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9 febrero 2011 3 09 /02 /febrero /2011 17:28

Los aficionados al teatro saben que el nuevo teatro Goya de Barcelona, dirigido por Josep Maria Pou, suele ser cita y ocasión de disfrutar con las artes escénicas. Desde hace unos días, el coquetón teatro remozado ha dado vida en su escenario a un clásico: John Boynton Priestley y una de sus obras más aclamadas: "Llama un inspector" (1946), que fue llevada al cine en 1954.pou.jpg

Priestley, que nació en  Bradford en 1894 y murió en 1984 en Stratford -upon-Avon, fue escritor, periodista, locutor de radio, dramaturgo y guionista de cine, amén de activista político de izquierdas, de talante liberal, antiarmamentista, pacifista combativo y critico total de la nuclearización militar (con 64 años llegó a encabezar una marcha antinuclear de 85 kilómetros) y, no obstante, era respetado por su participación en la primera guerra mundial, donde fue herido en tres ocasiones.

Con algo más de 30 años logró un éxito espectacular con su novela "Los buenos camaradas" (1929) (que sería representada en teatro) y una serie de obras teatrales con el proceso del tiempo como leith motiv que lograban éxitos escandalosos, como "Esquina peligrosa" o "El tiempo y los Conway". Uno de esos éxitos fue "Llama un inspector" (1946) que se sigue representando regularmente desde su estreno y siempre con éxito. Y es que esa es una de las características de este autor inglés: su idoneidad para constituir una apuesta segura para las compañías teatrales.

No sólo la perennidad de su éxito se ha desgajado de la carga del tiempo --sus obras se mantienen actuales a pesar de las décadas transcurridas y los cambios sociales habidos-- sino que para los actores es un agradecido primer premio: hasta el menos importante de los personajes en la trama tiene un papel tan elaborado  que asegura el lucimiento del actor. Sus obras tienen una estructura redonda, muchas veces en el sentido estricto  de la palabra, ya que algunas son circulares (la presente, lo es: acaba como empieza) o van viajando entre el presente y el pasado ("El tiempo y los Conway", por ejemplo). Priestley admiraba las teorías de J.William Dunne sobre la premonición de los sueños y la percepción del tiempo que no se ajusta a ninguna linealidad y permite "viajes" inesperados por el entramado secuencial del tiempo.

En todas sus obras, las situaciones están perfectamente perfiladas, los personajes claramente definidos, la trama interesante, los diálogos incisivos, un aliento poético susurrando de vez en cuando y un muy británico sentido del humor que, casi de sorpresa, emana de alguna frase o incluso de un gesto.

Priestley es una fiesta para el espectador y una gratificación extra para el actor. Por ello, la versión que puede verse en el Goya de Barcelona, con un Josep Maria Pou en estado de gracia, manteniendo el gesto austero y la interpretación contenida, moderada por una especie de fuerza interior, tiene una réplica magnífica en Carles Canut, que compone un Arthur Birling, empresario conservador y clasista, digno del inspector Pou. El duelo de estos dos personajes se va enriqueciendo con la fria aportación de la esposa de Birling, que compone -eficazmente- Victoria Pagès y todos ellos secundados Por Paula Blanco y David Marcé como los hijos del industrial y Ruben Ametllé, como el prometido de la joven Birling. ¿La trama? Una fiesta de compromiso de una familia de la alta burguesía inglesa es interrumpida por un inspector de policía que viene a indagar sobre la muerte de una joven de 24 años que se ha suicidado bebiendo lejía. Ante la sorpresa primero y la consternación de todos los comensales el inspector va desgranando los elementos que convierten a la joven desconocida en alguien que ha tenido mucho que ver con todos y cada uno de los miembros de la familia Birling. Una durísima crítica social se va perfilando cada vez con más amargura.

No contamos más, aunque suponemos que para muchos es esta una obra conocida. En todo caso y por ese mecanismo mental que premia la repetición ocasional de algo que produce satisfacción y placer estético, revisitar la obra produce casi un placer semejante a visitarla por vez primera.

Por tanto, créanme vayan a ver a Pou y su incisivo y misterioso inspector.

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