras elucubraciones de final agónico de nuestra época y cultura.

Hay un paralelismo evidente entre la figura del Jesús cristiano, las historias de su infancia y esa extraña aventura vital del niño David y el adulto Simón que llegan a una tierra extraña donde deben sobrevivir penosamente, donde solo se habla español y reina una actitud de aceptación primaria de las difcultades y la miseria, unida a la amabilidad y a un estoicismo que congela las ambiciones o deseos de los habitantes de esa supuesta Tierra Prometida, ajenos a cualquier veleidad de cambio o progreso. La busca de la madre de David y la inquietud de Simón ante una sociedad que no comprende van creando situaiciones en las que de forma inusitada se plantean preguntas filosóficas que evitan dar un sentido coherente y lógico a lo que ocurre, ya que todos comparten un idéntico esquema psicológico: el olvido y rechazo del pasado.

Ese nuevo mundo donde Simón busca no sólo a la madre del niño, sino permanentes respuestas a su inquietud, la continua alegoría acaba por despistar al lector que no logra adivinar cuál es el objetivo del autor, qué es lo que quiere señalar con la fábula, cuál es el mundo y la sociedad a los que Coetzee se refiere por comparación. Hay un continuo reflejo especular negativo en la vida, el trabajo y las  actitudes de la sociedad que se nos muestra. Es la referencia a una sociedad postcapitalista en la que todos los valores y principios de la lógica del capitalismo avanzado han sido subvertidas de raíz: ni el tiempo, ni la ganancia o el provecho tienen un lugar preponderante. Pero tampoco hay un estilo de fábula, simbólico o alegórico (no siquiera crítico referencial) en la narración, sino una visión de una sociedad preindustrial, con ciudadanos extrañamente concienciados en la ayuda mutua y el servicio, unidos a una lasitud y aceptación casi evangélicas.

Ni la "madre" del niño, quizá perteneciente a una elite que no duda en abandonarla para cuidar al niño (sin que le una a él más que la obcecada intuición de Simón de que ella "podría" ser la madre perdida en forma que no se nos explica) ni la postura inquisitiva e incómoda de Simón o las conversaciones con los personajes que van surgiendo, facilitan al lector una comprensión que siempre camina por el filo de la incongruencia.

Por otro lado la figura del niño, David, dotado de una imaginación y una inteligencia sobresalientes, tampoco ofrece ninguna certeza evaluatoria al lector. Asiste a sus pequeñas genialidades sin ofrecer claves que nos ayuden a dilucidar de qué se trata en definitiva el absorbente texto que leemos. Y nos ofrece una visión del carácter despótico e irritante del niño que nos aleja de su supuesto modelo. Las dudas y preguntas se amontonan y el lector se pierde en el piélago de tales misterios que, en ningún momento, ofrece unas respuestas lógicas. Y ese es el misterio y el valor de esta novela. ¿Es una tomadura de pelo literario-filosófica del anciano autor sudafricano? No lo sabemos. Pero sí estamos seguros de una cosa: leemos de un tirón, fascinados por un texto irritante que nos desconcierta y nos atrae a partes iguales. Y, como alguien escribió en otro lugar, resulta admirable que un tipo con los antecedentes y la trayectoria de Coetzee haya publicado una novela como ésta. Es un desafío peligroso, incluso para un Nobel de Literatura. Y yo recomiendo su lectura, pese a ni siquiera rozar la excelencia a la que suele llegar Coetzee. Pero intrigará a los que gustan del Nobel sudafricano. Y también a los que aplauden y comprenden la independencia, humildad y laboriosa sensatez de un Nobel que jamás ha ejercido de tal.

 

FICHA

LA INFANCIA DE JESÚS.-J.M.Coetzee.- Ed. Mondadori.- Traducido por Miguel Temprano García.- 271 págs.17,90 euros.

 

   
   
   
   

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Published by nullediesinelinea.over-blog.es //charlus03 - en comentario literario
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