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19 junio 2011 7 19 /06 /junio /2011 17:19

olot.jpgLlegamos a Olot por el nuevo túnel de Bracons. Sobre la cumbre del Puigsacalm se establecía una cornisa negra de nubes, una guirnalda amenazante que cernía la ciudad desde el lado de los Pirineos no muy lejanos hasta el valle d'en Bas. Una luz gris, cenital, resbalaba sobre las altas copas de los árboles centenarios del paseo modernista y daba una apariencia victoriana a las señoriales mansiones que mandó construir el mítico indiano. Las que aún quedan desde el siglo XIX, con sus jardines silenciosos y sus ventanales cerrados, en ambos lados del paseo, están siendo arrinconadas por los nuevos edificios, carentes de gracia aunque quizá más funcionales.

Estuvimos donde en tiempos estuvo el Gran Hotel Montsacopa, en cuyos salones lujosos departían los tertulianos del poder económico de Olot, del renombre social, de los apellidos de la tradición, la tierra y los negocios, sentados en mullidos sillones de cuero, bajo lámparas labradas en cristal, lágrimas diamantinas destelleando sobre las alfombras doradas, los gruesos cortinajes burdeos y el silencio amable y cortés de un casino para señores que trataban de inventar un mundo a su medida a pesar del corsé de la realidad impuesta políticamente. Ahora hay un mundo diametralmente opuesto en el edificio. Es la sede de una residencia de ancianos. También esas personas tratan de evocar un mundo perdido a pesar del corsé de una realidad impuesta por el mantenimiento de una precaria salud y el personal sanitario, por las limitaciones búdicas de la vejez, la enfermedad y la muerte.

Visitábamos a un familiar. Mientras esperaba en una salita adjunta a las habitaciones particulares, reparé en un anciano menudo y pulcro, de expresión despierta e incluso astuta, piel tersa a pesar de la edad evidente, mejillas enrojecidas, sonrisa casi permanente,  gafas de culo de vaso y calva brillante y saludable que leía atentamente un periódico aunque de vez en cuando lanzaba rápidos vistazos alrededor cuando alguien se acercaba o pasaba por el pasillo aledaño. Para leer usaba una enorme lupa que ponía muy cerca de las paginas extendidas del diario.

Me senté junto a  él, ante la mesa cubierta de revistas y periódicos y le di las buenas tardes. Abrí mi libro y me dispuse a leer un rato. Pero sentí que el anciano habia dejado su lectura y me miraba con una sonrisa amable y los ojos, tras las gafas, de mirada intensa, uno de ellos velado totalmente por una catarata y el otro con la opacidad de los miopes avanzados.

--¿Es usted familiar de alguien de aquí? Oh, si, claro, o es familiar o es amigo o es un médico, no hay más opciones, ¿verdad? Es un mundo muy limitado este, aunque hay que acostumbrarse,  Y, ay del que no se acostumbre...--y siguió así durante un minuto o dos, con un catalán fluido.

Traté de recuperarme de la andanada de observaciones y preguntas retóricas y al final pude introducir una frase en el torrente verbal de ese anciano tan lleno de energía comunicativa.

--Me sorprende que con las evidentes dificultades que tiene para leer siga usted con esa buena costumbre de leer los diarios...

--Y otras cosas, libros, me encantan los de historia, ¿verdad?,-- pasó al castellano con la misma  fluidez con la que empezó en catalán-- saber las cotumbres de los antepasados, las culturas clásicas, de vez en cuando alguna novela, pero el periódico, uno o dos, lo que puedo pillar, cada día, eso que no falte, ¿verdad? , saber en qué mundo vivimos, es la manera de estar vivo y bien vivo, aunque a veces nos cuentan cada cosa, pero uno ha de estar a todo, lo bueno y lo malo, en realidad siempre ha sido así...

El filósofo casi ciego me dijo, entreverado con opiniones, citas, reflexiones, filosofías varias, sentido común y picardía, que tiene 86 años y que desde los 25 se le declararon dificultades en los dos ojos, que ha sufrido más de veinte operaciones y que las cosas se les pusieron mal en bastantes ocasiones, "eso de la salud es algo raro, a veces cuanto más la buscas y la deseas, menos te visita" y añadió con cierto humor:

--En realidad ya debía estar muerto. Como tantos otros compañeros de aquí que se me han adelantado. Pero --lanzó una risita--parece que yo no tengo prisa y cuanto mas viejo me hago parece que me endurezco. Yo creo que lo que me vacuna un poco de unirme a los que se van, es mi interés por todo lo que me rodea. ¿Sabe? Esto de leer con una lupa es de lo más pesado. Pero es lo que hay. Así que vamos a ello. Necesito conocer lo que está pasando, la política, la economía, esta crisis, tantísimo parado, la corrupción, oiga de eso ha habido siempre, uno acaba estando en el fiel de la balanza, pero todo pasa ante mi lupa.

Contemplaba a ese anciano animoso con una mezcla de emociones y sentimientos. Comprendí ese deseo anhelante de comunicarse, de compartir con un extraño sus reflexiones, sus pensamientos, lamenté las dificultades que la vida le habia impuesto y pensé que este señor X, cuyo mundo se ha reducido a una lupa, es paradójicamente más rico, actual y comprometido con su tiempo que la mayoría de sus contemporáneos, con sentidos corporales en buen uso, que pasan por la vida sin ganas ni deseos de conocer, de esforzarse en estar informado, de sentir curiosidad por todos los mundos posibles, y los imposibles, que revela el simple uso de la facultad de leer.

El pequeño agujero por donde el anciano, gracias a la lupa, avizoraba a duras penas la realidad virtual de la página impresa, era un gran ventanal frente al mundo de hoy por donde entraba el fluctuante, variopinto y ambivalente fluir de la vida, aquella experiencia vital que cantaba el gran poeta León Felipe. ¡Tres hurras por el viejo de la lupa!

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