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21 junio 2012 4 21 /06 /junio /2012 07:40

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No vi las dos primeras peliculas de Wes Anderson, "Ladrón que roba a otro ladrón" (1996) ni "Academia Rushmore"(1998), aunque de esta última mis contactos cinéfilos me advirtieron  que habia nacido un director a tener muy, muy en cuenta (de hecho esta pelicula devolvió al estrellato a un actor de primerísima calidad, normalmente desaprovechado, Bill Murray).  Pero ya desde  "Los tennebaums" (2001) me hice incondicional de un director que diseccionaba con frenético e irónico humor los tópicos familiares, sociales y sexuales, con una excelente factura visual y una enorme personalidad en el uso del color y el montaje, los encuadres y la música. La siguiente cinta "Life aquatic" ( 2004) me encantó a pesar del escaso éxito de público y una crítica que no acababa de percibir el mundo especialísimo de sus películas, su creación de personajes dotados de un irresistible encanto (maravilloso Murray, como una especie singular y paródica de Jacques Cousteau) para luego firmar un "Viaje a Daarjeling" que te dejaba clavado en el asiento, aunque no brillaba con la fuerza que estallaría en la pelicula de dibujos animados "Fantástico Mr. Fox" (2009) sobre un relato del inconcebible Roahl Dahl (que, como suele suceder en los libros de Dahl, bajo la vestimenta de cuento infantil resurge una historia crítica y ácida para adultos mentales, una especie de Swift -Gulliver- de nuestros días) y llegar a la maravilla que hoy comento: "Moonrise Kingdom".

Si ya en las dos últimas Anderson dejaba bien claro que había un niño travieso, divertido y muy inteligente dentro de su sensibilidad cinematográfica de director y de persona, en "Moonrise..."  logra dejarlo libre, feliz, divertido y encantador. Sin duda alguna, para este comentarista, estamos ante la mejor película de la temporada (y me atrevería a decir, una de las escasas obras cinematográficas que merecen un diez en los últimos años).

Se trata de una historia mágica, divertida, sin complejos, ingeniosa, nostálgica y tierna en la que, con la formalidad estética de encuadres equilibrados hasta el milímetro, colores chillones y personajes que parecen actuar para sí mismos pero que despiertan emociones y sentimientos en el espectador, nos lleva a un tiempo pasado (años 60) a una isla en la Norteamerica profunda rural, en un ambiente de boy scouts, donde se nos narra la aventura vital de dos adolescentes (increíble la naturalidad de los dos jovencisimos protagonistas, Jard Gilman y Kara Hayward, buscados durante seis meses con lupa por el equipo técnico de la película) que se juran amor eterno a pesar de las familias, las circunstancias y sus tempranas edades.

A partir de ese elemento argumental, Anderson nos sumerge en el seno de una familia tópica del país y la época, padre y madre abogados (Bill Murray y Frances McDormand, ahí es nada) cuatro hijos, entre ellos la chica enamorada, de una desternillante  imperturbabilidad, el jefe de policia del pueblo, Bruce Willis, el soberbio Edward Norton como jefe de scouts y la atildada y ordenancista Tilda Swinton como  la funcionaria de Servicios Sociales que pretende someter al niño Jard Gilman, un impopular scout huérfano, a electro shocks para terminar con su "rebeldía" y castigar su osadía de haber  planeado y realizado una huida con su "amor" por las costas de la isla donde se encuentran. Incluso otro monstruo de la interpretación, Harvey Keitel, hace un breve y jugoso papel como jefe absoluto de los boy scouts.

Con una paleta de colores estridentes pero armónicos, rojos, blancos, azules, verdes y una sabia y sugerente desproporción entre los tamaños de los ambientes según se fiilma a adultos o a niños, Anderson nos lleva a un País de Nunca Jamás del Primer Amor, que, vaya por Dios, está demasiado  cerca, incluido diria yo, en el realista, fraudulento, triste y desilusionado mundo adulto. Secuencias como el encuentro de los dos pequeños amantes, sus balbuceos sexuales, absolutamente inocentes y nostálgicos, la búsqueda de los niños por todos los adultos y el grupo adolescente de scouts comandados por Norton y la secuencia de la tormenta del siglo que cae sobre la pequeña isla en plena busqueda, amén de la secuencia final en el campanario de la iglesia, en la que todo es posible, incluso el milagro, van encantando progresivamente al espectador en una trama que sabe a poco y que te deja soñando con algo más. Uno sale del cine con la sensación de haber recibido un regalo.Un regalo que nos remite directamente a nuestra adolescencia, con sus claros luminosos y también sus zonas oscuras, la necesidad de afecto, la disparidad con el mundo adulto, el descubrimiento del amor y del dolor. Puerta abierta, pues, a una cierta melancolía, a la nostalgia de un tiempo que no volverá, a la inocencia de una mirada que aquí, en el discurso serio de los niños, está lejos de cualquier exceso, de la amenaza del ridiculo, de la falsedad de lo manipulado. Es una apuesta por la honestidad, por el sentido de la aventura infantil (que luego tan cruelmente se banaliza en la edad adulta), maravillosamente punteado por la musica de Alexandre Desplat, por la desproporción onírica de los encuadres pictóricos de la vida hogareña, por aquella casita de madera construida por los niños en un lugar imposible, en lo alto de un árbol aislado, como metáfora del talante visionario infantil, es una apuesta por el buen cine. Un cine personalísimo, concebido como una partitura o como un milimétrico y ajustado puzzle en movimiento, un cine distinto, honesto y refrescante. No se la pierdan.

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