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22 marzo 2011 2 22 /03 /marzo /2011 19:27

CALIGRAFIA DE LOS SUEÑOS.-

No es un tratado psicoanalítico sobre el significado de los sueños, sino una historia en clave autobiográfica donde Marsé recupera el nervio, la potencia descriptiva, el ambiente y la ternura de los personajes de sus mejores obras.

En este caso se podría hablar también de una novela iniciática, sobre un adolescente, Ringo, que como Marsé fue adoptado, que también fue pianista frustrado en su niñez,  aprendiz de joyero y repartidor en un colmado y que amaba los libros, la lectura y, al fin, la escritura por encima de todas las cosas.

La trama argumental es simple: Ringo, convaleciente de un accidente en la joyería, donde pierde un dedo, vive un momento crucial entre sus sueños y la desolada realidad de la Barcelona de la inmediata postguerra, los años oscuros de la miseria, la sobrevivencia a cualquier precio, el miedo, la soledad, la represión política y social, los años oscuros de la dictadura de Franco en su momento más fuerte y represivo, con una subterránea oposición que no pasaba de la retórica del emboscado y la omnipresencia de la policía y la represión.timthumb.png

Ringo ya no podrá ser concertista de piano, su gran sueño y se debate en trabajos de supervivencia, hace torrefacto de café en un piso clandestino por las noches y malvive con su familia adoptiva, con un padre dedicado a limpiar de ratas cines e industrias (pero resistente antifranquista en la clandestinidad) y una madre empleada de recurso en un hospital, por la que siente una veneración enorme.

Durante el día, adormilado y expectante, pasa las mañanas en la mesa de bar Rosales, de doña Paquita, en el barrio de Gracia-Guinardó, donde conoce a una vecina Vicky, Victoria Mir, fachendosa rubia dedicada a los masajes, a su hija Violeta, no muy agraciada jovencita con maneras y cuerpo de vampiresa y al señor Alonso, exfutbolista, cojo elegante, cincuentón amable y atractivo con el que la señora Mir tiene una historia de amor que acaba mal. Es ahí donde comienza la historia, en el intento de suicidio absurdo, patético e irreal de dicha excesiva señora, que se tiende en las vías de un tranvía que ya no existe.

Sin embargo, la trama nos llevará lenta y fatalmente, con un tempo tan obsesivo y adormilado como la vida del barrio en el que ocurre, a la formación de un cuarteto dramático entre Ringo, las dos mujeres y el maduro conquistador. El leith motiv, una carta que debe escribir el señor Alonso y que durante toda la novela provocará la espera desesperada de la señora Mir y la intervención de Ringo por un motivo casual pero determinante.

Vemos el proceso de maduración de Ringo, sus sueños, sus temores, sus ambiciones, su rebeldía ante una realidad mezquina, su nacimiento al deseo sexual personificado en Violeta, su toma de conciencia como persona…un trayecto progresivo al que el lector asiste con entusiasmo, hacia un desenlace paradójico y triste que, no obstante, deja la puerta abierta a la esperanza de Ringo en un futuro mejor.

Para mí es la mejor, más mordaz y más tierna de las últimas novelas de Marsé. Es la obra de un Proust de barrio, menos elegante, delicado e histérico, pero igual de sensible, que nos brinda un capítulo más de su visión del mundo de sus más jóvenes años, del tiempo y la sociedad de una época sombría de nuestro pasado. Un reencuentro con los escenarios más queridos y eficaces del escritor, lo que convierte esta novela en una especie de capítulo adjunto a otras de sus novelas con esta temática del recuerdo, de una memoria lesionada por las patrañas y los embustes, por los sueños irrealizables y la mezquina realidad.

La señora Mir y su búsqueda patética de la felicidad, tiene la fuerza y la humanidad doliente de la Blanche de “Un tranvía llamado deseo” de Teenesse Williams, el clásico del teatro norteamericano, que muchos recordarán en la interpretación de Vivien Leigh, con Marlon Brando. Un personaje inolvidable creado por la pluma tosca, lírica en ocasiones, siempre ajustada de un Marsé en estado de gracia.

Por cierto, ¿nadie se ha atrevido a corregir el "poner la oreja" que Marsé desliza dos o tres veces en su texto? Quiza un "prestar atención" o cualquier sinónimo activo, huubiera mantenido la ortoxia expresiva de la que suele hacer gala el escritor.

 

 

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