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17 febrero 2013 7 17 /02 /febrero /2013 08:08

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 Francamente la conversión de la magnífica --y folletinesca-- novela de Victor Hugo "Los miserables" en un producto de consumo de masas, un musical archirepresentado en el que los recios caracteres huguianos se diseminan en la edulcoración y el cartón piedra, siempre me ha dejado más bien frío y desalentado.

Para que no se diga de que el prejuicio ha sido superior a la curiosidad cultural, accedí a la obra de teatro en su día (en el palacio de Deportes barcelonés) y ahora a la película, una superproducción nutrida de buenos intérpretes. En las dos ocasiones el asunto me dejó tan escaso poso que ni ganas tuve de reseñar la obra y ahora cojo la pluma para cerrar el círculo y reconocer paladinamente que, a pesar de los oropeles de una superproducción y las caras conocidas invistiendo los personajes y una banda sonora nada deleznable, por algun fallo de mi percepción sensible, no me conmueve lo más mínimo la dura aventura vital de Jean Valjean, cuando sobre el papel y en los viejos días de la lectura adolescente, sí me fascinó.

Incluso la película de 1998 dirigida por Bille August e interpretada por Liam Neeson y el gran Geoffrey Rush, (y mucho más la versión francesa de los años cincuenta) me hicieron vibrar. Este musical que nació a finales de los 70 y ha sido visto por 60 millones de espectadores de 42 países, con una antiguedad de más de 20 años de representaciones consecutivas en Londres, me deja, perdonen ustedes, absolutamente indiferente. Cosas de diván, supongo.

Jean Valjean adquiere en esta película los rasgos duros de Hugh Jackman, el comisario Javert es Russell Crowe, la dulce Fantine es Anne Hathaway, Isabelle Allen su hija. Helena Bonham Carter y Sacha Baron Cohen, prestan su desbordado histrionismo a sus personajes excesivos. Dirigidos con mano poco coherente por Tobe Hooper (mucho más acertado en "El discurso del Rey") , quiza deslumbrado por la grandiosidad del empeño, la mastodóntica producción de casi tres horas le viene demasiado grandesa un director que parece naufragar ante las exigencias espectaculares  de la obra que, casi en ningún momento, parece superar su condición evidente de producto industrial destinado a masas de provincianos culturales. Francamente, para este viaje no hacían falta tales alforjas. Por favor, dejen a Victgor Hugo en paz. Limítense a leerlo.   

 

 

   

 

     

 

   

 

 

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