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1 marzo 2011 2 01 /03 /marzo /2011 15:18

A la gente le gustan los números redondos, las conmemoraciones y los aniversarios, si son centenarios, mejor. Este es el caso del Parsifal wagneriano que el Liceo ha ofrecido en Barcelona.  El "festival sagrado" como lo definió su autor cuando se estrenó en 1882 en Bayreuth, estuvo sometido a una exclusiva por deseo de Wagner: solo se podría estrenar fuera de la sede wagneriana  treinta años después de su muerte (aunque se representó en el Metropolitan de Nueva York en 1903). Por eso su estreno en Barcelona en  la nochevieja  de 1913 se ajustó a la "legalidad" y ahora se han cumplido el centenar de representaciones en el Liceo.parsifal1.jpg

La efemérides ha sido gozosa para unos y discutible para otros. De hecho el pasado lunes el Teatro de la Rambla no estaba a rebosar como suele suceder, a pesar de las crisis, cuando se trata de una ópera tan deseable. Había división de opiniones y mientras los más atrevidos denostaban el montaje que el alemán Claus Guth ha concebido para la "mística" obra, los wagnerianos más flexibles, debido a su formidable música, se encogían de hombros ("hay que renovarse" parecían decir), la mayoría aplaudía con el fervor habitual, rompiendo con el ruego del propio Wagner de que no se aplaudiera en esta obra, que él consideraba casi un auto sacramental (y de hecho se ha representado como tal durante mucho tiempo).

Pero bueno, al margen de estas consideraciones colaterales, lo cierto es que al placer de la compleja, contundente y a veces muy lírica partitura de Wagner no le hacía demasiada sombra la osadía de convertir el espacio sagrado del castillo artúrico de Montsalvat (donde se guarda el Grial y la lanza que hirió a Cristo) en una especie de frío y neoclásico sanatorio de entreguerras donde languidecen los caballeros del grial, soldados, y padece el rey Amfortas (herido por la misma lanza sagrada que le ha robado el malvado Klingsor). Tampoco el imponente escenario giratorio que pretende dinamizar la acción y variar los puntos de vista del espectador y las emociones de los intérpretes, y solo consigue que el espectador acabe no sabiendo donde está, si en Montsalvat o en el castillo de Klingsor, sospechosamente semejantes.

Eso sí, voces de primera, especialmente la de Hans Peter König, en el rol de Gurnemanz, el caballero que nos narra la historia hasta la llegada de Parsifal (el tenor Klaus-Florian Vogt, una bellísima voz lírica) y Anja Kampe  como la seductora  Kundry, sin olvidar la prestancia vocal de Alan Held como el rey Amfortas y Boaz Daniel como su contrapunto, el ex caballero Klingsor. Para olvidar,  algunas acartonadas interpretaciones y ciertos momentos dramáticos mal resueltos (como el intento de Klingsor de herir a Parsifal con la lanza sagrada, que queda listo para sentencia de una forma sorprendentemente torpe).imagesCAPYHJHC.jpg

Soy de los que opinan, con permiso de los eruditos de la ópera, que Wagner es un músico inmenso y un libretista más bien mediocre (aunque no sigo a Woody Allen cuando afirma que cada vez que escucha a Wagner le dan ganas de invadir Polonia). Y es que a pesar de estar basada en el Parzival de Wolfram von Eschenback y este a su vez inspirado en un poema épico medieval  del ciclo artúrico, la historia que nos cuenta Wagner podría tener connotaciones históricas contemporáneas bastante delicadas.

Dicen algunos que la simbología pseudoreligiosa de Wagner, inspirada en el cristianismo y el budismo, y sobre todo la construcción ideológica de los mensajes que se emiten, inspiran en conjunto un cierto eco de actitudes e ideas de cuño fuertemente nazi, es decir, empleadas más tarde por los nazis. Wagner de alguna forma es un precursor, no de esas ideas en sí, sino de la estética filosófica y ética  que las rodea. Entre el militarismo y el monasticismo, Parsifal, un ser inocente, simple y un poco estúpido, llega a la sabiduría a través de la compasión. Es un camino iniciático que le llevará desde la ignorancia (no sabe ni su propio nombre) hasta la comprensión del misterio del Grial y el poder ejemplarizador. Parsifal, el casto y simple, llega a Montsalvat para regenerar el reino decadente (y con un líder herido y enfermo de remordimientos por su debilidad), y llega armado con su pureza sin fisuras y un fortaleza y vigor de corte militar que no admite rival. Pero lo más interesante es la  dicotomía, el enfrentamiento permanente, entre la pureza del soldado y la demoníaca ligereza seductora del amor y el sexo. Los caballeros del grial son fanáticos de esa pureza que proscribe a la mujer ya que la misión sagrada excluye el amor y la familia. El malvado Klingsor ha creado en su castillo un "jardin del amor", donde "doncellas como flores" se dedican a seducir a los caballeros que llegan, dirigidas por la atormentada Kundry, que fracasará precisamente con Parsifal tras haber sido la causa de la caída del rey Amfortas. Pero Klingsor es inmune a las bellezas que le rodean porque previamente se ha autocastrado. Vaya por Dios. Sólo le queda el amor al poder, a la manipulación y al placer de la venganza amparando la seducción de los puros caballeros del Grial, que él también fue antaño, antes de que su impureza ocasional le expulsara del "viril paraíso" de los caballeros..

Algunos criticos wagnerianos se hacen eco de una sospecha a voces: la presunta homosexualidad del puro Parsifal y la semejanza icónica con los jóvenes nazis airados de uniforme pardo (o negro) muy dados a demostraciones de una camaradería demasiado desviada. Lo curioso es que la versión de Claus Guth es, ¿inconscientemente?, un mentís a los propósitos aleccionadores de Wagner: el castillo de los caballeros del Grial es un lugar decadente, pleno de heridos y sospechas, de dolor y remordimientos, mientras el de Klingsor es un lugar sumamente agradable, lleno de jóvenes muchachas desinhibidas, música y baile. Es la escisión entre el amor profano (eros) y el amor sagrado (caritas). Y es que los ideales de la represión, la disciplina y el férreo autocontrol (sobre el papel) resultan una pizca más sombríos que ese Carmina Burana del festejo del amor, la alegría báquica y los excesos del erotismo. Sólo al final, con Parsifal coronado como rey del Grial, resplandece la luz regeneradora de la pureza y todos tan contentos y admirados bajo la cúpula de música excelsa con la que Wagner sella su obra de vejez.

Y así, el público se levanta de sus asientos para ovacionar a los cantantes, al director y a la orquesta, a pesar de que les crujan todas las articulaciones y el ansia de un merecido descanso para todos: han sido más de cinco horas de Parsifal, una prueba que debe regocijar al héroe casto y disciplinado.

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