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1 diciembre 2010 3 01 /12 /diciembre /2010 19:36

El sol poniente planeaba sobre las aguas del Mediterráneo como un surfista cósmico en el universo estrellado. Hacía años que ya nadie surcaba aquellas aguas plácidas y moribundas excepto alguna chalupa a vela que navegaba en un aura de desánimo y obstinación. Por eso cuando la joven Cristina se asomó a la ventana del ruinoso edificio de apartamentos playeros y escrutó la candente puesta de sol no pudo evitar emitir un desmayado gritito de sorpresa. Se restregó los ojos legañosos y cogió los binoculares que alguien había olvidado llevarse. Enfocó desmañadamente el áureo espejo deslumbrante y tras unos segundos de afanosa búsqueda dio con ello.

--¿Será posible?--apartó los prismáticos de la cara y se volvió hacia el sombrío interior del piso--Oye tu, ven un momento.

La contestó un gruñido masculino y el inevitable, "¿Qué pasa? Algunos intentamos dormir, tía."

Ella golpeó el suelo con el pie desnudo en un gesto de irritación.

--Vamos, venid alguno. Ahí fuera está pasando algo.--y con un deje de amabilidad--ven tu, Sergio. Tu aún tienes buena vista.

Otra voz masculina, con cierto aflautamiento juvenil, inquirió con un eco adormilado: "¿no puedes contármelo luego, Cristina, ha sido una noche muy dura"

--No. !Por favor! Venid alguno, esto es importante. Y se va a marchar…

La última expresión tuvo un efecto casi perceptible para la muchacha, como una congelación del desmañado aire de derrota y claudicación que se respiraba en toda la casa, como si algo se rasgara y palpitara a su través un interés nuevo, vital. Se oyeron movimientos de ropa y jergones y unos confusos golpes de cuerpos y enseres o muebles o trastos. Dos hombres jóvenes, desgarbados, delgados como supervivientes de un holocausto imposible, con las greñas hirsutas, ligeramente barbados y los ojos muy abiertos entre el miedo y la expectación irrumpieron en la habitación.

--¿Qué? ¿Que es lo que se va a marchar?"--dijo uno; el otro asintió taciturno.

Ella lanzó el delgado brazo moreno hacia le ventana, como una flecha de carne trémula.

-- Allí, desde la ventana, en el mar.

Los chicos se asomaron y parpadearon furiosamente, cegados por el relumbre de oro fundido que les lanzaba el rizado mar.

--¿Dónde? ¿Donde? -inquirió, con impaciencia, el más alto--

El otro joven, un poco más bajo y fornido, miró en silencio y al momento musitó:

--Ah, allí está…

--¿Qué? No veo nada con este maldito sol. Aunque, maldita sea, ya lo veo…

--¿Qué es?

--Un enorme pez--dijo ella con una sonrisa casi feliz.

--O un submarino. Es gris, como de acero y se está sumergiendo.--dijo el más alto.

--Es una ballena…--susurró el otro con una expresión de alelada felicidad.

--Oh, no me creo eso. Quizá sea una ballena, pero será el cadáver de una ballena.--masculló el alto.

La muchacha congeló su sonrisa y miró con reproche al que había hablado.

--Hace muchos años que no veo ningún pez… y menos tan grande. Desde la extinción…--dijo en voz baja con expresión compungida.

-- Bajemos a la playa, la corriente no tardará en traerlo a la orilla.--dijo el alto con voz resuelta.

--No vendrá--dijo el otro.

--¿Por qué, Sergio? Aquí la corriente es fuerte--desafió el alto lanzando una mirada combativa y poco amistosa a su compañero.

Sergio no dijo nada, aparentemente indiferente al tono agresivo del otro, se limitó a señalar, casi con un gesto aburrido, hacia el mar: "Mira" Y mientras los tres jóvenes volvían a asomarse la ventana, a lo lejos un trazo plateado, un hilillo vertical deshilachado en la lejanía, partió de la confusa sombra de la presunta ballena y una especie de grito gutural sordo de tonalidad desconocida fue reverberando por las aguas y llenó el silencio agobiante del mundo cercano, un mundo sin ecos donde hacía muchos, demasiados años, ninguno de los jóvenes había escuchado un sonido animal que no fueran sus propias voces.

--Está viva…--musitó, con una sonrisa asombrada y feliz la muchacha.

--Bajemos a verla--gritó el joven alto y huesudo.

--Quizá algo esté empezando a cambiar…--dijo Sergio, con los ojos húmedos y un ligero temblor en los labios resecos.

--Ojalá todo vuelva a ser como antes--dijo la muchacha con un hilo de voz.

Sergio miró compasivo a la chica.

--No. Ojalá nada vuelva a ser como antes.

 

 

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