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8 enero 2012 7 08 /01 /enero /2012 18:07

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La mujer de Matt King (George Clooney) está en coma profundo. A la espera de que despierte, es tiempo para él de reconectar con sus hijas adolescentes, Alex (Shailene Woodley) y Scottie (Amara Miller). “Los descendientes” (ver tráiler) es lo nuevo de Alexander Payne, uno de los nombres más reconocibles del indie americano moderno que vuelve a nuestro circuito siete años después de la celebrada “Entre copas” (2004). Este trabajo, basado en la novela de Kaui Hart Hemmings, se estrena envuelto en el aroma inconfundible que emanan esos proyectos que optan a convertirse en triunfadores de la temporada de premios; de momento, cinco nominaciones a los Globos de Oro encabezan su calentamiento de cara a las ansiadas estatuillas doradas. 

 

«¿Paraíso? El paraíso puede irse a la mierda». El tiempo que pasamos en la Tierra no es sino un drama salpicado de humor. Lo sabemos todos, y a ello se entrega esta película que incide en que poco tiene que ver nuestra situación socioeconómica ─a veces peleada, a veces regalada─ a la hora de encajar los golpes de la vida; a ello, y a recordarnos que nunca conocemos totalmente a quienes nos rodean, por cercanos que sean. Narrada con ritmo constante, medidamente espontáneo, cínico, nostálgico y desarmante en ocasiones, Payne abre un abanico de personajes ligeramente extravagantes que se (re)descubren los unos a los otros forzosamente, al margen de que lo que descubran les guste o no. Vivir es lo que tiene.

 

Si bien el idílico marco de la historia adorna considerablemente los acontecimientos ─al tiempo que dibuja la actual postal hawaiana con desencantada acidez─, “Los descendientes” pretende dejar su entorno en segundo plano para lanzar su mensaje universal: céntrate en cuidar lo que realmente importa. Y para apoyar que ese texto llegue al público, el cineasta tira de sus virtudes habituales, que pasan por el acierto en el acompañamiento musical, una puesta en escena natural y la dirección de actores, con unos estupendos George Clooney ─que siempre logra ser él mismo yendo más allá de sí mismo─, Shailene Woodley, Amara Miller y Nick Krause, este último posiblemente el único participante libre e inamovible de la tragedia. Mahalo, y suerte para todos.

 

Ya iba siendo hora de que, tras las recomendables “A propósito de Schmidt” y “Entre copas (Sideways)” (más la primera que la segunda), Alexander Payne nos presentara una nueva película. La espera ha merecido la pena, puesto que “Los descendientes”  (ver tráiler y escenas) se convierte en su mejor trabajo hasta la fecha, una cinta claramente dramática que incorpora alguna que otra pincelada cómica para de este modo aliviar el dolor de los protagonistas y, por ende, el del espectador que observa sus aflicciones. El filme arranca de forma directa, puesto que nos muestra a un hombre cuya esposa está en coma tras sufrir un accidente. A partir de aquí empezamos a conocer su historia, la de sus hijas, la de su familia, la de sus amigos…

 

Este interesante planteamiento está bastante bien llevado por los guionistas (Nat Faxon, Jim Rash y el propio Payne), quienes poco a poco nos van revelando el pasado de los personajes y las distintas relaciones que actualmente existen entre ellos (algo que, por cierto, lo hacen de una manera que para nada parece forzada). Aunque la temática principal de la película es la pérdida de un ser amado, alrededor de ella encontramos otras cuestiones con las que cualquiera puede sentirse identificado: el fracaso de un matrimonio, el habitual enfrentamiento entre padres e hijos, la enfermedad, los problemas de una herencia… (quizás este último el aspecto más endeble de la trama). Sin embargo, insisto, todo en “Los descendientes” bascula en torno a la pérdida de alguien que, a pesar de sus imperfecciones, siempre llevaremos en nuestros corazones.

 

Debido a esto, quizás parte del público sienta una lógica tristeza al visionar el largometraje, pues, como antes comentaba, nos confronta con una situación que prácticamente todos hemos vivido en algún momento de nuestras vidas, de ahí que sea lógico emocionarse con numerosas de sus escenas (y que conste que no nos hallamos ante un título que se recree en los pasajes dramáticos para buscar la lágrima fácil del respetable). Con una sabia realización de Payne, quien busca la elegancia pero sin querer destacar en exceso, la película se sustenta en las magníficas interpretaciones de su reparto, siendo obligado mencionar a un brillante George Clooney (ver cuando escucha una triste noticia por parte del médico que atiende a su mujer). Lo mejor es que el resto del elenco está a la altura de las circunstancias, desde sus integrantes más jóvenes (Shailene Woodley) hasta los más veteranos (Robert Forster). En definitiva, un pequeño filme que, sin necesidad de ser portentoso, nos reconcilia con el cine.

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