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8 diciembre 2011 4 08 /12 /diciembre /2011 09:11

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A veces las comedias están estructuradas en torno a una dilema ético de importancia y nos cuentan y muestran las gracietas del cómico de turno pero en todo momento, subterráneamente, de una forma sutil, sigue planteado ese dilema fundamental al que casi todas las personas se enfrentan una o más veces en el transcurso de sus vidas. Generalmente la comedia no resuelve el problema, que queda aleteando como una mariposa insomne, pero al menos nos reimos y nos decimos, "¿por qué no?, quizá sea esta una forma de afrontarlo". Uno de esos dilemas esenciales de los que hablo y el que subyace en esta alocadísima comedia dirigida por Ron Howard, es el de la sinceridad, la honestidad y la verdad en las relaciones humanas, cuando es el momento de plantear esa verdad, si no es mejor callarse, cuáles son los daños colaterales que la sinceridad siempre causa y si vale la pena pagar tan alto precio por esa verdad que castiga a una persona generalmente la más inocente y, en fin, si estamos autorizados a meternos en la intimidad de otras vidas para salvaguardar esa verdad. Salvando las distancias me recuerda al Ibsen de "El pato salvaje" aquella durísima alegoría en la que un fanático de la sinceridad desvela verdades celosamente guardadas durante años a una familia provocando la ruina de ésta y como colofón el suicidio de una niña.

Ese magnifico actor que es Vince Vaughn es el sujeto protagonista del dilema: ha visto como la mujer de su amigo Kevin James, socio suyo en una empresa que pasa el momento más delicado de su existencia, tiene relaciones inequívocas con un joven. ¿Qué hacer? La leniniana pregunta le deja atónito. ¿Debe contarle a su mejor amigo que su esposa adorada le engaña? ¿Una tal revelación no pondría en peligro el futuro de su empresa que tanto depende del trabajo de su amigo? ¿Tiene derecho a no inmiscuirse? A partir de ese momento la vis cómica de Vaughn se dispara, una trepidante cascada de sucesos caóticos y desternillantes van sembrando la historia hasta su desenlace: el momento de la verdad. Para llegar a ese momento Vaughn ha sembrado desconcierto, destrucción, desconfianza y situaciones ridículas y agresivas hasta límites casi patológicos. La secuencia que rodea la fiesta en homenaje a los padres de su novia, con el brindis patoso y casi insultante que Vaughn hace delante de todos, roza la incorrección más asalvajada.

Hay que anotar las interpretaciones casi vodevilescas de una Queen Latifah, en su papel de ejecutiva de la firma de automóviles, con sus referencias sexuales incontinentes, casi al otro lado del espectro de la actuacion de Jennifer Connelly que parece pensar que todo aquello no va con ella.

El final, muy previsible, y el desentono adormecedor de la trama una vez desvelada la infidelidad, van quitando puntuación de calidad a la película que, salvo algunas secuencias de un humor corrosivo, no pasa del aprobado justito. Es decir, cine para la tarde del domingo, para ver con la pareja e ir comprobando de qué forma se rie ella (o él)  ante ese problema común de la sinceridad.

 

 

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