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7 noviembre 2011 1 07 /11 /noviembre /2011 10:43
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"Margin call" es el nombre que se da en la jerga financiera norteamericana al margen de la garantía contra la pérdida de capital  que se ofrece en la compraventa de acciones en la bolsa de valores. Un límite que los especuladores jamás deben sobrepasar a riesgo de desastre. Es humo, es fantasía virtual, pero con efectos directos económicos: si hay fraude, el batacazo es descomunal y se extiende como una mancha de aceite. Al parecer el director y también guionista de esta película, el neófito J.C. Chandor, conoce bien el clima financiero de alto riesgo ya que su padre se dedicó a ello. Para contarnos su historia se ha basado, como es obvio nada más comenzar la pelicula, en la espectacular debacle financiera mundial que hace solo tres años extendió por todo el mundo los polvos que hoy nos ahogan en forma de lodo, con el origen en las torres ebúrneas de Wall Street y el protagonismo de media docena de desalmados, verdaderos criminales de guante blanco y cuello almidonado, que han extendido la miseria por todo occidente mientras llenaban sus bolsillos de una forma inicua y escandalosa.
Una pelicula con tal argumento puede parecer tediosa y difícil de entender y seguir. Pero no, vivimos con auténtica angustia especular esa tragedia de millones que protagonizan unos salvajes vestidos de Armani en los que la ética es un lujo inalcanzable (tal vez el único), unos psicóticos atenazados por la unica obsesión que es bien vista en toda nuestra cultura: la de la ganancia brutal de dinero al precio que sea y sin mirar sobre cuantos miles de seres humanos lo consigues. Y logra este director joven e inteligente que nos veamos de inmediato como el "coro" GRIEGO (muy a propósito) que soporta y teme los errores funestos de los mal llamados "héroes" de esta tragedia universal. Todo lo que vemos nos concierne, la deriva no es sólo la de los elegantes mercenarios de Wall Street, sino la de nuestra cultura colectiva en este inicio del siglo XXI.
Como dice el gran Jeremy Irons en uno de los papeles más fríos, duros, inmorales y despectivos de su carrera, el de gran jefe de la empresa que provocará la tragedia, (no hace falta dar nombres, todos sabemos quienes fueron los intérpretes reales del lacerante episodio de los bonos basura) "esto es el fin. No solo de nuestra empresa, ni de nosotros, sino del capitalismo como sistema fiable".
Así pues, vean esta película. Con la fuerza de "Inside Job" de Charles Ferguson, o de "The shock doctrine" de Michael Winterbottom, pero vestida con la convenciones dramáticas que firmaría un Shakespeare de nuestros días, "Margin call" es el retrato, casi un daguerrotipo, de nuestros días, de la inseguridad, la angustia  y la incredulidad que ha dado nacimiento al movimiento de los indignados y que está provocando una cadena de crisis cuyo final aún no podemos prever. Y es una crisis que nos afecta a todos, menos a los que están en la cúspide, que seguirán siendo un poco menos ricos pero aún poderosos y que, lamentablemente, no aprenderán nada del horror que han desencadenado (al contrario que en la tragedia clásica, en la que esos poderosos pagaban con la cabeza sus errores).
Desde el principio se nos ofrece la secuencia que  será el epítome de toda la narración: la despedida sin contemplaciones de dos tercios de la  plantilla de la empresa, de un dia para otro, con los seguratas vigilando que no  se lleven nada, ni siquiera su propia dignidad. Y esa es la tónica que sigue: ni siquiera los leales se salvan de la quema, por lo que ¿quién va a pensar en los miles de ciudadanos que pagarán con su trabajo, sus ahorros o su vida los dislates que causan esos brokers sin alma?
Para hacernos más creíbles esta catástrofes y siguiendo el estilo de Hollywood, Chandor recurre a un plantel de grandes actores (como en los sesenta y setenta se hacía con las películas corales de catástrofes, estilo "Aeropuerto", "El coloso en llamas" o "El hundimiento del Poseidón") como Kevin Spacey, Paul Bettany, Jeremy Irons, Zachary Quinto, Demi Moore o Stanley Tucci.
Durante 110 minutos se nos cuentan las horas previas a aquél estallido vírico financiero que convulsionó el mundo en 2008, siguiendo el pulso a sus protagonistas, ese grupo de financieros presentados como lo que seguramente son, no seres de un sub-Olimpo virtual, sino figuras mediocres, impotentes, trágicas, ridículas y descontroladas incapaces de reaccionar con un mínimo de honradez o de compasión, obsesionadas con sus casas lujosas, sus automoviles ultimo modelo, sus fiestas desordenadas, sus prostitutas, sus trajes y sus vicios, alcohol o drogas.Margin_Call_poster.jpg
Y ese deambular de monigotes extenuados en la pantalla tiene un no se qué de ritual mágico o de liturgia secretista y solo para iniciados. Es dífícil que un espectador de cultura media o no específicamente económica se entere realmente de lo que ha pasado, a pesar de las numerosas repeticiones que se dan de las explicaciones que un joven broker, un científico espacial reciclado, da a sus superiores de lo que ha descubierto: el ciclón destructivo que ellos han comenzado y que devastará la escena financiera mundial.
Sospechamos lo que ocurre más o menos, pero lo que si tenemos claro, porque lo estamos viviendo, son sus consecuencias y también la responsabilidad de los financieros de Wall Street. Y, como guinda, la falta de castigo y de responsabilidad de esos mismos personajes turbios.
Y así la película va creando un climax de angustia y de inexorable desastre, en el que ya las voluntades o los deseos de esas gentes no van a poder cambiar nada de lo que va a ocurrir, con lo que los más poderosos de entre ellos se limitan a intentar proteger sus capitales y su ostentosa forma de vida. Sólo un personaje o dos (Spacey es uno, aunque parece más preocupado por la muerte de su perro) albergan dudas sobre la forma egoísta -y criminal-  de tratar de salvar el capital de la empresa, pero al final prima el amor al dinero ("la necesidad", dicen). Como dialogan entre si dos de los protagonistas mientras cruzan Nueva York a bordo de un coche de alta gama, "Mira a esta gente. Van por ahí andando sin saber lo que se les viene encima" e inmediatamente, varias veces durante la trama, se nos ofrecen vistas nocturnas de Manhattan, toda una civilizada y potente ciudad inerme ante esos tiburones de papel. La unidad de acción en el término de unas pocas horas acentúa el dramatismo. Como si fuera un thriller de Hitchcock que tiene una ominosa, terrible, caracteristica: no se acaba en sí mismo, con el fin de la pelicula, sino que es una advertencia brutal y real: esto puede pasar en cualquier otro momento, otra vez. No hemos aprendido nada, es el sistema el que está enfermo y estos desastres los produce ese patológico sistema incontrolable.
Una película brillante y aleccionadora. Es el espejo en el que se mira occidente. El espejo que refleja el tipo de cultura que hemos creado y que nos está devorando.

 

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