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3 julio 2012 2 03 /07 /julio /2012 07:28

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Ustedes me perdonarán. Prometo no reincidir. Casi siempre opino de las películas como Cervantes de los libros: "No hay libro tan malo que no tenga algo bueno". A veces hay que revisar esas consejas tan optimistas. Cuando se estrenó hace dos años "3 metros sobre el cielo" y leí a mis críticos preferidos (pocos y casi todos en la Red) que ponían la película a caer de un burro, decidí que mi busca de calidad cinematográfica en las películas que comento debería prohibirme ver aquél cuento romántico (es un decir) para "teens", misógino, absurdo y cerebralmente letal, basado en una psudonovela superventas  de Federico Moccia, un escribidor con orgulloso sentido de la trampa emocional vertida a una pretenciosa literatura de  quiosco. Habría que escribir un ensayo sobre la infatuada memez de las obras de este autor (ahora trata de volver a repetir, o lo ha conseguido, el éxito entre la juventud urbana española con "Perdona si te llamo amor") y su manipulación de los sentimientos, preferentemente el amor, con una audaz y desvergonzada habilidad para convencernos de que la sociedad joven que pinta es de lo más "cool" y resultona, unos escenarios de cartón piedra, caricatura de una sensibilidad que se engolfa en los msg, la red más superficial y la estulticia más demoledora con aires de marca comercial y  encefalograma plano  cultural, en un ambiente de suficiencia económica. Lágrimas y risas provocadas en la muchachada por una lobotómica habilidad de insuflar vida o algo así a monigotes pasteurizados a los que los guionistas, con permiso del ladino Moccia, obligan a un festival de golpes y contragolpes argumentales de lo más chulesco y absurdo (Dios mío cómo "sufren" los malditos) y con una estética alucinante de telefilme para teens y asimilados.

 

Ante las manifestaciones de arrobo que he visto y oido por la tele, en los jovenes espectadores que acaban de salir de un pase de "Tengo ganas de ti",  que confiesan abiertamente un cúmulo de emociones salvajes, decidí --en contra de mis principios-- dedicar un par de horas al visionado de esta "segunda parte" de la mencionada y no vista película superventas. Craso error. Uno debería saber ya, si no por sabiduría sí por edad, que el gusto de las masas es acrítico y coyuntural y responde más a cuestiones de carencias psicológicas y culturales que a conocimiento y discernimiento del buen cine. Pero pasemos a la película:

"H", es decir, Hugo, es decir Mario Casas, sigue con su corazoncito de macho alfa herido por su asunto anterior con Bibi (María Valverde)  al que alguien con mucha sinceridad, poca edad y ojos brillantes me definió como un "gran amor". Se trata pues de abundar en donde lo dejamos en la peli anterior y mostrar el confuso dolor interno de Hugo. Como la mancha de una mora con una verde se quita, aparece en escena de una forma bastante demencial una morena resultona, experta en artes marciales, Gin (Clara Lago), que es quien llevará al poderoso varón a superar los estertores de su corazón,  situado a menos de treinta centímetros de su ombligo. El "éxito" está servido. El susodicho "H" nos mostrará su careto inconmovible, su belleza vacía, con un muestrario completo de semidesnudos y un comportamiento de juzgado de guardia en un país, el nuestro, donde parece que la Guardia Civil no logra detener al furibundo motorista para el que el casco no existe, quizá porque es un signo de "rebeldía" contra la sociedad que le permite la existencia (y muy desahogada) y yo mas bien creo que es para que no le estropee el peinado y se le pueda ver siempre su perfil de niño guapo. Además conoceremos a una pandilla descerebrada pero eso sí muy guaperas de varones efervescentes y muchachas utilitarias. La historia, de la que hago gracia al lector, no pasa los parámetros mínimos exigibles de lógica, coherencia y realismo, ni tampoco los que corresponden a conceptos como autenticidad, inteligencia, ingenio y emocionalidad. La cosa va de mal en peor durante un metraje deliberadamente hinchado y, excepto a los fans y obnubilados hormonales, cualquier espectador normal debería abandonar su butaca maldiciendo a la engañosa publicidad, antes del fin previsible de la cosa. El amor todo lo puede, aunque la pregunta del millón es, ¿qué tiene que ver el amor de verdad, ese sentimiento bastante complejo, sublime a ratos y visceral a menudo, con lo que parecen sentir nuestros amigos? Bueno, en realidad, qué mas da. Los chicos seguirán haciendo cola en los cines, soltando grititos, risitas y lagrimitas. En fin, la próxima semana volveré a portarme bien y les hablaré de cine de verdad.

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