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31 julio 2011 7 31 /07 /julio /2011 08:40

tranvia.jpgPobre Blanche Du Bois, con su miserable y patética vida, prendida de los sueños de una grandeza imaginaria, paloma herida en un vuelo improbable, entre la exigencia de su sensualidad desbordada y la decadencia no aceptada de su cuerpo anclado en la juventud como una quimera imposible. Nuevamente el personaje complejo y castigado de Blanche pisa los escenarios, donde se debate con la trágica convicción de un payaso que se agita en la escena, entre el ruido y la furia y el miedo.

En el teatro Tívoli, dentro del programa del Grec 2011, el director Mario Gas presenta su particular visión de "Un tranvía llamado deseo" el clásico de Tennessee Williams, el caballero del sur que cantaba a las desarraigadas  marionetas de la clase media baja o la alta caida en desgracia,  con un verbo descarnado y poético. Nuevamente la brutalidad salvaje y agresiva de Stanley Kowalski, el "polaco" de la clase baja que sólo se redime por su amor sin barreras, exigente y primario, por su esposa Stella,  mientras sus gritos viscerales de animal herido atruenan el patio de butacas, mostrando su descarnado drama frente al intocable armazón de sueños de Blanche.

La historia es simple, Blanche llega al hogar humilde de los Kowalski, con su pernicioso baúl de sueños de grandeza, clase y una ética señorial y algo pacata, todo ello tan falso y pretencioso como sus pieles falsas y su quincallería de piedras preciosas sin valor y dorados sin oro. A pesar de sus exigencias y su pretenciosidad, es bien recibida por su hermana Stella, que se plega por pura bondad ante las infantiles demandas, el evidente alcoholismo  y la oscura y turbia presencia de un pasado vergonzante de la hermana mayor.tranvia3.jpg

Pero el marido de Stella, Stanley, no se deja intimidar por las apariencias de Blanche y deja que se instale una brutal exigencia de verdad en la casa. El choque será inevitable y dañino. No para Stanley, pero si para Blanche y Stella. El "polaco", un bull dozer moral que todo lo arrasa en su demanda de veracidad y claridad, acabará con todas las esperanzas de redención que Blanche alentaba por su relación con Mitch, un amigo sometido a la brutalidad visceral de Stanley.

Pero su dolorosa victoria en la destrucción total de Blanche, obligada a golpes a aceptar la realidad, es una victoria pírrica. En la última escena, Blanche se marcha al olvido de la mano de un médico perspicaz que le da a la pobre mujer lo que más anhela, respeto y apariencia. Y allí se queda el drama instaurado definitivamente en la casa de los Kowalski: antes de ser mandada a un asilo para enfermos mentales, Stanley ha violado a Blanche y esta se lo ha contado a su hermana. Aunque la vecina de Stella le recomienda que viva con eso si quiere seguir viviendo con el brutal y destructivo Stanley, algo sugiere en el final de la obra que Stella no va a perdonar, que su bondad excesiva y de otro mundo no va a claudicar ante esa humillación final que el desclasado Stanley inflige a las dos Du Bois, en el fondo tan parecidas. Lo que en Blanche es puro oropel de grandezas pasadas y fingimientos actuales, en Stella es olvido neurótico del pasado y enmascaramiento bondadoso del presente en aquello que debería ser. Lo que en una se desborda, el fingimiento y la impostura del sueño, en la otra es fingimiento e impostura de la bondad, donde todo está bien. ¿Quién es más nociva consigo misma?tranvia2.jpg

Mario Gas ha recuperado la auténtica proporción dramática de la obra. Aquí ya no se sobrepone el glamour de un Brando con camiseta imperio desgarrada y una Blanche delicada como una florecita y una Stella algo estúpida en su bovina aceptación, aquí vuelve el protagonismo a Blanche, a la que da vida Vicky Peña, un tanto declamativa, quizá voluntariamente (quizá para dar mayor impresión de teatralidad del personaje), a la que da réplica ese actorazo, Roberto Álamo, al que admiramos en aquella joya teatral que fue "Urtain" y que encarna un Stanley convincentemente brutal pero algo acartonado, Ariadna Gil nos muestra una Stella magnífica, contenida, con una lucidez desencantada pero obsesiva (qué gran Blanche dará dentro de unos años) y Alex Casanovas a un Mitch que no logra ser creíble y que sobreactúa en su pasividad. Aplausos generosos de la concurrencia, como siempre en Barcelona, hambrienta de teatro y nada renuente a que sea en castellano (tomen nota, señores de la Generalitat).

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