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30 diciembre 2011 5 30 /12 /diciembre /2011 08:35

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Por Dios, déjenme ustedes de otra "gran novela americana" o, peor, de "la" gran novela americana. Una buena novela, con algunos defectos y algunos excesos y algunos aciertos. Nada que te haga pensar que Melville, Twain, Scott Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, Philip Roth, Pynchon, Steinbeck, Bellow, DeLillo o Updike deben dejar su puesto a Jonathan Franzen (Chicago 1959). Por mucho que los departamentos de marketing de las editoriales, la revista Time o el New York Times se empeñen y nuestros medios, casi en su totalidad, hagan delirante caja de resonancia hagiográfica, la novela de Franzen, estimable sin duda, no está destinada a hacerse un hueco entre las que han sido honradas por ese calificativo grandilocuente que, por cierto, inventó un escritor y periodista sin mucha suerte, John William De Forest, en 1898, el año de nuestro "gran desastre español".

En el gran país americano se aprovecha todo para favorecer las ventas. Y así el hecho de que el presidente Obama la recomendara (¿quién ha nombrado a Obama crítico literario?) le dio tal espaldarazo que nadie se preguntó por qué "Libertad" no ganó ninguno de los grandes premios literarios del país, ni el Pullitzer, ni el Nacional, ni el de la Crítica.

Eso, evidentemente no quiere decir que la novela no merezca atención y esté bastante por encima de la mayoría de las que se publican allí y nos llegan aquí enaltecidas para alimentar el papanatismo cultural de muchos. Permítanme: la novela de Franzen es una excelente, y demasiado larga, novela en la que se busca y casi se consigue, extrapolar las características vivenciales y de carácter de los miembros de una familia de clase media norteamericana a algo que se repite en esa misma clase social en la mayoría de los países de occidente. Es decir, Franzen hace que las insensateces, penurias, defectos y virtudes de un grupo de personas unidas por vínculos más o menos directos sean fácilmente reconocibles en la aldea global, como algo muy cercano a nosotros sus lectores, aunque vivamos en Madrid, Lisboa, Paris, Londres, Berlin…o el Matarraña.

Franzen ya había dado muestras de su ambición y regular factura literaria con "Las correcciones" (2001). Luego, tras ser mimado en exceso por los medios de su país (y área de influencia), nueve años de silencio hasta "Libertad", que de inmediato fue elevada a la categoría de "obra maestra" (otro de los calificativos más excesivos y ridículos que se prodiga en todas partes) por el NYT y "Time" le dedicó su portada (gran fanfarria de timbales victoriosos).

"Libertad" nos narra la saga familiar de los Berglung, Walter y Patty, un matrimonio de jóvenes universitarios, él ecologista, ella deportista y ama de casa vocacional confesa, dinámicos, superficiales e idealistas a lo largo de varias decenas de años. La vida va haciendo mella en los bien perfilados caracteres de nuestra pareja (a la que hay que añadir un amigo de él, Richard, impenitente mujeriego, que servirá de revulsivo moral y físico al matrimonio ya desde su época de novios) y hará que la coherencia personal e ideológica se vaya al traste, provocando depresiones y hundimientos en los tres personajes.

La aventura personal va encuadrándose dentro de los avatares nacionales, políticos y sociales, y es aquí donde resuena esa "libertad" individual y social que es el desiderátum de todos ellos y que está constantemente cuestionada y limitada por una forma de vida, las necesidades que uno se crea y el impacto de los sucesos globales (así el 11-S). En este contexto, las miserias personales también se inscriben en un cuadro general en el que prima la crisis económica, la corrupción financiera, los grandes escándalos y como correlato, la imparable crisis de los valores y los principios que caracteriza nuestro mundo actual. Contra eso, nos dice Franzen, hay que buscar un punto de solidez y eso en definitiva solo lo puede hallar uno en la familia. Esta moraleja, edificante y muy norteamericana, es la que acaba imponiéndose allá por las últimas y emocionales páginas de las 667 que consta la edición en castellano de "Salamandra".

Para llegar a esa conclusión salvadora, Franzen, nos sumerge en una corriente muy dinámica y a veces deslumbrante de hechos, personajes (demasiado tópicos y esquemáticos, como si nos dieran una ficha para que los reconozcamos) y diálogos, que lo dejan a uno literalmente sin aliento. Todo escrito con un estilo ágil, impactante e incisivo –casi de crónica periodística o de texto publicitario- que nos muestra con meticulosidad de entomólogo los motivos auténticos de las acciones y actitudes de los personajes, gracias a Dios con bastante sentido del humor. Y es que Franzen no puede evitar, a pesar de su humor o gracias a él, ponerse "estupendo" (como diría Max Estrella) y recordarnos a todos sus humildes lectores que el amor mueve el mundo y como la bebida de las burbujitas "es la ilusión de la vida".

Con el amor, nos viene a decir, la libertad es más libre. Aunque claro hay que pasar por los requisitos de rigor, la libertad no es gratis, hay que ganársela y hay multitud de trampas y obstáculos en todos los niveles, desde el individual, al familiar y al social, en los que por motivos políticos o humanos, se la reduce a poco más que una palabra retórica.

El universo humano de la novela, Walter y Patty, el amigo en discordia Richard Katz, Joey y Jessica, los hijos del matrimonio, los padres de Walter y Patty, sus hermanos, va interactuando con el proceso de deterioro o de afirmación que la vida imprime a cada persona y Franzen nos lo cuenta con humor y con amor, haciéndonos eco de los problemas que se crean, los malentendidos, los fracasos y los abusos, las miserias y las mezquindades de unos u otros (con el fantasma de la libertad como núcleo duro, entre el deseo y la limitación) y cuando todo parece irse al garete, intervendrá el amor… el gran héroe norteamericano de la clase media logra vencer y se retira a la paz del hogar. En la lucha se ha dejado media vida y heridas sin cuento, pero como en las películas de Frank Capra, Juan Nadie se recompone y sigue adelante…

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