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22 noviembre 2013 5 22 /11 /noviembre /2013 08:10

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No conocía a Eugene Field (1850-1895) y tampoco había leido nada sobre él o sobre su obra. Al aparecer bajo el sello de Editorial Periférica "Los amores de un bibliómano" busqué datos sobre él, casi inexistentes, excepto en inglés (en Estados Unidos es conocido y estudiado). Me llamó la atención su corta vida (al parecer era una persona enfermiza desde niño) por cierto muy bien aprovechada (ocho hijos y varios libros de poesía, infantiles y relatos --entre ellos uno muy célebre entre los aficionados a los relatos de terror sobre el Hombre Lobo--) circulando cómodamente entre el mundo periodístico --donde fue muy popular una columna humorística que escribía en un gran diario-- y el literario. Y en cuanto al libro, aparte de la deliciosa portada de Periférica, me atrajo el hecho de que fuera considerado el germen de aquellas dos delicias de Christopher Morley, "La librería ambulante" y "La librería encantada" de las que ya hablamos aquí en otra ocasión y el más lamentable de que "Los amores de un blibliómano" fuese un libro póstumo con un postfacio de su hermano donde nos cuenta algunas peculiaridades de este autor que, además, era una buena persona con sólidos valores éticos y un talante amistoso y encantador (cosa que se trasluce en sus intervenciones personales en el libro que nos ocupa).

Con cierto candor (ay, tan desusado en estos tiempos) nos aclara nada más comenzar el libro que no se trata de los amores femeninos de los que nos va a hablar sino de sus amores irreprimibles por los libros. Muy bien traducido por Angeles Santos, con un desarrollo un tanto caótico y reiterativo, el libro deja evidente su carácter póstumo, ya que un cierto desaliño en la coherencia del relato hace pensar en que quedó pendiente una reforma del texto por el autor. Se articula como si fueran  artículos o comentarios literarios, a veces claramente biográficos y personales, siempre en torno  al amor, a veces obsesivo, por los libros, todo ello rodeado de un suave, blanco, inocentón sentido del humor en el que despunta algún guiño malicioso o picaresco y comentarios que dan cuenta de la religiosidad del escritor.

Hay más inteligencia que apabullante erudición en estas páginas (gracias a los dioses) y uno disfruta acompañando al autor en su viaje por la bibliomanía, aunque muchos de sus comentarios son irrelevantes para un lector español y algunas de las obras citadas rozan más las pasiones del coleccionista bibliófilo que las de lector. Da igual que no conozcamos --ni nos interesen-- muchos de los autores y obras citadas, es tal el encanto y el amor a los libros desplegados, que uno devora las páginas como un postre.

Ensayo ligero, aunque no banal, hay en muchas de sus páginas un generoso y vivificante cántico a los libros como compañeros vitales, consuelo en momentos amargos, alegre diversión y toda esa casuística que encanta a los "lletraferits" de todo el mundo. No olvida a libreros y editores, ni a ilustradores y nos habla de algo que conocemos, y añoramos, el olor inolvidable de los libros (preferentemente los antiguos) y la sensualidad del tacto de encuadernaciones y papel. De ahí el titulo ambivalente qiue puso Field a su libro, en cuanto sujetos-objetos de amor. Una leve misoginia que suena obsoleta impregna esas comparaciones y el tópico "rechazo" de las esposas a los libros como "rivales" en el amor del marido. Pero hay que recordar que es un hombre del siglo XIX el que escribe y sustenta opiniones y creencias que eran moneda común y de curso legal en la sociedad de su época.

¿Qué diría Field de nuestra época de crisis libresca cuando él había escrito que los libros serán eternos, ya que "dentro de mil años, serán lo que son hoy, dirán las mismas palabras, expresarán la misma alegría, la misma promesa, el mismo consuelo; siempre constantes, rien con los que rien y lloran con los que lloran" (pág. 14). Poco más de un siglo separa la publicación de estas líneas y los tiempos actuales, en los que el ebook es a los libros lo que la música militar es a Mozart, el café instantáneo al café moka o la pornografía  al amor.

A partir de esto, piense el lector que pasará unas horas deliciosas--pocas, es un libro corto, 205 páginas-- conociendo la influencia de la inteligencia de los escritores en sus calvicies, el lujo de leer en la cama, los libros adorados por el autor, desde Boccacio, a Cervantes, Villon, Cicerón o Plinio, o Defoe y Herodoto, la existencia del "bacillus librorum", los ex-libris, la relación de sus dos grandes amores juveniles con dos libros. Además, disfrutará del encanto de delicisos panegíricos propios y ajenos, que dedica a los libros, como: " Risa para mis momentos más alegres, distracción para mis preocupaciones, lágrimas para mis penas, consejo para mis dudas y seguridad contra mis miedos. Todo eso me dan mis libros, con prontitud, certeza y alegría..." (pág 81). 

Y una curiosidad espigada en la página 154 de este delicioso librito: "Alonso de Aragón solía decir, en elogio de la vejez, que la ancianidad le parecía preferible en cuatro cosas: la madera vieja para quemar, el vino viejo para beber, los viejos amigos para confiar y los viejos autores para leer".

 

FICHA

Los amores de un blibliómano.-Eugene Field. Periférica. Traducción:Ángeles de los Santos. 205 págs.17,50 euros-

 

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Published by nullediesinelinea.over-blog.es //charlus03 - en comentario literario
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