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2 julio 2012 1 02 /07 /julio /2012 07:04

nada-que-temer.jpg A Julian Barnes le encantan los comienzos espectaculares. Fíjense en "El loro de Flaubert", "Hablando del asunto", "Inglaterra, Inglaterra", "Amor" o"Arthur and George". Asi que a nadie le sorprenderá que este libro de hace cuatro años, "Nada que temer", comience con una auténtica "boutade": "No creo en Dios, pero le echo de menos" al estilo de nuestro "No creo en las meigas, pero haberlas, haylas".

Barnes es uno de esos seres humanos angustiados por la muerte (de los demás, pero sobre todo de ellos mismos). De ahí que con ocasión de cumplir los sesenta años --en 2006-- decidiera tomar literalmente a la muerte por la guadaña y escribir un libro sobre la Parca y sus elementos afines, la vida después de la muerte, el paraíso y el infierno, la existencia de Dios. La muerte de sus padres, la relación con su desternillante hermano filósofo a raíz de todo ello y las posturas y palabras que los escritores que Barnes admira han dedicado al tema, desde Flaubert, cómo no, a Jules Renard, Montaigne o Daudet (hay que ver la galofilia de este inglés).

Por tanto no hay inventiva literaria alguna en lo que nos narra Barnes, pero si, gracias a Dios, la fresca ironía y el sarcasmo que suele endilgarnos este autor, que a pesar de declararse ateo, nos habla de una sensibilidad religiosa que nos recuerda aquello de que no hay antireligiosos más profundos que los ateos que tienen nostalgia de Dios. Por tanto la mirada de Barnes hacia el hecho religioso se tiñe de tolerancia y una especie de respeto antropológico, pues admite la necesidad filosófica, ontológica, que la psique humana tiene en la creencia en un ser superior, justo, bueno y poderoso. Aunque se permite sarcasmos tan belicosos como la frase "la religión tiende al autoritarismo como el capitalismo tiende al monopolio". O aquélla que en la pag. 63 reproduce de Renard: " No se si Dios existe, pero sería mejor para su reputación que no existiera".

Tal vez los mejores momentos de este libro interesantísimo sea el desgrane de recuerdos personales que Barnes hace de su vida familiar, su infancia y su adolescencia -- con sus divertidos temores masturbatorios-- y las relaciones de crecimiento, sus miedos, sus deseos y sus frustraciones. Barnes sigue la estela de Philipp Roth, quien tantas ocasiones ha brindado para analizar sus actitudes y temores ante el advenimiento de la vejez con las inevitables decadencia fisica y mental. Ese es el sustrato de estas páginas bastante divertidas y aleccionadoras que Anagrama publicó en  2010 con traducción ejemplar del tambien escritor Jaime Zulaika.

Las razonadas críticas, plenas de ironía, sobre la vaciedad de eso que llamamos "yo", de nuestra personalidad basada en tanto tienes tanto vales (o tanto eres), sirven de telón de fondo filosófico a la hora de analizar la trascendencia que la muerte y su cercanía deberían dar a nuestra vida y al balance que hacemos de nuestra historia personal y de la escala de valores en la que hemos basado nuestra existencia. Como en su cita a Zola, Barnes podría decir: "Mi vida ha sido una vida feliz, teñida de desesperación" (pág.216)

Como colofón, la consideración del arte y su aprecio como valor sustitutorio de la divinidad, muestra en Barnes sus puntas y ribetes de sarcasmo cultural en el que, pese a definirse como un hombre herido por el arte,  al que considera uno de los elementos capitales de trascendencia vital, acaba reconociendo su relativismo y la gratuidad irresponsable de las valoraciones que solemos hacer.

Como dato biográfico de cierto interés para el lector, apunto el hecho de que  siete meses despues de la publicación en Gran Bretaña de "Nada que temer", marzo de 2008) fallecía la esposa de Barnes, Pat Kanavagh, dando una fúnebre coincidencia temática a esta obra. Quizá será aplicable a este hecho la frase que Barnes escribe en la página 107, "la tragedia adicional de la vida, es que no morimos en el momento justo".

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