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17 abril 2012 2 17 /04 /abril /2012 09:39

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 Julie Gavras, hija del magnífico director francés de origen griego Costa-Gavras (cuyo cine de compromiso político se ha hecho inolvidable para al menos dos generaciones, ¿quién no ha recibido los impactos político-emocionales de "Z", "Estado de sitio" o "Missing"?), demuestra con esta película que aún no posee el dominio del lenguaje cinematográfico de su padre aunque su temática es más amable, menos trágica, juega con el drama y la comedia realista, sin llegar a decantarse claramente por ninguno, creando un híbrido con secuencias algo inoportunas y mal resueltas. En "Tres veces 20 años", curioso pero ilustrativo título español de "Late Bloomers" , Julie nos presenta el caso de un matrimonio que roza esa situación del título, es decir que está en la frontera que marcan actualmente los sesenta años de una cierta vida normalmente activa de la cercana senectud y las reacciones diversas que tal situación provoca en hombres y mujeres, o de huida hacia la juventud perdida o de asunción y compromiso, o las posturas depresivas y minusvalorantes.

Al inicio del filme vemos un episodio de olvido, de falta de memoria, que hace pensar a la protagonista, una encantadora Isabella Rossellini (cada vez más parecida a su madre, la Bergman) que en sus cincuenta y muchos está siendo víctima de un comienzo de alzheimer. Vivimos de nuevo la angustia a las que nos remitía un filme comentado hace poco tiempo, "Arrugas" de Ignacio Ferreras, en el que se nos mostraba a través del comic una historia de ancianos, residencia, drama y comedia en la que esa enfermedad tenía un papel protagonista. No ocurre así en la que comentamos. Aquí las fronteras están más difusas. Como hemos dicho ni hay tanto drama ni tampoco tanta comedia.

En ésta película, la tan cantada crisis de la tercera edad invade el mensaje costumbrista de la película que nos va narrando con cierto toque de comedia latina, las vidas cotidianas de una pareja de excepción, dos actores como la copa de un pino: la citada Isabella y el incombustible William Hurt, precisamente con la edad, más seguro de si mismo y de sus registros como actor dramático, uno de los rostros coriáceos del cine, de una expresividad minimalista de gran calado (al estilo de Clint Eastwood, por ejemplo, o del joven Ryan Gosling, de "Drive" o de "Los idus de marzo"). Ella jubilada de la enseñanza y él intentando conectar con la juventud perdida a traves de su profesión, arquitecto.

Tras un intento de recuperación equivocada del tono vital por parte de ella a traves de clases de aquagim y un ritmo más rápido de vida, la carga de la metáfora de la película la ilustra él. Las respectivas infidelidades con personas mas jovenes no parecen, en los dos casos, superar la anécdota trivial y nada explicada (en ningun momento vemos si ha tenido la relación algun tipo de efecto postivio o negativo en ellos), para acabar en una mutua y casi ridicula aceptación que se plasma en la secuencia del cementerio, rozando una innecesaria y torpe broma entre las tumbas. Pelicula irregular que hace meditar en la poca consistencia de quien cree que "de tal palo tal astilla" se cumple también en el cine.

 

 

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