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9 marzo 2011 3 09 /03 /marzo /2011 15:57

-GaddafiEn 1926, don Ramón del Valle Inclán dio a luz su novela “Tirano Banderas” donde nos muestra la faz de un tirano, un dictador cruel, codicioso e inhumano al que, harto de sus tropelías, acaba derrocando su pueblo. En 1993 Luis Garcia Sanchez estrena una película sobre la novela, con Gian Maria Volonté como protagonista. Al recordar el rostro impasible, duro, animalizado del dictador Banderas, me ha venido a la mente Muamar el Gadafi, el déspota libio atrincherado en Trípoli, imagen acartonada y brutal de todos los excesos del poder (con la tolerancia y el vasallaje, hasta hace muy poco, de los gobiernos de los países más “desarrollados” de occidente, para nuestra histórica vergüenza).

Los sátrapas del poder absoluto, de la brutalidad omnímoda, han florecido en la historia como las setas venenosas. Y la literatura, espejo de la vida, se ha hecho eco de esas personalidades patológicas en las que toda crueldad y abuso están presentes.  A bote pronto uno recuerda a Roa Bastos y a su “Yo, el Supremo”, “El otoño del patriarca” de García Márquez, “La fiesta del chivo” de Vargas Llosa, “El recurso del método”  y “El reino de este mundo” de Alejo Carpentier, los retratos esbozados por Carlos Fuentes en “Terra Nostra”, “El señor presidente” de Miguel Ángel Asturias, “La novela de Perón” de Tomás Eloy Martínez, “Autobiografía del general Franco” del gran Manolo Vázquez Montalbán, “Dinossauri excelentíssimo” (sobre Salazar) de José Cardoso Pires, “El General” de Severo Sarduy o “La brizna de paja en el viento” de Rómulo Gallegos… Y esto solo con personajes que hablan castellano o portugués. No abundemos en los que desde el terror y la vergüenza han narrado vidas semejantes a las de Amin, Mubarak, Ben Alí, Stalin, Hitler, Mussolini, los sanguinarios tiranos africanos, asiáticos, chinos…

Juan Goytisolo se preguntaba en un artículo reciente sobre el proceso mental de uno de esos especímenes a la hora de la caída, del derrocamiento, de su muerte por la furia vindicativa de su propio pueblo.

Yo creo que la emoción más poderosa que debe atenazar esos cerebros (alguno brillante, aunque herido por la maldad) es la sorpresa, la punzante sensación de “injusticia”, la de “inocencia” vejada, el despecho, la incredulidad, el ansia de venganza sobre los desagradecidos súbditos... Les puede parecer increíble, pero posiblemente se acerca a la realidad.

 

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