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22 abril 2011 5 22 /04 /abril /2011 12:30

Neil Burger, el director de "Sin limites"  ha tardado varios años en rodar tras "El ilusionista",  un ejercicio clásico de cine de bastante calidad. Debería haber hecho mejor los deberes, para estar a la altura que él mismo se puso. Ya entre los títulos de crédito del comienzo nos ofrece una muestra de la técnica que va a usar --y abusar-- para provocar migraña al espectador y disimular el exceso de ideas, no siempre afortunadas, hilvanadas con el recurso de la cámara vertiginosa que se lanza hacia el infinito atravesando la realidad y cuando eso no toca nos lanza un discursito de voz en off en la que el protagonista nos cuenta lo que va a ocurrir.

Visto así parece poco prometedor. Y ese no es el problema. Resulta que "Sin límites" es muy prometedora. Demasiado prometedora. La historia de ese escritor --Bradley Cooper, el niño mimado, de moda, en Hollywood, con un inquietante parecido con "El paciente inglés", Ralph Fiennes-- en horas bajas creativas al que un excuñado droguero le facilita una pastilllita trasparente, llamada NZT,  que afirma es un medicamento revolucionario que hace trabajar al cerebro al ciento por ciento, es una idea de entrada prometedora. Pero el uso descuidado y excesivo que se hace de ella convierte un posible trhiller de base filosófica y sociológica en un galimatías pasado de rosca en la que se juega con el más allá todavía, se hacen trampas argumentales y se convierte en una confusión de géneros que despista y desanima al espectador.sin-limites.jpg

Si a ello unimos que esta mezcla desenfrenada de película de tesis psicológica, policíaca, de acción, de misterio científico y drama social se apoya en un endeble discurso ético, la cosa se pone formidable como diría Max Estrella. Cuando uno piensa que el final va a dar cierta coherencia al asunto (con la destrucción física y psíquica del protagonista) pues no, se vuelve el hombre un remedo de Clinton con aspiraciones al Senado, reconquista a su novia, deja en ridículo al magnate Robert de Niro (que ha llegado a ser lo que es con su esfuerzo y dedicación, no de la manera fulgurante y tramposa del protagonista) y apuesta por el principio tan aceptado en nuestra sociedad: el beneficio sin esfuerzo, el dinero fácil, la fama sin solidez...todo gracias a una pastillita, cuyos efectos negativos, letales, logra controlar el bello trepa tramposo de una forma que no queda clara.

Maravilloso todo pero de una falta de ética social, personal y psicológica que pone los pelos de punta. Si el lector deja de tomarse la cosa tan en serio, igual lo pasa bien. Cooper y Abbide Cornish son muy atractivos, los malos son muy malos y reciben su castigo (excepto el trepa, claro) y podemos disfrutar con un Robert de Niro que hace maravillosamente de Robert de Niro y que dice el único parlamento lógico y lúcido de toda esta película, un trepidante canto fílmico a la amoralidad escondido en un título de lo más ramplón y anodino.

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