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28 marzo 2011 1 28 /03 /marzo /2011 19:31

No es una ficha más del dominó revolucionario árabe. No es Libia, donde Gadafi lucha una guerra imposible contra su propio pueblo, ni Egipto, ni Túnez, ni por supuesto Yemen, Argelia, Marruecos o Jordania. Es Siria, de la que Kissinger, el célebre secretario de Estado de Richard Nixon, dijo hace casi cuatro décadas, "en la región más conflictiva del mundo -–Israel-Libano-Arabia Saudí-Irak- Irán y Siria— no se puede hacer la guerra sin contar con Egipto, ni se puede lograr la paz sin contar con Siria". La región sigue siendo la más conflictiva, semilla de todos los males que acongojan al siglo XXI, desde el terrorismo islámico exportado al resto del mundo, hasta la permanente inseguridad contagiosa que rodea la mera existencia del estado de Israel y las amenazas iraníes. Egipto ya no es la llave de ninguna amenaza bélica, pero Siria sigue siendo una pieza esencial en el damero político de toda esa zona.

150-3456000-http___d_yimg_com_i_ng_ne_efe_20110328_15_21579.jpgCuando el pasado día 15 se declaró el "día de la ira" en Siria, una protesta convocada a través de Facebook, en la que los sirios se unían a las revueltas de los países cercanos y exigían cambios políticos y económicos en un país dominado por una minoría alauita, la familia del desaparecido Hafez el Asad, ahora dirigida por uno de sus hijos, Bashar el Asad y el partido Baas (Partido Socialista de la revolución árabe), la noticia –y el desarrollo sangriento posterior de las protestas—alarmaron a las cancillerías de todo occidente, empezando por Estados Unidos, y pusieron en alerta roja a Israel.

En el poder desde 1963 (fecha que empezó el estado de excepción, hasta hoy mismo) los baasistas se aliaron con la minoría alauí, rama del chiismo (un 11% de la población siria), hasta el golpe de estado de 1970 que llevó al poder a el Asad, quien gobernaría sujetando con mano de hierro a la mayoría suní del país (un 70%), con el apoyo y la simpatía del Irak de Sadam Hussein (también del Baas) y el Irán del ayatollah Jomeiny y sucesores.

Más de un centenar de muertos repartidos por ciudades como Deraa (donde empezó la represión), Tafas, Latakia o el mismo Damasco, están poniendo al régimen de Bachar el Asad contra las cuerdas y alarmando a todos los países de occidente y a los que comparten el destino sirio por la fuerte implantación del régimen en sus existencias. Me refiero evidentemente a Libano, cuya historia está imbricada de manera intensa con los sirios, una presencia militar permanente en el país mediterráneo desde 1991. Siria está también tras Hezbolá (organización chií financiada por Irán) poder actual dominante en Libano y tras Hamás. Este papel clave en la política de oriente Medio lo ha mantenido Siria desde hace décadas, moviendo sus piezas con astucia y sin comprometerse realmente con nadie (incluso estaría dispuesta a acercarse a Israel si éste le devolviera los altos del Golán, la estratégica región que les fue arrebatada en la guerra de 1967).

¿Qué efecto podría tener en todo el avispero de la zona si cayera el régimen de la familia El Assad, un régimen de poder tribal basado en el poder y la corrupción (aunque no tan elevados como en Tunez o en Egipto).? La señora Clinton ha dejado las cosas muy claras. No confundan a Siria con los otros países árabes sometidos a las revoluciones populares, ha insinuado. "Ni pensar en intervenciones militares como las de Libia". Hasta Israel, enemigo acérrimo de loos Assad, que vería con buenos ojos la caída del eje Teherán-Beirut-Damasco, en realidad no parece preferir que el régimen baasista caiga. Suena un poco a aquello que también dijo Kissinger (aunque refiriéndose a América Latina): "es un hijo de puta, si, pero es nuestro hijo de puta". Cuestión de intereses no de principios.

Todo el sistema policial de seguridad y el Ejército, están en manos de la minoría alauí, con el apoyo de otras minorías como los drusos y los cristianos, mientras el dinero y las empresas importantes, lo están de la burguesía suní, que ha prosperado tras las privatizaciones de los últimos años. Bachar el Asad está tratando de repartir más esa riqueza, aumenta los salarios de los funcionarios, insinúa cambios políticos y trata de minimizar el reguero de muertos echando la culpa a "bandas armadas extranjeras disfrazadas de soldados y policías", prometiendo investigaciones y castigos.

La situación no es fácil de resolver. Si sigue la represión y las víctimas, pueda estallar la bomba. Si cede, deberá medir las concesiones o a la larga también se hundirá. Y los manifestantes tienen un refugio en las mezquitas (de hecho un enorme número de muertos fue en un ataque a la mezquita Al Omari, en Damasco) lo que pone los pelos de punta a todos los países que contemplan con inquietud como se desmorona el centro neurálgico del avispero de Oriente Medio. El pragmatismo del régimen sirio que oscila a su conveniencia de un lado para el otro, sunies o chiitas, palestinos o israelíes, resulta preferible a un régimen islámico más en la zona (con Irán afilando sus uñas). Difícil problema.

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