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2 enero 2013 3 02 /01 /enero /2013 10:17

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 El joven David Trueba logra hacer una gran película, de un argumento minimalista y sumamente literario, un "tour de force" encarnado por dos protagonistas, un escenario único y una hora y pico de diálogo, inteligente y un poco rebuscado, explotando una situación claustrofóbica resuelta con ingenio (con la excepción, quizá, de su lógico y previsible final), habilidad, humor y sensibilidad. Dos actores muy metidos en la trama, José Sacristán (fiel, como siempre a sí mismo y a su carácter de viejo y competente actor, dueño de todos sus registros) y una joven María Valverde, que le da una réplica digna y sin histrionismo, poniendo al servicio de la imagen su belleza y la sensualidad de un cuerpo que respira erotismo y contención en cada gesto.

Un viejo periodista político en el Madrid de finales de los 80, 1987 como nos informa el título (una radio nos pone al corriente al principio de los detalles sociopolíticos de ese año de gracia y desgracias para España) trata de seducir a una aspirante a periodista. El lugar escogido es el estudio de un pintor amigo del periodista. La pareja queda encerrada en el baño, cuya puerta queda bloqueada por un cerrojo en mal estado. Es el principio de un fin de semana caluroso de agosto y ambos están en un edificio donde no hay ningún vecino, están desnudos (la ropa ha quedado fuera del baño) y han de pasar muchas horas juntos hasta que algún vecino --de vez en cuando gritan pidiendo ayuda a través de un minúsculo ventanuco-- les oiga y les pueda ayudar. No hay móviles, es 1987, y el teléfono está en la sala a la que no pueden acceder.

Un hombre de vuelta de todo, resabiado, lleno de cinismo y amargura, habla de todo lo divino y lo humano con una muchacha que tiene aun intactas las ilusiones y los proyectos, que cree que puede ayudar a cambiar un mundo que no le gusta y que mira al mañana con esperanza. También hay un deseo enroscado como una ardiente consyante en el pensamiento del periodista que padece la cercanía deseable de un cuerpo joven, desnudo (una toalla a media cintura, vela lo indispensable) y el sexo como tema va y viene, rebota y tiñe toda la desazon humillada del hombre (que había sido rechazado en pleno antes de entrar en el baño).

Palabras y palabras, en un maravilloso trueque, en el que la parte del león, como debe ser, corre a cargo del monstruo cinematográfico que es cada vez más el gran Sacristán, la vanidad y la soberbia de quien está por encima de todo y se humilla por un poco de sexo, encontrando en su lugar la temprana madurez de una muchacha --nada inocente-- que le abre nuevas e inesperadas perspectivas de sus propias limitaciones, de su teatralidad mezquina y su vacío interior. La pose prepotente cae hecha añicos y la humanidad subyacente acerca a los dos personajes al menos hasta el punto de comprenderse mutuamente. Dos radiografías mentales y físicas que se abren al espectador con un lujo de detalles y frases afortunadas. Una seducción del espectador que corre pareja con la seducción intelectual que el gran Pepe Sacristán borda con su voz engolada y cínica.

Texto literario en plena forma servido por unas imágenes que en modo alguno están por debajo de la excelencia de la palabra. No hay verborrea vacía ni grandielocuencia de salón sino argumentos sencillos y profundos con el lenguaje de la calle y la sensibilidad del artista. Todo servido con una fotografía minimalista, el detalle y los guiños estéticos, lúdicos y sensuales de una cámara que parece tan a gusto como los espectadores ante esta comedia dramática realizada con gran conocimiento del ritmo cinematográfico y que consigue la hazaña de nos aburrirnos ni resultar reiterativa en los ciento y pico minutos que dura. ¿Algún "pero"? Si. La secuencia final, de remate, en la que el virtuoso  estilo no manipulador de Trueba no logra dar con un cierre convincente. Salvando esto, lástima porque los finales como los inicios, son los que dan la categoría de obra superior y aquí nos queda un final desangelado y poco ilustrativo, la película es un recital de buen cine. A destacar la modesta y hábil mirada sensual que la cámara pasea con la espalda desnuda de la muchacha, ocupada en auparse ante un ventanuco para gritar socorro, con la toalla enrollada alrededor de su cintura.

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Published by nullediesinelinea.over-blog.es //charlus03 - en comentario literario
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