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13 septiembre 2012 4 13 /09 /septiembre /2012 07:50

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Ver al genial Sean Penn como una especie de loca transexual, aunque en realidad no es eso, no es eso, se limita a llevar una leonina peluca negra, los labios y los ojos pintados (y las uñas de pies y manos) y unos gramos de polvos en las mejillas cadavéricas. El rostro muy masculino, anguloso y avejentado de Sean se presta a las mil maravillas para generar un auténtico trauma visual y psicológico en el ánimo del espectador. Sabemos que es una ex estrella judía de la música gótico-punk, que está medio alelado por el consumo brutal de drogas en otros tiempos y que vive una existencia aparentemente casi vegetativa, con un tempo vital de lentitud obsesiva, en su mansión de Dublin.

La película de Paolo Sorrentino que asombra y repele al espectador en los primeros minutos, luego termina logrando lo inesperado: que tras el aspecto torturado y escandaloso del viejo roquero sepamos que existe un alma cándida y generosa, un niño estancado en un cuerpo maduro que cabalga hacia la vejez y una persona inteligente y lúcida capaz de reflexiones como las que le regala a una camarera: "empezamos diciendo que queremos un tipo determinado de vida y acabamos lejos de lo que buscábamos diciendo encogiendo los hombros, "asi es la vida".

"Cheyenne", el viejo rockero, se retiró hace veinte años de los escenarios coincidiendo con que dos de sus fans, dos adolescentes, acabaron suicidándose impulsados por la filosofía y la sugestión derrotista de las anárquicas, violentas y depresivas canciones que él componía y cantaba. El se lo tomaba como un juego desafiante y después de ese doble suicidio no se siente con ganas de seguir su carrera musical y se retira a un universo blando lejos de las drogas y la bebida (se pasa la película bebiendo refrescos con pajita), casado con una mujer vital, inteligente y respetuosa Frances McDormand).

Todo cambia cuando debe viajar a Nueva York (lo hace en barco porque odia los aviones) donde su padre está muriéndose. Y aquí, la trama da un viraje absoluto y rompedor: cuando llega, el padre ha muerto y él debe afrontar un doble desafío, integrar la figura de un padre al que no ha visto desde hace treinta años y al que cree odiar porque se siente rechazado y, en segundo lugar, asumir la carga del holocausto y la venganza: su padre es un superviviente de uno de los campos de exterminio nazis y se ha pasado la vida persiguiendo al hombre que le había torturado en los campos y que sabe vive en Estados Unidos.

Sean asume esa labor y comienza una auténtica road movie que recuerda aquella pequeña obra maestra de David Lynch, "Una historia verdadera", por su variedad humana, su profundidad, su falta de maniqueismo y una manera de vivir la existencia dotada de una calma y una aceptación que conforman un ideal casi filosófico. El viaje acabará cambiando bastante radicalmente a Cheyenne. La película deviene un ejercicio de estilo que roza la genialidad, desde el ritmo detallista y moroso, hasta una cuidadísima fotografía y montaje (de Luca Bigazzi), incluido un guión (firmado también por Sorrentino) que transita con éxito entre el humor, la crítica social, el ridiculo de unos y la grandeza inesperada de otros, todo contemplado con optimismo y con una cierta beligerancia surrealista, con el añadido de una fabulosa banda sonora de David Byrne (que hace un cameo sobre si mismo en la pelicula) el líder de Talking Heads, cuyo "The must be the place", que da titulo a la pelicula, es uno de los temas más recordados de la banda.

Sin duda lo mejor de esta cinta, que tiene muchas excelencias, es la interpretación de Sean Penn que conforma con exactitud milimétrica una especie de Peter Pan gótico o de protagonista de las semilocuras inteligentes del genial Wes Anderson (ver, sin ir mas lejos, "Moonrise Kingdom" o "Los Tenenbaums, una familia de genios"). Dándole una  réplica asombrosamente efectiva, vemos a Frances McDormand (precisamente una de las actrices de Anderson) y un breve Harry Dean Stanton (precisamente uno de los actores fetiche de Lynch) mostrandonos ante el entusiasmo infantil de Penn, quién  inventó ponerle ruedas a las maletas. Así pues no parece ocioso insistir en las influencias tanto de Lynch como de Anderson en el amigo Sorrentino. Por eso no nos sorprende que la road movie de este director, lenta, perezosa, intimista y absurda, no sea una tópica película de cazadores de nazis, sino una apuesta humana, sensible y llena de humor ácido, donde el castigo al nazi, al fin encontrado, resulta de una traviesa ejemplaridad. Se llevó el premio del Jurado en Cannes. Escaso para sus merecimientos.

 

 

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