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17 diciembre 2011 6 17 /12 /diciembre /2011 09:18

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Reunir en una película a Ernest Jung y a Sigmund Freud resulta ser una hazaña que puede precipitar al director en las simas del ridículo o auparle a la cima del cine comprometido y de calidad. Ya John Huston intentó con "Freud, la pasión secreta" un acercamiento al genial -o un poco menos-- médico vienés que se autotituló "inventor del psicoanálisis" y apenas recibió la nota media que solía lograr con sus películas más defectuosas, aunque no es en absoluto una cinta desdeñable, siquiera sea por la interpretación de Montgomery Clifft. Otra cosa fue un bodrio perpetrado en 1984 sobre "El diario secreto de Sigmund Freud" que hubiera provocado la muerte por un ataque de verguenza ajena de la mayoría de los psicoanalistas freudianos que fueran a verla en un momento de insensatez. Mucho mas respetuosa fue la imagen lúdica que daba de él "The seven cent solution" (1976) de Herbert Ross, donde tiene como paciente nada menos que a Sherlock Holmes. Creo que esta pelicula hubiera divertido al mismísimo Freud.

En "Un método peligroso" se nos narra el comienzo, desarrollo y brusco final de la amistad entre un maduro Freud y un joven Jung en el comienzo de su carrera, entre el médico judío rechazado por la sociedad y la medicina bien pesante y un médico suizo, ambicioso e inteligente, que apuntaba como delfín sucesor de Freud. Todo ello a través de la anécdota importante de la relación personal  de ambos, sobre todo la muy íntima de Jung, con una enferma y , posteriormente, psiquiatra judía de origen ruso Sabina Spielrein a cuya inteligencia y agudeza mental debería el propio Freud algunas de sus ideas y teorías más interesantes, como la pulsión de muerte o Tanatos enfrentada a la pulsión de vida o Eros.

David Cronenberg ("Promesas del Este", "Crash", "Inseparables") dirige esta película, coproducción germano-canadiense que atrae igual al profano que al conocedor del psicoanálisis, sus arcanos, sus mitos y sus defectos y valores. La obra tiene una génesis brillante: la idea nace del libro de John Kerr, "A most dangerous method" (1993), que fue adaptada en forma de obra de teatro "The talking Cure"  (2002) por Christopher Hampton, que a su vez firma el guión de la película.

Evidentemente la película se centra en la relación ilícita entre Sabina Spielrein (una inquietante Keira Knigtley, cuya pasión interpretativa le llevó a padecer una mandíbula desencajada durante el rodaje) y Jung (Michael Fassbender, realmente magnífico en su frío, reprimido y sensitivo papel), su médico y psicoterapeuta, ante la presencia primero comprensiva y después represiva y de rechazo de Freud (otro recital de calidad interpretativa de Viggo Mortensen, ajustadísimo en su ingrato rol).

Todos los entresijos y complicaciones entre los dos grandes pensadores y la dificultad de una amistad por la ambición de ambos, quedan apuntados en la cinta, como los hechos reales, personales, ocurridos durante el crucial viaje de ambos a Estados Unidos (la negativa de Freud a contarle a  Jung un sueño propio "para no perder su autoridad" y la famosa frase de Freud a Jung ante la estatua de la Libertad: "¿sospecharán los americanos que les traemos la peste?", es decir el atroz descubrimiento de todo lo que el psicoanalisis reveló sobre las motivaciones y las represiones humanas.

Es pues una historia de amor entre dos personas de sobrado talento, ante el testigo silencioso pero muy cualificado de un ser humano bastante excepcional, Freud (no solo por su inteligencia e intuición y su enorme cultura, sino también por sus defectos, su vanidad, su ambición y su avidez económica y social). Las secuencias filmadas en Viena en el edificio de la  Bergasse 19, residencia  de los Freud (desde 1891 hasta 1938) hacen palpitar el corazoncito freudiano de cualquiera --como muchos otros estudiantes del psicoanálisis me extasié ante el pequeño sofá cubierto con una  muy judía funda floreada en el despacho y consulta del gran hombre, dujrante una visita a Viena sólo con el propósito de visitar la famosa casa que hoy es biblioteca,archivos ymuseo freudiano--. Amén de otras secuencias filmadas en el café Sperl --aún existente-- donde los dos intelectuales medicos intercambiaron ideas y vivencias tomando esa bebida y comiendo tarta Sacher. Las localizaciones forman otro de los aciertos de Cronenberg, aunque nos  filmara el lago de Cosntanza en lugar del de Zurich para mostrarnos los viajes en barco de vela, regalo de su rica esposa, que Jung compartió con su maestro y con Sabine.

Excelente retrato de la sociedad burguesa confiada y próspera de los albores de la Primera Guerra Mundial, maravillosamente reflejada por la cámara formalista y clásica de este director. En esa sociedad de formalidades y convenciones, Jung y sobre todo Freud han abierto la Caja de Pandora al poner al sexo en el punto de mira de sus trabajos. La atracción devastadora que la paciente judía, socavada por una neurosis histérica, ejercerá sobre el doctor Jung, no solo por su belleza, también por su inteligencia y audacia de sus ideas, es la vertiente paradójica del enfrentamiento del quietismo intelectual clásico de la cultura de ese momento con la revolución, el cambio de paradigma que el psicoanálisis, con el marxismo, con la antropología y con la ciencia atómica, provocará en la cultura y la soeidad del siglo XX, una revolución drástica que cambiará al mundo.

Con una banda musical sobresaliente de Howard Shore, que se adentra, como las notas del Sigfrido de Wagner, en las pasiones de los personajes, no sólo sexuales, también de orgullo, de envidia, de ambición, la película es el monumento fílmico de un director del siglo XXI a una disciplina psicológica que cambió radicalmente la percepción del interior mental de las personas, de sus patologías y de sus sueños. Y se levanta sobre un enfrentamiento titánico, en el que cuenta esa ambición y ese deseo de posteridad y fama, pero también la propia percepción de la sociedad que separa a un medico judío lleno de represiones y complejos y a un médico ario con una mente rigurosa pero seguramente herida también por la represión, la culpa y el enfatuamiento de la conciencia en una misión sublime y espiritual. A todos ellos (incluido el discipulo libertino y desequilibrado de Freud, Otto Gross interpretado por Vincent Cassel) es la irrupción del sexo y la necesaria ansia de libertad que éste exige, la que provoca la fiuerte atracción que los personajes poseen, marionetas debatiéndose entre la culpa y el sufrimiento, en una sociedad que rechaza todo lo que ellos descubren.

Personalmente me he sentido fascinado por el retrato que Viggo Mortensen nos ofrece de un paternal y maduro Freud, escondido tras su cortina permanente de humo de puro, seguro de sí mismo, duro e imperturbable en apariencia, pero atenazado por la soberbia intelectual y una sensibilidad enfermiza. Así como la inseguridad, apasionamiento y deseos contradictorios que bloquean al frío, casi hierático Michael Fassbender en su composición de Jung. Sabina, Keire Knightley, presta su belleza, su pasión y algunos excesos interpretativos, sobre todo en las secuencias de su enfermedad, a la enferma y después brillante psiquiatra que tendría, en la vida real, un lamentable fin en las cámaras de gas de los nazis, años después. Sólo la intervención en la trama de Otto Gross --que sirve de acicate pasional a Jung-- se me antoja un poco innecesaria y reiterativa.

Diseño de producción y vestuarios con una nota de calidad indiscutible realzadas por la fotografía tecnicamente perfecta, algo lenta en ocasiones, pero que subraya con acierto el "tempo" de una  sociedad que está viviendo su fin. Por supuesto que un espectador ajeno a los principios del psicoanálisis --aunque lo más básico ya forma parte de nuestra cultura elemental-- acabará pensando que tanta charla sobre el yo, el ello o el superyó, el subconsciente, la represión de la libido o las pulsiones eroticas, la muerte como tensión opuesta, junto a tanta hipocresía y sufrimiento en el desarrollo de una sexualidad perversa (las escenas de masoquismo están bien resueltas, como una estampa de época), resultan abusivas e innecesarias.

Por eso estimo que "Un método peligroso" formará parte de esas películas que acaban teniendo exito mas por lo que se escribe y comenta de ellas, por el eco formidable entre algunos profesionales de la medicina o por el rechazo de otros, que  como producto fílmico popular. Quizá entre estos ultimos se planteará el rechazo a algo claramente mostrado en la película: la tenue linea de sombra que separa las psiques del enfermo y del que pretende curarle, la ambigüedad y peligro de una relación terapéutica en la que el médico se convierte en el reflejo de un deseo y una aspiración, un método de cura por la palabra que contiene muchos peligros en sí mismo y que a pesar de su ambición científica pertenece al mundo de la mente, ese sutil tejido que tiene la misma naturaleza que la de los sueños.

Como dijo el mismo Freud, y la película recoge, "una vez abierta la Caja de Pandora del psicoanálisis, las ideas que saldrían de ella no sería aceptadas ni en ese momento ni un siglo después". Y si además unimos a esa fuerza destructiva la eclosión del primer cisma del psicoanalisis perpretado por Jung, la pícula de Cronenberg se perfila como un hito ilustrativo de los origenes y el afianzamiento problemático de esa disciplina psicológica. Jung aporta misticismo, paraciencias y una ambición espiritualista que desagrada a Freud, siempre celoso del "cientifismo" de su terapia. La secuencia final en la que Jung habla de un sueño propio que refleja con cruel exactitud la trágica barbarie que la Primera guerra mundial va a producir en Europa años después, acaba dejándonos la impresión de que Cronenberg no toma partido ni por Freud-Sabine, ni por Jung, no juzga ni se entremete, sino que dispone eclécticamente  las piezas escogidas de la historia psicoanalítica para enriquecer una dialéctica entre la razón y el sexo, la pasión, la hipocresía y la soledad. Y cómo los individuos acaban siempre siendo fagocitados por las sociedades y las culturas del momento.

 

 

 

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