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18 abril 2011 1 18 /04 /abril /2011 18:34

Mi artículo número 100 en este blog quiero dedicarlo al teatro de aficionados. Es un homenaje al hombre que escribe, al que lee, al que imagina historias que todos conocemos y que casi siempre nos sorprenden, a la fiesta de la cultura y la humanidad que se produce cuando un grupo de personas  se reúne para compartir las actuaciones de otras personas que, generalmente tratan sobre los mismos que los contemplan, más o menos. Una convención que está enraizada en la ontogénesis humana. Ah, y gracias por acompañarme durante estos meses. Y ahora, vamos a la función...

 

Un hombre y una mujer quedan aislados en un tejado durante una inundación. Sin embargo no se trata de una coincidencia dramática, hay una cierta intencionalidad en aprovechar las circunstancias para estar juntos, por parte de uno de ellos. Durante unas, muchas, horas, una noche entera, hablarán, empezarán a desvelarse algunos misterios impensables, anécdotas reales, dolorosas, ficticias, banales, mientras esperan que venga alguien a socorrerlos. Ese es el argumento de "Yo no sé de cuentos alegres", la obra que la compañía de teatro independiente "Liquidación por derribo" ofrece unos días a un público variopinto, peculiar, bastante entregado en una afición pura hacia el teatro, en un escenario improvisado en una vieja nave de un antigua fábrica del barrio de Gracia.cuen_0.jpg

Son dos actores sobre un escenario desnudo, en el centro de la sala, rodeados en estrecha vecindad por los espectadores, un público que no llega al centenar de personas, como una ceremonia litúrgica laica, de complicidad cultural, de afición simple y cálida a esa ancestral fiesta de la imaginación humana que es el hecho teatral en su más genuina pureza. Un hombre, Miquel Mozos, y una mujer, Ángeles Brun, que charlan, se enfadan, se emocionan, tienen miedo, sospechas, atracción, ternura, rebeldía, agresividad, todo ello cercanos al público que contempla casi tocándolos de qué fibra emocional vibran en ese momento los actores y comprueban la autenticidad del menor, el más minimo gesto o temblor, la mirada más íntima, incluso el fallo de vocalización, el mínimo despiste de la actriz porque alguien se ha movido bruscamente, la duda del actor al empezar un gesto prematuro, los defectos de la voz, un cierto segundo de impostación en un gemido o en un exabrupto.La mayoría de los actores y actrices que conozco han pasado por estos escenarios escuetos, rodeados de un público fraternal e inmediato, que respira junto a ellos y que comparte casi el mismo aire, parecida emoción, el milagro que une por poco mas de una hora a todos estos seres humanos en una convención genial que nació cuando el hombre habitaba aún las cavernas y pintaba en sus paredes y asistía  a la luz de las antorchas a las representaciones de acciones familiares, como la caza, el merodeo o las acechanzas de los depredadores.

Aquí, en el escenario de la fábrica, Miquel y Ángeles viven la particular historia de encuentro y desencuentro de una pareja joven sometida a unas circunstancias alienantes y dramáticas. En esa forzada intimidad se desgranan historias y miedos, desencuentros y esperanzas y el oscuro y trágico secreto que el hombre esconde en su corazón infantil y le ha envenenado la vida. Ese secreto que parece alcanzar el perdón con la confesión forzada por ella, será seguramente la clave de un final abierto que el espectador debe elaborar.

Quizá sea el momento menos logrado técnicamente por esa excelente pareja de actores, cuando la insistencia de ella en saber provoca un estallido en él y un desvelamiento obligado que generará una dinámica aparentemente de entrega amorosa. Y el mejor, para mi desde luego, es cuando él le ruega a su forzada compañera que le cuente un cuento, aunque no sea alegre. Y ella, Scherezade, tierna y hábil,  narra una historia surgida de las mil y una noches del imaginario amoroso y sentimental de la especie.

De todas formas el desgaste emocional de tanta presencia intensa ante lo que ocurre, ese estar tanto tiempo en el ojo del huracán, rodeados de espectadores atrapados por la dinámica de la historia (que muy pocas veces desfallece), mantiene un ritmo continuo de tensión, atemperado por cuatro fundidos en negro en diferentes momentos para lograr la ilusión de un paso del tiempo distinto al real que vivimos todos los que estamos bajo ese techo, público y actores.

Gustó la historia aunque desconcertó a algunos el final. Supongo que luego, en ese momento magnifico en que se produce la reelaboración de lo visto con lo intuido, lo imaginado y lo comprendido, esos momentos de charlas intimas entre parejas, entre amigos o en la soledad del espectador solitario consigo mismo, se apuntarían más finales y quizá alguno sea el que imaginó el autor de la pieza, Carles Armengol.

Creo que la compañía "Liquidación por derribo", tienes haberes artísticos  suficientes como para no liquidar. No ahora. No por algún tiempo.

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