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9 diciembre 2011 5 09 /12 /diciembre /2011 08:23

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No es, desde luego, una obra emblemática de la dormida voz de las mujeres del "otro bando" tras el final de la guerra civil española, pero es una novela muy digna, escrita con el corazón y que, mejor aún que la película, refleja el silencioso tormento de las mujeres de toda edad relacionadas con los vencidos y también con los vencedores. "La voz dormida" de la malograda poeta y novelista extremeña Dulce Chacón (1954-2003) puede considerarse representativa de la labor de autores que no vivieron la guerra pero que a través de referencias familiares o de propia y comprometida investigación han creado obras de denuncia literaria sobre una situación injusta y humillante, cuando no cruel e inhumana. Y no sólo hablo de las llamadas "individuas rojas", sino de las mujeres no significadas, por lo tanto pertenecientes a la mayoría femenina silenciosa, franquista o no, que vieron reducidos sus derechos por una ideología que preconizaba la figura de la resignada madre de familia y ama de casa ejemplar por encima de cualquier otra consideración, haciendo de las mujeres seres bajo la tutela casi permanente del varón, sea el padre o el marido. Con el advenimiento del franquismo la marcha de las mujeres hacia una plenitud de derechos que había comenzado con la República quedó frenada durante decenios.

Las obras de Dulce Chacón mantienen una tónica de apoyo, compasión y denuncia de la situación de los más débiles, pero con especial incidencia en las mujeres, ya sea contra el maltrato o a favor de la vida propia, el derecho a "la habitación propia" como diría Virginia Woolf, como en "Algún amor que no mate", "Cielos de barro" o "Háblame musa de aquél varón". En la obra que nos ocupa, la fuerza y dinamismo de los hechos, la economía de medios con que se expresa la voz narradora, la austeridad y concisión de la narración, hace de "La voz dormida" una novela de sentimientos desnudos, un libro donde la feminidad es un elemento permanente que envuelve al lector no sólo destacando la angustia de una situación sino creando un escenario desgraciadamente real, histórico, en el que la irritación y una cierta incredulidad ante tamaño desafuero provocan en el lector vergüenza y rechazo y el deseo vivo de que jamás vuelva a pasar este país por semejante horror.

El amor bloqueado por la guerra entre Hortensia y Felipe, con la prisión y fusilamiento de ella y el de su hermana Pepita por un maquis, Jaime, el "Chaqueta negra", al que conoce en sus labores de recadera entre Hortensia y su marido, un amor que debe esperar –y lo hace-- durante décadas a la vuelta del exilio y después de la cárcel, es el trasfondo sentimental que subyace en la novela. Aunque la verdadera protagonista es la situación femenina, la de las amigas, compañeras, novias o esposas de los vencidos (las de los "vencedores" y la mayoría silenciosa y apolítica, volvieron a la categoría de sumisas "reinas del hogar", por tanto en el fondo a una situación semejante a la de sus compañeras, bien que menos agresiva y cruel).

Por tanto la lectura de esta novela nos adentra en la vida de las mujeres españolas, las más desfavorecidas en un país especialmente atrasado. Recordemos que a principios del siglo XX, el 71% de las mujeres españolas eran analfabetas (por el 55% de hombres) y justo antes de la guerra la situación era de un 47% y un 37%. La República y el comienzo de la guerra dieron un efímero empujón a la mujer, cuya imagen –la miliciana, le enfermera—adquirió tintes heroicos y buscaron una igualdad con el hombre al menos en el aspecto icónico más que en el real. Por primera vez desde Agustina de Aragón, un puñado de mujeres se hicieron populares por hechos de armas, Lina Odena, Casilda Méndez o Rosario Sánchez, "la Dinamitera", aunque la mayoría acabaron realizando labores de cocina, sanitarias, correo, enlaces, asistencia social, educación, fábricas de munición, etc.

Sus compañeras del otro lado habían vuelto a ser piezas del sistema patriarcal tradicional que exigían los "nacionales". Familia, hogar y labores asistenciales y de "caridad" para las más favorecidas. Desde abril de 1937 con la Sección Femenina de Pilar Primo de Rivera ya se marcaban las pautas de conducta oficiales para las mujeres españolas en la que se entendía la feminidad como un campo cerrado y siempre subordinado al del hombre.

El fin de la guerra marcará un agravamiento de la situación femenina en el país. Ya que a la represión violenta que se desencadenó contra el bando vencido, en el caso de las mujeres se utilizó otra insidiosa y humillante, los rapados, violaciones, robos de hijos, extrañamientos sociales, malos tratos y medidas tan retorcidas como impedir a las viudas o huérfanas de caídos "rojos" que pudieran llevar luto por sus seres queridos y todas ellas ser reducidas a un estado de miseria extrema. De esa situación desesperada no suelen hablar los historiadores y apenas si hay rastros en los archivos. Por esta razón es tan importante que sean los novelistas, como Dulce Chacón, quienes aviven la memoria de aquéllas mujeres desdichadas que, con algunas pocas excepciones, sólo penaban el "delito" de tener relaciones de familia o sentimentales con los "vencidos". Por lo tanto no sólo padecían represalias vergonzantes por ser "rojas" sino también por ser mujeres. Es la patética "ejemplaridad" a la que tan aficionado era el régimen de Franco: debían ser borradas de la memoria, tras haber sido humilladas hasta extremos difícilmente imaginables.

La novela de Dulce Chacón acaba con el reencuentro de Pepita y Jaime, a la salida de éste de una reclusión de 19 años. La autora no adjetiva. Narra de forma telegráfica, contundente, austera, el encuentro entre esas personas. "¿Has esperado mucho tiempo?" le pregunta él, refiriéndose al retraso con el que en ese día han tardado en dejarle libre. "El que ha hecho falta" le contesta simplemente ella recogiendo todos los años que ha esperado, cuidando al hijo de su hermana, sola y paciente. Para dar una idea de la realidad documental que subyace tras la novela, Dulce Chacón nos habla de la Pepita real "cordobesa de ojos azulísimos" y nos revela que Jaime murió pocos años después, el 29 de abril de 1971, junto a ella, poco antes de que la policía fuera a buscarlo para encarcelarlo como "sospechoso habitual" y así evitar que se sumara a las manifestaciones del 1º de mayo. Ella recibirá a los policías, con su marido de cuerpo presente, con un lacónico: "Pasen y pueden llevárselo".

El resto de los "agradecimientos" de la autora forman un plantel en el que se suman algunos hombres, hijos y sobre todo abnegadas mujeres que sufrieron cárcel, humillaciones y represión, cuando no la muerte (se cita a las Trece Rosas, objeto ellas de un libro y también de una película) y testimonios obtenidos desde un miedo aún en estos tiempos real como el de "una mujer que no quiere que mencione su nombre ni el de su pueblo y que me pidió que cerrara la ventana antes de comenzar a hablar en voz baja" .

No es pues, repito, "La voz dormida" la más significativa de las obras escritas sobre las mujeres durante y tras la guerra civil, pero es una novela a tener en cuenta y que puede dar sobre todo a los jóvenes, chicos y chicas, una idea de lo que fue, de un pasado vergonzante, una de las exigencias psicológicas que pueden ayudar a evitar un futuro semejante.

 

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