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2 abril 2012 1 02 /04 /abril /2012 07:26

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 De 1962 data la fecha de la primera "Guerra de los botones" del gran Ives Robert, adaptación  de la novela de Louis Pergaud (publicada con gran éxito en 1912). Recuerdo aquella versión en blanco y negro (vista en los setenta en España, ¿por qué? Que se lo pregunten a los del gremio de censores franquistas. Yo no me lo explico) y el entusiasmo con el que otros niños de mi barrio procedimos a crear unas batallas semejantes, aunque nosotros nos quedábamos con los cinturones del enemigo. En esta ocasión es el director de la popular "Los chicos del coro", Christophe Barratier, quien se atreve con el clásico infantil (¿es una muestra más de la falta de ideas del nuevo cine europeo- del norteamericano ya ni les hablo-- que se ven obligados a recurrir a venerables textos que ya cumplieron de sobras su función?) y lo hace recurriendo al guiño histórico patriotero y sentimental: estamos en la Francia de 1944, en plena ocupación nazi.

Los niños y adolescentes de dos pequeños pueblos vecinos, Veirans y Longeverne, mantienen la tradicional rivalidad que es común entre vecinos. Hay batallas más o menos violentas, venganzas, provocaciones y en torno a ellos, como si no les afectara, la opresiva vida de la Francia ocupada de Vichy y el pomposo y vergonzante mariscal Petain (la secuencia de los niños cantándole en clase al anciano mariscal con la renuencia del joven maestro, cómo no, relacionado con la resistencia, es bastante significativa del sesgo reivindicativo de la película). El tono bucólico, tierno y épico de la primera versión queda en esta desvirtuado por la innecesaria ubicación en el lamentable tiempo bélico de la segunda guerra mundial. Cuesta creer en secuencias como la de los niños haciendo su "guerra" ante la ominosa presencia de los uniformes alemanes, que no solían estar acompañados de sonrisas tolerantes.

Se puede pues integrar "La guerra de los botones" en la continua busqueda del cine francés de hoy de una reescritura de su historia cercana, segun la cual la mayoría de los franceses estaban activamente en contra de la presencia nazi en el país. Quiza la mejor de todas sea la que recrea el internamiento por los nazis de los judíos de París en el velódromo "La redada", de la que les hablamos hace unos días.

Pero volviendo a la película de Barratier (en la que participan algunos de los actores más populares de esta oleada que se inició con "Los chicos del coro") no sorprende el éxito multitudinario que la cinta ha tenido en Francia. Hay una innegable buena sintonía entre los directores franceses y su público (algo de envidia me da, pensando en España). Por lo demás reconozco que el equilibrio entre la comedia infantil, el drama subsiguiente y los tonos trágicos de la guerra que les rodea, el miedo, la represión, el descubrimiento del primer amor, el romance entre el maestro y la joven tendera, está tan bien conseguido que uno no acaba de aplicar el nivel de la realidad histórica a la película y acepta el tono amable en la tensión argumental que se nos propone.

La tentación de establecer una metáfora comparativa entre el mundo de los niños y el de los adultos, era inevitable y Barratier cae en ella de una forma no muy sutil. El paralelismo casi imposible está establecido y uno tiene que ver como los papeles de la resistencia y los colaboracionistas quedan reflejados en las actitudes de los niños. No era necesario, creo yo. Jean Texier, Ilona Bachellier, los niños priotagonistas (entre los cuales no parece existir esa quimica sensual que hace pensar en un futuro amor intenso), Guillaume Canet entre los adultos, junto a Kad Merad (excelente, nos hace olvidar su vena cómica en "Bienvenidos al norte", su aspecto dramático es colosal) y Laetitia Casta, forman un elenco bien avenido que dan credibilidad a la película. Magnifica banda sonora, a veces muy grandielocuente, pero en general muy efectiva, que acentúa los momentos cómicos y los dramáticos. Y vuelta a proponer el tema judío y a entonar una canción de gesta que,  lo sabemos, en la realidad histórica no fue tal. Tópicos pues para acentuar el dramatismo de una historia que no lo necesitaba.

La película sigue pues la trayectoria amable de la obra anterior de su director y la tensión dramática de los dos mundos, el infantil y el adulto, se diluye en un tratamiento bastante blando y sin compromiso histórico. Es una pelicula amable que gustará a todos los integrantes de la familia y una propuesta más de la tendencia del vecino país en idealizar la Resistencia y el patriotismo galo, en un ejercicio de banalización que cuesta mucho de justificar.

 

 

 

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