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22 noviembre 2011 2 22 /11 /noviembre /2011 10:12

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Afrontrar un nueva película del realizador danés Lars von Trier, después de su controvertido "Antichrist" (2009) y tras sus lamentables declaraciones pro-Hitler en el último festival de Cannes (que provocó un escándalo que estuvo a punto de condenar su película "Melancolía" al ostracismo) hace buena aquella aseveración de que nunca hay que confundir al creador con la persona, al director visionario y espectacular con el sujeto deslenguado y provocador, incluso estúpido, que parece ser o que a veces se comporta como tal.

Me ha costado reflexionar un par de días sobre la película antes de separar mi rechazo inicial por un juicio más objetivo y profesional que se resumiría en un notable alto para esta película desasosegante que no deja indiferente a nadie y que tiene una belleza formal que atrapa al espectador en un torrente de imágenes bellísimas, rodadas con maestría y dotadas de una banda sonora espectacular.

La película, repleta de simbolismos, me recuerda de alguna forma la estampa de Alberto Durero, "Melancolía" en la que un ángel parece esperar algo terrible en un ambiente lleno de objetos y escenas misteriosas. Con la música extremecedora del preludio de "Tristán e Isolda" de Wagner, Lars von Trier nos advierte de entrada que nos va a someter a una historia apocalíptica en la que lo que ocurre en esa mansión campestre, lujosa y llena de rincones maravillosos, tiene la misma importancia relativa que tenía para los burgueses encerrados en un salón, aterrorizados y prisioneros de algo invisible que parece tener la fuerza y el horror de la muerte, de la destrucción, del fin. Es la presencia invisible de "El ángel exterminador" del maestro Buñuel. melanc1.jpg

Dividida en dos partes, la primera centrada en la boda de la genial e irritante Kirsten Dunst, atenazada por una depresión definitiva que la postra hasta extremos de anulación y la segunda en la figura de su hermana (una Charlotte Gainsborourg, verdaderamente fastuosa). Como en Buñuel, estamos ante un círculo cerrado, un ambiente constreñido a los bellos parajes de la finca campestre de lujo, pero sobre los que flota una amenaza que se va concretando en la segunda parte de la película: la cercanía de un pequeño planeta, llamado Melancolía, cuya órbita marca un rumbo de posible colisión con la Tierra. Es el Armaguedon, pero no hay ningun héroe, ningún ingenio nuclear que pueda desviar la fatal singladura exterminadora del planeta.

El melodrama está servido, con su final cósmico. La feroz critica a la clase alta, contrapunteada por la bellísima trasposición entre imagenes reales y cuadros como los de Pieter Bruegel o la "Ophelia" de John Everett Millais: el apocalipsis total frente al agudo drama personal de las dos hermanas:Justine y Claire. La primera puro instinto, rechazo a las convenciones y desorientación, la segunda, partícipe del orden y la educación social, la clase y la convención de los sentimientos. La primera llegando a sintonizar intuitivamente con el caos que se avecina y la otra rechazando el fin y aceptando su condena como víctima impotente. El discurso es demoledor: no hay nada constructivo, no hay perdón ni redención, sólo la muerte que llega del cielo, inclemente y sin refugio posible: ante eso no hay convenciones, no hay sentimientos, no hay nada. Sólo resignación y soledad animal.

Todo ello servido con unas imágenes deslumbrantes que parecen acentuar irónicamente lo indefectible del final, la relatividad de los constructos sociales o sentimentales cuando lo que está en juego es el fin abosluto, la extinción de todo cuanto existe. Es ese el correlato que hace en la película una oferta politicamente incorrecta: nada tiene importancia ante el fin, pero tampoco nada ha tenido valor en la existencia de nuestro planeta, ni Shakespeare, Ni Mozart, ni Cervantes, ni Wagner, ni Picasso ni Velázquez, puesto que todo va a desaparecer sin dejar ni una sola molécula identificativa. Es algo que parece anunciar la depresión de la protagonista y que deja una carga de profundidad en la especie humana, que se convierte en un accidente fortuito, una experiencia cósmica que va a desaparecer para siempre.

Magnífico Kiefer Sutherland como el acaudalado marido de Claire, el refugio y la seguridad de la familia, que es la primera víctima del planeta al ser incapaz de aceptar la inutilidad de cualquier esfuerzo para evitarlo y el hundimiento de sus esperanzas. Pues "Melancolía" es, antes que nada, el fin de cualquier esperanza antropocentrica. Parece que lo único razonable es actuar como los caballos de las cuadras de la mansión, rebeldes  y asustados en principio y que cuando está llegando el final se calman y se disponen a morir tranquilamente. La metáfora está planteada como un "huis closs", un recinto cerrado, la mansión, donde los dramas personales de sus habitantes huyen de toda generalización y los personajes asumen la tragedia cósmica desde un enfoque doméstico.

Nada pues de escenas apocalípticas, de grandes ciudades devastadas, de pánico humano generalizado: todo se nos presenta bajo la óptica de un hombre que confía en que el planeta pase de largo como aseguran los científicos, su esposa, su hijo y su cuñada visionaria y depresiva que parece renacer ante la cercanía del fin y parece contagiarse del nombre y la sensación que evoca: una melancolía sin esperanza.

Lars von Trier nos guiña un ojo y vemos el irónico y burlón gesto cuando reflexionamos sobre la pelicula. Entendemos al final toda la vacía y demoledora muestra social que nos presenta en la primera parte, las secuencias de la boda de Justine. Comprendemos lo que nos quiere decir el realizador danés: el mundo va a acabarse, pero la mayoría de los seres humanos, de los que nos muestra son un ejemplo, ya llevan tiempo acabados anímica y psicologicamente, son actores de una farsa, miembros de una sociedad, un mundo, que apenas tiene esperanzas de mejora.

John Hurt, la inmensa Charlotte Ramplling, Udo Kier, y Jesper Christensen dan vida a otros personajes que desaparecen ya en la segunda parte, cuando ya la trama se reduce a la familia.  Más de dos horas de narración en las que el espectador se siente atrapado entre el rechazo hipnótico a lo que ve y la fascinación de la belleza en el cómo se lo cuentan. Una propuesta, pues, en la que la fuerza y la violencia interior de los personajes, la peligrosa apatía en la que caen algunos, resalta ante el lirismo bellamente fotografiado de muchas de las secuencias.

Una película que dejará recuerdo imborrable en la sensibilidad de casi todos los que superen el rechazo que en principio logra provocar Lars von Trier.

 

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