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1 agosto 2013 4 01 /08 /agosto /2013 07:50

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Uno tiene la tentación de titular este artículo "La verdad sobre el caso Joël Dicker". Eso, además de pretencioso me parecería alarmista. Puesto que se trata de "deconstruir a Harry" al estilo de Woody Allen, seguramente lector del filósofo francés Jacques Derrida. La novela del joven escritor suizo, que aún no cumplió la treintena, ha sido glorificada en exceso y está viviendo una apoteosis que, irónica y singularmente, había profetizado el mismo Dicker en la novela que nos ocupa. Lo cierto es que mi amigo Serret me pasó la novela en cuanto le llegó a su librería. "Parece que está teniendo mucho éxito", me dijo. Con cierta renuencia acepté el libro y el encargo de leerlo para ustedes: demasiadas páginas y demasiado éxito instantáneo. Pero lo abrí al azar y leí:"...La vida tiene poco sentido...Y escribir da sentido a la vida" (pág.271).Y un poco antes (pag.255): "Los escritores que se pasan la noche escribiendo, enfermos de cafeina y fumando, son un  mito, Marcus. Debe ser disciplinado, exactamente igual que los entrenamientos de boxeo. Hay horarios que respetar. Ejercicios que repetir. Conservar el ritmo, ser tenaz y respetar un orden impecable en sus asuntos...". Se trata también de una novela sobre escritores --una disección del oficio realizada con bastante agudeza--, editores y libros. Ya me sentía ganado por su lectura.

El primer elemento a tener en cuenta es la capacidad de fagocitación y de mimesis del jovencísimo narrador. La novela --escrita en francés y traducida por Juan Carlos Durán Romero con sobrada habilidad-- es un habilidoso calco del estilo y el tipo sociológico y ambiental de la narrativa norteamericana semiurbana del siglo XX. Es un thriller psicológico que debería poder optar --si Joël hubiese nacido en New Hampshire-- a ese cíclico y poco creíble galardón de "La Gran Novela Americana". Pero no es sólo eso, un thriller sobre el asesinato de una joven de quince años y el baile de personajes de un pequeño pueblo norteamericano que podrían ser los autores, a pesar de que desde el principio el narrador de la novela trata de demostrar que el famoso escritor Harry Quebert, el principal sospechoso, es inocente. No, es algo más.

Se trata también de una novela iniciática, la historia de la relación de dos hombres de distinta edad, uno el propio narrador --que ha escrito un best seller y tras una etapa de sequedad, se da de boca con "el caso", en el que se involucra a su mentor-- y éste, Harry Quebert, hombre maduro que se hizo famoso con su libro sobre la muchacha asesinada. Y quizá ese elemento, los consejos y observaciones literarias sobre el oficio de escribir que ambos hombres comparten, es el que da un toque de calidad a la novela. Aumentado por una gran pericia técnica literaria de Dicker en la forma de desarrollar la trama e ir atrapando al lector de forma adictiva durante ¡¡660 páginas!!.

Personajes bastante sólidos, un argumento endiabladamente bien desarrollado, tensión sabiamente graduada, algún brote de humor socarrón e irónico: "El amor es un truco que se inventaron los hombres para no tener que lavar la ropa" (pag.431). La novela, a pesar de su excesiva extensión se lee muy bien, gracias a una rara habilidad para dosificar sus puntas de interés. Pero hay un punto que a mi parecer resta ese empujoncito de calidad que convierte a un best seller en una buena o gran novela: todo el esencial asunto de los sentimientos amorosos, clave en el argumento de "La verdad...", chirría de puro adocenamiento, una cierta cursilería y olor a tópico. Quizá sea debido, creo yo, a la corta edad del autor, o a su exceso de lecturas de los románticos de la literatura popular francesa, inglesa y norteamericana. Principalmente dos. Aunque hay muchísimo de  John Irving (incluso ambos escogen New Hampshire como localización, cosa que en Irving es lo adecuado ya que es de allí), y por eso he hablado de "fagocitación" al principio, Dicker no consigue imitar la habilidad  sarcástica de Irving para tratar los temas amorosos y sentimentales, esa mordacidad sin escarnio, una ironía más socarrona que cínica. Y ahí es donde pincha nuestro "genio literario" en ciernes. Lo demás está muy bien  aunque uno sigue viendo la alargada sombra de Irving, incluso en la afición por el deporte del protagonista y su mentor (boxeo y correr, como en Irving la lucha grecoromana y correr). Por tanto ¿en quién se basa Joël para describir esos momentos sentimentales y románticos? Es casi de cajón. ¿No les dice nada "Lolita"? ¿Qué es Nola Kellergan sino una Lolita cortejada por un escritor que tambien ha sido profesor? Así tenemos al segundo autor fagocitado con indudable talento: Vladimir Nabokov. Si vuelven a leer la obra magnífica del ruso que escribía en inglés, reconocerán los quejumbrosos y lúbricos sentimientos de Humbert-Humbert hacia Lolita en los de Harry hacia Nola.

Quizá también hay que destacar la enorme y bromista honestidad de Dicker. Parece saber perfectamente cuál es la calidad de lo que hace y por qué lo hace. En la página 389, el narrador, Marcus Goldman, habla con su agente, que le compara con Harry Quebert, el acusado del asesinato de la joven de quince años. "Harry es un escritor magnífico" . ¿Y yo qué?, dice Marcus --personaje trasunto del autor, Joël Dicker; ¿quizá Harry lo sea de Irving? --. "Tu eres un escritor, digamos...moderno. Gustas porque eres joven y dinámico...Y estás de moda. Eres un escritor de moda. Eso es. La gente no espera que ganes el Pulitzer, les gustan tus libros porque estás en boga, porque les entretienen y eso también está muy bien". Pues bueno, pues eso.

 

FICHA.-

LA VERDAD SOBRE EL CASO HARRY QUEBERT.- Joël Dicker.-Editorial Alfaguara. Traducida por Juan Carlos Durán Romero.- 663 págs.

 

 

 

 

   
 

 

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