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8 marzo 2011 2 08 /03 /marzo /2011 11:06

panegre-jordi-1.jpgSe ha llevado nueve Goyas, trece premios Gaudi, uno en San Sebastián y ha devuelto al cine catalán, miunusvalorado en el resto del país, una frescura y un potencial de obra bien hecha y de gran capacidad sugestiva. "Pa negre" (Pan negro) de  Agustín Villaronga es una cinta digna de verse que conmueve e irrita, que hace pensar. Basada en una novela de Emili Teixidor (2004), Premio Lletra d'Or, es el relato duro y angustioso del camino iniciático de un niño, Andreu, un adolescente sensible e inteligente, metido en el asfixiante y mezquino ambiente rural de una Catalunya tras el reciente fin de la guerra civil, con toda la carga de odios soterrados, represión, ajustes de cuentas, violencias primarias y sórdidas historias de dinero, sexo y poder. En fin, lo de siempre, pero con la pátina horrible de aquellos horrores en blanco y negro de la postguerra española.

La acción se desarrolla en un pequeño pueblo de la comarca de Osona (Girona), entre las montañas. La secuencia inicial, el ataque a la carreta y el asesinato y posterior despeñamiento de caballo y carro, con el padre muerto y su hijo vivio en el interior, es absolutamente desoladora e impactante, por su crudeza, su sencillez expositiva y la trágica belleza de la escena de la caida de caballo y carro por los cingles, un precipicio, de Tavertet.

A partir de ese momento terrible se desencadena la historia, bien enmarcada en ese mundo oscuro y primario, donde asistimos al periplo iniciático de un adolescente desde la inocencia hasta el temor, la mentura, el compromiso y el derrumbe moral que terminarán por contagiarle.

El niño, Andreu, interpretado por Francesc Colomer,3569880253.jpg que comienza pareciendo algo alelado y poco expresivo, termina conquistando su derecho a encarnar con vitalidad y vericidad a un personaje sumamente complejo que va oscilando a través de los golpes del conocimiento entre mentiras, ocultaciones y medias verdades. En un ambiente tan opresivo y oscuramente primario, florecen los monstruos ocultos, como ese personaje fantasmal que vive en una cueva y al que nunca veremos, que arrastra propósitos de venganza por una terrible historia de violencia y sexo prohibido. Pero los peores monstruos anidan en la mente y los corazones de los vecinos y en la propia familia del niño.

Las secuencias efectivas se suceden, desde las angustias de las carceles franquistas, a los momentos de desvelamiento sexual que la pequeña manca establece con el niño, la escuela con el maestro borracho y desencantado que se une al desierto moral de los vencedores y al desprecio a los vencidos, la vecina enloquecida por el asesinato de su marido y los secretos que esconde, la elección del niño entre la dureza de una vida centrada en la verdad y la aceptación de su propia mezquindad para seguir una moral de supervivencia a costa de sus sentimientos y su dolor.

También es una película de mujeres, niñas y adultas engranan un plantel de complejidades, dureza y abusos que tienen sacude al espectador, que contempla aterrado la sentina moral de una sociedad desgraciada, mísera e hipócrita.

Mención aparte a un Sergi López en el papel del brutal alcalde fascista, prepotente, casi calcado del oficial franquista de "El laberinto del fauno" y a Roger Casamajor, cuyo papel de padre de Andreu, sorprende por su ductil ambiguedad y su convicción: las miradas magnéticas del actor son como espejos negros donde se reflejan con total veracidad todo tipo de sentimientos y emociones. Genial.

Como último apunte y no por ello menos importante: la glorificación en el discurso de la película del papel de la palabra, de la importancia y el valor de las palabras, del lenguaje con el que se expresan todos, ante la mirada y el espíritu devorador del niño. El aprendizaje de la enorme significación de lo que se dice y de cómo se dice, de lo que se calla y de lo que se oculta, siempre con las palabras como nexo de unión entre lo que es y lo que queremos que sea, con toda su enorme potencial de manpulación y violencia. Precisamente en esas mentiras, ocultaciones, se mueve el desamparo del niño que le llevará a asumir la mezquindad y la negación de sus sentimientos como propios, engendrando otro monstruo a imagen de los que le rodean y él ha rechazado. Doloroso ese final con la madre despreciada caminando por el pasillo del colegio, avejentada, humillada, mientras el niño la contempla enmarcada en el vaho del aliento que ha lanzado sobre el cristal.

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