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27 septiembre 2012 4 27 /09 /septiembre /2012 07:24

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Para un actor de carácter esta pelicula es una perita en dulce, una de esas pelis que a veces los actores deberían pagar por interpretar, aunque en el caso que nos ocupa la propuesta es superior al desarrollo del guión, la interpretación superior a la dirección y la intención de reflejar un sufrimiento y un proceso humano superior a lo logrado en la conciencia del espectador.

Joey y Jane son dos amigos muy peculiares. El primero es un negro de media edad que ha sido bombero y ha pasado por la tragedia de ver morir a su familia en el incendio de su casa. Este hecho le vuelve psicótico y tras una estancia en un psiquiátrico no ha logrado superar la pretensión de poder hablar con los espíritus y gozar de la visión de los ángeles. Forest Whitaker logra maravillas de convicción en este papel. Jane es una cantante que no ha vuelto a actuar desde que en un accidente de automovil muere su marido y ella queda  confinada a una silla de ruedas y todo ello la dessteabiliza psiquicamnente de tal modo que su pequeño hijo es dado en adopción. Una vez presentados los dos personajes, que mantienen una ambivalente relación (se conocierotn en el psiquiatrico), se introduce un nuevo elemento dramático: Jane recibe una invitación de su hijo de diez años que, con motivo de su primera comunión, la invita a asistir a la fiesta y manifiesta su deseo de volver a verla (tebía 3 años cuando el accidente).  Por casualidad es Joey quien lee la carta y convence   a Jane para que le acompañe en un viaje hacia Nueva Orleáns donde vive el niño ,aunque ocultándole la verdadera razón con la coincidencia de que un autor de libros de autoayuda --con la ayuda de  los ángeles-- da una conferencia en ese estado.

La película entra entonces en el género de la "road movie" y aquí es donde el director, el francés Olivier Dahan, se nos vuelve didáctico y abusa de  la dinámica de "la vida es bella a pesar de todo lo malo que nos encontramos y el secreto está en compartir la belleza de las pequeñas, buenas y bellas cosas con las que nos encontramos". Complementan la historia un papelito episódico y algo excesivo de Nick Nolte con el que acaba de bordar el rosario de encuentros y desencuentros de la pareja protagonista,  a la que desde casi el principio se les añade Billie (Madeline Zima), una joven medio destrozada por el abandono y la huida de su marido, que borda un maravilloso papel secundario con el que logra ponerse a la altura de los protagonistas. Y, por supuesto Elias Koteas, un  granuja "simpático" --otro secundario de lujo--que les tima  y muestra una profundidad de autocritica dolorosa que desmiente su amoral comportamiento. Encuentros en los que late el deseo de ayuda y ejemplo, como la pareja de ancianos que hacen un viaje de despedida y sólo le piden a Jane una sonrisa.

En el borde de lo coherente, secuencias mágico-surrealistas como la del Jardín del Edén en la que Nolte, junto a los demás algo pasados de vueltas tras comer todos un pastel...¿de marihuana?, les cuenta la historia del musico negro que vendió su alma al diablo por lograr una música irrepetible una leyenda muy conocida en Nueva Orleans,  (recuerdan a los hermanos Cohen integrándola en su maravillosa "Oh Brother") desbordan en cierta forma la atmósfera realista que exigía un tratamiento más efectivo de la historia (muy mermada ya por los "ángeles" que el bueno de Forest cree ver y que nosotros acabamos de ver también, vaya por Dios). Covertida en cuento de hadas la historia cambia de railes y se nos va a otra cosa, también agradable de ver pero menos  arriesgada y por tanto menos valiosa. Tendencia que ya se pasa absolutamente de medida al incluir las secuencias animadas con pájaros cantores de enorme tamaño. Lástima dice uno, con tan buen arranque... se queda en cuento de buenas intenciones, en el que, pese a todo, brilla la fuerza interpretativa de unos soberbios Renée Zellweger y Forest Whitaker.

Pero adelantemos un soberbio valor añadido: las canciones de Bob Dylan, que van salpìcando la pelicula, dos de ellas interpretadas por la misma Renée, entre ellas la que da titulo a la película, en la que la dolorida Jane cuenta su viaje en busca de la sonrisa de su hijo.

Drama de actores, pues, con un desarrollo irregular y vagamente desequilibrado, que podía haber sido una película memorable y se queda en una agradable y fallida historia sentimental.

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A ratos ameno, a ratos forzado, el drama tiene en sus actores la clave fundamental. Sin el rostro ácido/dulce de Zellweger, o sin la imponente presencia, siempre reconfortante e inquietante a un tiempo, de Forest Whitaker, este drama quedaría más como un indie petulante que como la alegoría sencilla y desarmada que pretende ser. Arropando a la pareja central, sorpresas como Elias Koteas o Nick Nolte, que con facilidad de manual ayudan a los protagonistas a encontrarse, o la epatantemente agradable Madeline Zima, tan perdida ─si no más─ como el resto de sus compañeros de aventura. Nada trasciende más allá de nuestros actos y actitudes inmediatas, y aquí está el truco: cuando abandonamos la sala… a otra cosa, no hemos cambiado. Lástima.

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